Cultura B

Quico: te saqué la foto

Ya es sabido que los personajes más icónicos de la vecindad no eran, tras bambalinas, el grupo cohesionado que uno imaginaba. Y hace quince años viví una experiencia con Villagrán que hoy quiero compartir: un momento en que la nostalgia se fracturó, y apareció una verdad incómoda —la decepción cuando el ídolo se vuelve comerciante del cariño popular.

El domingo 26 de septiembre de 2010 partí rumbo a cumplir un sueño infantil, con la idea de ver junto a mi pequeña hija, en vivo y en directo, nada más y nada menos que a “Quico”, por lejos, el personaje que históricamente más me simpatizó, por las risas que me sacó en el programa de La vecindad del Chavo.

Un día antes del show, vi una entrevista en un noticiero donde se hacía hincapié en que el personaje se quedaba post función, fotografiándose y conversando con el público. ¿Qué mejor? Partí entonces a Puente Alto a ver —en esa época con cámara en mano— al “Cachetes de marrana flaca”.

Cuando llegamos, me llamó la atención lo descuidado que estaba el sector de estacionamientos del recinto, lo mismo la boletería y los accesos a la carpa. Era llamativo porque el artista que se presentaba ahí era de talla mundial, pero parecía un día de circo más en una carpa cualquiera. Compré las entradas con mucha ilusión, pensando en lo que habían dicho en las noticias: post show, el público tendría la oportunidad de compartir con él.

Comenzó el espectáculo: malabaristas, trapecistas, gente que volaba, palomas amaestradas, perros bailarines y una sobrecarga de payasos, tantos que parecía un loop sin fin. Posiblemente, la duración se hizo más eterna porque, a los cinco minutos de empezados los números, escuché una conversación entre personas del público que me dejó helada. Según una mujer, para sacarse una foto con Quico había que pagar $10.000, equivalentes a $19.500 al día de hoy.

Apenas lo supe, me pareció de mal gusto. El concepto de meet & greet no se estilaba en la época y, si se usaba, era en ambientes más rockeros, en conciertos de estadio, no en una carpa de circo humilde. Yo pensaba: ¿cómo puedes cobrar por sacarte fotos con tus admiradores? Con la gente a quien debes tu carrera, los que te dieron de comer durante treinta y siete años, o los que pagaron la universidad de tus hijos, como él mismo dijo en un emotivo discurso al final de su show. Pero amigos, ni una luca. No puedes pararte en el escenario con un libreto donde insistes en que quieres agradecer a tu gente, para luego cobrarles por posar junto a ellos.

Quedé tan shockeada que preferí pensar que era solo un rumor. El show “de relleno” continuó por más de una hora y media, hasta que vino un intermedio donde se anunció por parlantes que estaba absolutamente prohibido grabar o sacar fotos del acto principal que vendría a continuación. Ahí estaba, entonces: era cierto lo de las fotos pagadas.

Desgraciadamente, esto me predispuso. Ya no vi el espectáculo con la misma emoción con la que llegué. Cuando el momento llegó, divisé que entre el público había varias personas con cámaras fotográficas listas para disparar apenas saliera Carlos Villagrán en su traje de marinero a la pista. Apenas apareció el niño mimado de la vecindad —el hijo de Doña Florinda, a quien llamaba «Federico» cuando se enojaba— entraron bruscamente unos diez personajes de seguridad a la zona del público, paseándose como sabuesos, alumbrando a la cara con linternas, tratando de evitar, de pésima forma, que se sacaran fotografías o grabaciones del show.

Se generó entonces un ambiente hostil y distractivo. Uno no sabía qué mirar: o a Quico, que estaba a escasos metros de nosotros, o a las numerosas situaciones en que los guardias intentaban interceptar cámaras, de manera violenta y arbitraria. Había forcejeos, gritos, y entre medio, niños. Todo esto mientras se desarrollaba el show de este personaje tan emblemático.

Por otro lado, Carlos Villagrán  se conservaba muy bien. Yo iba preparada para ver a un Quico avejentado y poco atlético, pero vi al mismo de la tele: expresivo, gritón, ridículo, torpe, inquieto, cascarrabias. Solo que con el pelo gris.

Veintisiete minutos fueron los que estuvo en escena, tiempo que evidentemente se hizo muy poco. Su rutina fue un repaso fugaz por sus gestos y frases más reconocibles —como su llanto apoyado en la pared o el clásico “no me simpatizas”— que, cómo no, fueron aplaudidas por la audiencia poligeneracional. El bandejeo lo hizo el presentador del circo, un buen anfitrión, pero un pésimo humorista.

Todo se vio pobre, en su máxima expresión.

Al final me importó un carajo: saqué la cámara, apunté al escenario y apreté velozmente el obturador cuatro veces. Solo una foto salió nítida. Con ese simple acto, se me acercó un guardia con tono amenazante, diciéndome que a la salida me quitarían la cámara. No pasó, por cierto.

Así, con esa lamentable manera de cerrar la experiencia de ver a Carlos Villagrán interpretando a Quico en un circo, me quedó la amarga sensación de que, para él, su audiencia —un público sencillo, lo subrayo— fue manipulada desde el inicio con adulaciones baratas. Se metió la gente al bolsillo en 1 segundo, a pesar de que el espectáculo estuvo lleno de incidentes y terminó con discusiones acaloradas, donde la gente solo pedía algo tan básico como poder sacar una foto al escenario para guardarla de recuerdo.

Con todo lo que pasó, sentí que éramos para él, la verdadera chusma. Esa a la que se le puede mentir por televisión, cobrar una entrada y pegarle el palo al final del encuentro, porque cuando salió en la tele no contó la neta, omitiendo que cobraría por compartir con la gente.

Mentiría si digo que no lo pensé. Pude desembolsar esas diez lucas (veinte de hoy) y haber tenido ahora una foto con el personaje que para mí sigue siendo el más chistoso de la vecindad. Pero el solo hecho de considerarlo me revolvía el estómago; me daba vergüenza ajena la gente que accedió, sin nombrar al propio actor, que desde luego no estuvo ajeno a los incidentes que ocurrieron a pocos metros de él. 

Desde ese día, preferí seguir recordando a Quico como lo vi siempre: tras la pantalla de la televisión, con varios años menos y sin unos billetes intermediando una foto con él. Que, con el debido respeto, me pareció en ese momento que se las pudo meter por la raja.

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