Hernán Rivera Letelier: “Tengo la cartografía del desierto en las arrugas”
Desde su cuarentena en Antofagasta, conversamos con el aplaudido escritor pampino sobre su más reciente obra, “Epifanía en el desierto”, la crónica que sirve como prólogo en primera persona de su debut literario, la fundamental novela “La Reina Isabel cantaba rancheras” (1994). En este nuevo libro, Hernán Rivera Letelier narra con su ya característica pluma las historias y avatares que inspiraron aquel escrito, con el que pasó de ser un obrero salitrero a uno de los autores mayores de la literatura nacional.
Desde su cuarentena en Antofagasta, conversamos con el aplaudido escritor pampino sobre su más reciente obra, Epifanía en el desierto, la crónica que sirve como prólogo en primera persona de su debut literario, la fundamental novela La Reina Isabel cantaba rancheras (1994). En este nuevo libro, Hernán Rivera Letelier narra con su ya característica pluma las historias y avatares que inspiraron aquel escrito, con el que pasó de ser un obrero salitrero a uno de los autores mayores de la literatura nacional.
En la víspera navideña de 1994, Hernán Rivera Letelier publicó su ópera prima: La Reina Isabel cantaba rancheras, la historia lúdica de una famosa prostituta del desierto nortino. Cuando a comienzos del año siguiente agotó la primera edición, su nombre era un misterio en el circulo de escritores, que incluso rumoreaban que tal obra era de otro, alguien en las sombras y que era una estrategia de marketing (según cuenta Patricio Jara en el prólogo de la reedición).
Pero no. El libro era del entonces obrero salitrero y poeta anónimo que se había animado a publicar una novela que destacaría por hacer conjugar un lenguaje culto y popular, cambiando de paso varios paradigmas de la literatura latinoamericana. Fue el inicio de una carrera vertiginosa y admirada. En 2018, a 25 años de publicada, la editorial Alfaguara reedita el libro. Para la ocasión, su editora le pide unas palabras para un prólogo, contando algunas de las historias reales que lo inspiraron a escribir. “Llegué a la casa, empecé a escribirlo y cuando iba en la página 20 dije: «no, esto es un libro»”, cuenta Rivera. Así nace Epifanía en el desierto, su primera crónica vivencial a sus recién cumplidos 70 años. Sobre ella y la actualidad en tiempos difíciles, conversamos con el autor en Cultura B.
– ¿Cómo has estado en estos tiempos de confinamiento?
– Bien, encerrado con la “cuarentona” (ríe). Llevo como tres meses y medio así, más encerrado que el Chapo Guzmán. Mi hija y mi señora no me dejan ir ni a la esquina, pero he escrito como loco.
– Para un hombre como tú que trabajaste en las minas, ¿estás más acostumbrado al encierro?
– No po, al contrario, porque yo trabajé en las minas a tajo abierto. Nunca trabajé en las minas subterráneas. A tajo abierto tenemos todo el desierto libre.
– Todo ese desierto que te ha inspirado por más de 25 años.
– El desierto ese es como la marraqueta bajo el brazo.

– Hace un par de años, en una conversación que tuvimos acá en Santiago me dijiste “el desierto soy yo”.
– Si tú me mirai la cara, tengo la cartografía del desierto en las arrugas. Estuve 45 años en el desierto.
– Y ahora te has dedicado a describirlo en cada uno de tus libros, retratando la peculiar belleza del norte chileno.
– Era complicado porque en el desierto no hay nada, entonces, ¿con qué llenarlo? Hacer una novela que ocurra en el sur es fácil: hay flores, hay pájaros, hay ríos, hay montañas, hay nieve, hay lagos; en el desierto no hay nada. Entonces, ¿con qué lo llenai? Con palabras.
– Y así nació esa primera novela, La Reina Isabel cantaba rancheras y, con sus recuerdos, tu nuevo libro. Son tus primeras crónicas, ¿no?
– Esta es la primera que hago y es sobre cómo escribí La Reina Isabel, los andares que pasé mientras la escribía. En esa me demoré cuatro años. Me quedaba muy poco tiempo para escribir luego del trabajo.
– Recuerdo que te gustaba el nombre Crónicas de una Reina para este libro, sin embargo, salió como Epifanía en el desierto.
– Tuve como cinco títulos y al final me quedo con este.
– ¿Te gusta más?
