Cultura B

Los caminos recorridos por Bob Dylan

«¿Cuántos caminos debe recorrer un hombre antes de llamarlo hombre?». En retrospectiva, la pregunta en la primera frase que se hace Bob Dylan en una de sus canciones definitivas como lo es ‘Blowin’ in the wind’ –escrita durante el otoño neoyorquino de 1962, pero editada al año siguiente–, sirve como enunciado perfecto para inmiscuirse y escudriñar en los avatares de uno de los artistas clave para entender el siglo XX (al que definió a través de su obra) y que hoy cumple 80 años.


La llegada de Bod Dylan a la música se produce gracias a un precursor inigualable llamado Woody Guthrie, con cuya estética rebelde y trovadoresca el cantautor se identificará para siempre. Desde ahí, el hombre de gafas oscuras y cabellera ondulada perfeccionará su mensaje, centrado originalmente de forma contestataria en el presente, cuando aún cantaba con el dejo triste de la guitarra country folk.

La sentencia poderosa de Guthrie, una amenaza para el sistema de gobierno yanqui y un motivo enorme de sospecha de parte del mismo contra el cantante de folk, marcarían para siempre a Bob Dylan. El mensaje contestatario de Guthrie, enraizado en lo profundo del bluegrass, dictaría el camino a seguir durante la que, por años, se constituirá como una carrera impecable y respetuosa de la música popular y siempre ligado a una pluma poderosa, cuya poesía asumió desde que dejó de ser Robert Allen Zimmerman para convertirse en Bob Dylan (inspirado en el poeta y dramaturgo galés, Dylan Thomas).

Dylan cantaría hermosas odas a la generación que decidió apoyarlo en su cruzada folclórica y que, unidas a las manifestaciones pacifistas de la época y la movida bohemia de Nueva York con el movimiento literario beatnik de Jack Kerouac y Williams Burroughs a la cabeza, lo establecería como el poeta musical de su generación. El rapsoda moderno. El puto amo de la canción protesta.

Pero en un afanado arranque artístico –sino anárquico– de esos que cambian el mundo, el mismo Dylan le daría la espalda a ese establishment que había ayudado a construir y cuya dirección parecía ser tan clara y tan segura. «How does it feel?», cantaría Dylan delante de un público estupefacto y traicionado. «How does it feel?», repetiría desafiante y electrificado delante de los fariseos-nuevos-fanáticos-cultos de su música (o como diría Jorge González, «los conscientes snobs»). ¿Cómo se habrán sentido?

Hay un ensayo increíble sobre el impacto que tuvo Dylan en la sensibilidad moderna a través de la música llamado “Esto no es música. Introducción al malestar en la cultura de masas” (2007), de José Luis Pardo. En el texto, el filósofo español le otorga a Dylan una cualidad especial, de la que no carecen aquellos que cambian el mundo con sus ideas: la de retar al tiempo en el que viven. Retarlo con ideas y palabras que parecen imposibles ante los ojos del mundo, pero no ante sus lúcidos y aterrorizados ojos.

En el caso de Dylan, su mayor transgresión no fue colgarse una guitarra eléctrica –una blasfemia de incalculable tamaño como puede verse en algunos registros audiovisuales–, sino profetizar sobre el espíritu de su tiempo. O como dice Greil Marcus cuando reivindica a Dylan como historiador: «su talento más grande es traer hasta el presente, el pasado dotado de espesor».

Dylan siempre será el símbolo de quien anunció la tormenta y describió, con lujo de detalles, sin escatimar en técnica, poesía y narrativa, la aterrorizante pero preciosa letra de ‘The times they are a-changing‘, un himno de la humanidad mientras se aproxima a la hecatombe, anclado en sus vicios y sus zonas de confort.

En marzo de 2020, cuando el mundo entero era azotado por una letal pandemia y las personas tuvimos que entrar en un confinamiento que dura hasta nuestros días, en donde no sabemos si querer mirar hacia el mañana –pero sí saber que no queremos mirar hacia atrás–, en este estado de ánimo, se levantó la voz de un artista que lleva décadas huyendo del encierro, inmerso en una gira eterna, burlándose del conformismo, de la comodidad, de aquel que, se supone, se ha ganado los laureles y la jubilación.

El viejo Bob Dylan se vistió con los ropajes de Nobel en Literatura y lanzó sorpresivamente un single llamado ‘Murder most foul’. Esta no era cualquier canción. La primera muestra de lo que es su último disco, Rough and Rowdy Ways –que puede ser, en definitiva, el último de toda su carrera–, dura 17 minutos, una quijotada –sino un suicidio de publicidad– en nuestra era de la inmediatez. Sin embargo, otra vez Dylan nos demostraba que es alguien adelantado. Más nunca fuera de juego.