– Me gusta mucho la palabra epifanía. Es algo que realmente siento cuando estoy escribiendo. Hay instantes episódicos, no es todo el tiempo, pero hay instantes en que te poni a escribir y se te pasa el tiempo así. Te poní a escribir, ponte tú, a las cinco de la tarde y de pronto como que despertai y son la una de la mañana y está todo el mundo durmiendo y tú no te habías dado cuenta. Esas son las mejores páginas, cuando estai en contacto con tu duende.
– De hecho, en el mismo libro cuentas que de esa manera salieron estas crónicas. Un prólogo que al final terminó siendo otra obra aparte.
– Claro, este período nace de una conversa con la Paz Balmaceda (editora) al lanzar la edición especial de los 25 años de La Reina… y me puse a contarle algunas cosas que viví mientras escribía la novela y me dijo: “¿por qué no escribí un prólogo con esto que me estai contando, de unas cinco, seis páginas”. Llegué a la casa, empecé a escribirlo y cuando iba en la página 20 dije “no, esto es un libro”.

– Me llamó la atención algo que mencionas al inicio. Confiesas que usarás la crónica para escribir este libro, pero a la vez dices “como si escribir la realidad fuera posible”.
– No po, imposible.
– ¿Cómo haces la crónica entonces?
– Es imposible, o sea, todo es ficción. Incluso en el lenguaje estamos hablando y usamos la ficción, la mentira, la simulación. Se supone que la crónica es tal cual, y nunca es tal cual. Hay una técnica, hay un lenguaje, hay metáforas, hay trucos ahí.
– ¿Este libro tiene parte de eso entonces?
– Claro. En esta historia, de repente ocurren unas cosas y a veces se exageran otras. De repente, si contai cosas que no deberías contar, que no has contado ni en tus novelas, ni tus cuentos, ni tus poemas. Pero en la crónica te salen. Es peligrosa.
– ¿Hay algo que se te haya quedado fuera, que hayas recordado después de escribir estas historias que viviste cuando escribiste La Reina Isabel?
– Me quedaron varias cosas fuera pero que ya había contado en otras novelas, entonces ya estaban escritas. Hay un cuento que dejé afuera de los “Efectos colaterales”, cuando hablo que me di cuenta que no sabía que estaba haciendo una novela y me puse a estudiar. Estudié como 11 meses, sin escribir. De pronto, no sabía cuáles eran muy bien los signos de puntuación, entonces para estudiarlos les hice un cuento, La fiesta de los signos de puntuación. Y eso lo publiqué diez años después, en Canción para caminar sobre las aguas.
– Justamente, hay unas historias o anécdotas paralelas –“Efectos colaterales”– a las crónicas centrales que son muy entretenidas.
– Esas las escribí junto con la crónica. Se me ocurrió porque había algunas cosas que tenían que ver con la novela y otras que no tenían na’ que ver. O sea, por ejemplo, la de los amigos que iban a recorrer la pampa, a buscar cosas históricas a los basurales. Usé el encuentro con ellos, cuando están a punto de partir y le cuento a uno que estaba escribiendo una novela de putas, pero de putas del desierto. Yo estaba empezándola recién. Ahí conversamos un rato y se fueron. Como a la una de la mañana vinieron de vuelta y él se fue a mi casa, me despertó y me dijo: “adivina qué, pasó algo mágico. Llegamos a un basural al interior de Iquique, por ahí en el Alto del Carmen, y entre los papeles había un carnet de prostitución de 1923”. ¡Increíble! Esas cosas que no están en la novela tenía que contarlas. Otra es cuando estoy en Santiago y llegó una señora con uno de los cinco ejemplares que tuve que mandar al concurso, que me costó un mundo hacerlo, anillarlo, conseguirme el papel, escribirlo en el trabajo a escondidas de los jefes, cuando no compraba computador todavía. Fue toda una odisea.
– Ya que lo mencionas, haces también al principio un elogio al computador, como gran compañero del trabajo de un escritor. Te haces la pregunta de cómo los grandes autores clásicos escribieron sus obras sin este artefacto de la modernidad.
– Tuve una máquina de escribir también pero no hay como el computador. Tuvimos suerte los de esta época con el computador porque, por lo menos yo, no hubiera podido escribir una novela. Cuentos y poemas a mano o a máquina quizás, pero una novela creo que no hubiera podido porque yo reviso, reviso y reviso. Más que escritor, soy un corrector (ríe). No me conformo ni con la primera versión, ni con la segunda ni la tercera. Y pueden ser las que sean, 15 o más. Siempre digo que el arte está en la corrección. Cualquiera escribe una novela, pero no cualquiera la corrige bien. Cualquiera sabe escribir, no todos saben corregir. Y ahí está el arte.