En el vértigo de mediados de los sesenta, resultó obvio que Bob Dylan era y actuaba como alguien que estaba siempre anticipándose. Y él lo sabía muy bien. «Solo estoy 20 minutos adelantado, así que no puedo estar muy lejos», le dijo una vez a John Lennon.

La épica ‘Murder most foul’, que era su primera canción original lanzada en ocho años (antes de adetrarse en su aventura por reinterpretar las grabaciones de Frank Sinatra y escudriñar en su pasado para editar parte de sus bootlegs perdidos) logró lo impensado: situarlo en el #1 del ranking Billboard. Su primer número uno en Estados Unidos, vendiendo más de 10 mil descargas. Sí, la canción que lo pilla casi de 80 años, que aborda el asesinato de John F. Kennedy y que dura la mitad de lo que fue su LP debut en el ya lejano 1962, conquistó una cima que fue esquiva a himnos de su repertorio, como la inmortal ‘Like a rolling stone’.

Pero no vamos a descubrir hoy con el Nobel o con este #1 del Billoboard que hace tiempo Dylan, el mesías del folk, no puede ser escuchado como un avatar cualquiera. «Oírlo es conmocionante y de eso son testigos millones –sin Dylan, The Beatles jamás habrían compuesto el Sgt. Pepper–, pero leerlo lo es aún más», dice nuestro poeta mayor Raúl Zurita.

Y aunque las letras de Dylan están hechas para ser cantadas, «contienen la riqueza poética de la significación y la densidad del sentido que caracteriza al modernismo», sentencia por su parte el ácido crítico cultural estadounidense Greil Marcus, Zurita fue más allá cuando escribió sobre el genio del cantautor como un rapsoda, más de una década antes que los jurados de la intelectualidad le dieran el Nobel en 2016.

«Con Dylan, basta leer a un solo personaje de los que aparecen en la fila de la desolación para ya estar en la historia mayor, empleando una palabra de moda hoy, para estar en el gran «canon». Por esa fila de la desolación van pasando finalmente todos, la humanidad entera, porque la obra de Dylan es también una gran cita de toda la historia de la literatura, desde la Biblia hasta Dante, desde Chaucer hasta Rimbaud, desde Melville hasta Kerouac, con la particularidad de que en su poesía ese inmenso patrimonio reaparece siempre bajo la forma de los sueños».

Raúl Zurita

La tesis de nuestro poeta mayor se hace carne en la confesión que realizó en el mismo texto. Zurita escribe que, entre las cientos de canciones alucinantes de Dylan, se queda con la canción que musicaliza una de las escenas dramáticas de la película Pat Garrett & Billy the Kid (1973).

«Un sheriff ha sido herido de muerte, está de pie en medio de un río que le llega a las rodillas y mira al frente mientras las lágrimas comienzan a correrle por su cara (…) De pronto, sube la música y la frase que se repite a todo volumen es “golpeando, golpeando las puertas del cielo”. Es Dylan. Es ‘Knockin’ on heaven’s door’. Jamás en mi vida he envidiado más algo. Jamás en mi vida he querido tanto ser otro. Jamás en mi vida he deseado tanto morir como de algo así».

Raúl Zurita

A pesar de estas lecturas, que no tienen otro objetivo más que intentar acercar la enrevesada figura y obra del hombre nacido como Robert Allen Zimmerman hace 80 años atrás, nadie finalmente tiene idea de quién es Bob Dylan. ¿Quién es en realidad ese hombre que alguna vez pareció congelar una época completa en una imagen que se fundió en un lozano retrato en blanco y en negro?

Quizás, como un sarcasmo sobre la identidad y la autenticidad, entre los muchos arquetipos que representó (sin preocuparse mucho por las contradicciones de aquello), Dylan solo nos ha permitido acercarnos a la figura mesiánica que le impusieron –y que le acomodó– durante el cenit de su trayectoria. En medio de tanto engaño, a su manera y en vísperas de entrar a la cuarta edad –y luego de vender todas sus canciones a Universal, quizás como último acto de poético caos–, recita una verdad en una de sus últimas canciones titulada proverbialmente ‘False prophet’: «Canto canciones de amor/ Canto canciones de traición». Y él ha sido fiel a esta sentencia.

Sobre la autora / el autor
César Tudela
Periodista especializado en cultura y música popular.

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