– ¿Y eso es una contradicción con algo que mencionas en estas crónicas, cuando dices que quizás una de las cosas que enaltece aún a La Reina Isabel son justamente sus “imperfecciones” de escritor amateur, y que tampoco quisiste corregir en la reedición?
– Mira, me han ofrecido corregirla y siempre digo que no. Que así nació y así se queda. Yo nunca leo mis libros, pero cuando tengo que leer algún capítulo de La Reina Isabel en algún encuentro o una charla, o de cualquier libro, me dan unas ganas de tachar cosas, de corregir. Una novela no se termina nunca, se abandona nomás.
– Al cambiar el género literario para la escritura, ¿cómo trabajaste en Epifanía del desierto?
– La trabajé igual que una novela. Corregía cada párrafo, cada capítulo unas siete, ocho, nueve veces. Estaba solo en eso. Seguro que la empecé allá (Santiago), pero la terminé en La Habana. Allá estuve 15 días y esa ciudad inspira mucho, entonces me salía un torrente de inspiración. Hay una cosa en la atmósfera en La Habana que te incita a hacer arte, a pintar, a escribir. Hay un cierto olor, un cierto magnetismo en el ambiente, en el aire.
– ¿Más que el desierto?
– Es que es absolutamente distinto. El desierto también te inspira, a mí me ha inspirado mucho. Siempre digo que, si no me hubiese criado en el desierto como me crié, tal vez no estaría escribiendo. El desierto me enseñó a amar el silencio, a quererme a mí mismo, a conocerme a mí mismo, y para escribir hay que conocerse a sí mismo antes. Entonces, yo todos los días necesito una dosis de silencio y de soledad, por lo menos unas dos horas diarias, porque estuve 45 años en ese desierto. Llevo el silencio en mí. Así como el que nace arriba del mar lleva el sonido del mar toda su vida, o el que nace al lado del río lleva el murmullo del río dentro suyo, así yo llevo el silencio del desierto.
– ¿El haber hecho estas crónicas te inspiran para escribir más sobre ti, más crónicas sobre tu trabajo o alguna memoria quizás?
– Siempre me han dicho que por qué no escribo la historia de mi vida. Pero si te lees mis 20 novelas, ahí está po. Está la infancia, está la juventud, todo ahí. He utilizado mucho mi propia historia para hacer mis novelas. Todo lo que se cuenta en La Reina Isabel, yo lo viví o lo vi. El libro Himno del ángel parado en una pata (1996) es mi infancia, todo lo que se cuenta ahí yo lo viví. El fantasista, (2006) también. Canción para caminar sobre las aguas (2004), toma partes de cuando anduve de mochilero. Romance del duende que me escribe las novelas (2005) también es autobiográfica. Entonces, si hurgas en las novelas, ahí está toda mi vida. A lo mejor se me ocurre escribir después las memorias, pero se tendrían que publicar después de muerto. ¡Ni cagando las publico antes! Después de muerto que esperen tres días, no vaya a resucitar nomás (ríe).
– En estos meses de encierro imagino que has tenido más tiempo para escribir.
– He escrito un libro y medio ya. Escribí una novela de 180 páginas que empieza en Santiago y termina en el desierto, y estoy trabajando en otra que va a tener como 130. La tengo casi lista ya. Será la cuarta parte del Tira Gutiérrez y la hermana Tegualda, la continuación de la trilogía policial.
– Volviste a la novela policial. Tenía entendido que terminaste odiando ese formato.
– Sí po, pero de repente, en el viaje a La Habana, no tenía nada que escribir y de pronto alguien me dijo: “oye, por qué no haces la cuarta parte”, y le dije que esa cuestión nunca más. “Pero hácete una más”, me contestó. Entonces le dije que “bueno, a lo mejor”, y en eso se me ocurrió el título. Le dije: “si hago una, se va a llamar así: El secuestro de la hermana Tegualda. “Ah, está buena”. Ahí en Cuba, puse en el computador el título y empecé a escribir para pasar el tiempo y me entusiasmé. Y apareció la novela.
A continuación, el autor nos comparte la lectura, desde su casa, de «Efectos colaterales 6», parte de la crónica Epifanía en el desierto, su última obra recientemente publicada por editorial Alfaguara..



Excelente entrevista