Cultura B

Fonda Permanente: las canciones más tristes que nos alegraron el alma

Hace unas semanas se materializó una nueva faceta de la reconocida fiesta popular «La Fonda Permanente», donde los asistentes se reunieron a cantar a todo pulmón en el teatro La Cúpula del Parque O´Higgins. Johanna Watson retrató la jornada con una crónica especial para La Voz de los que Sobran.

Con terremoto en mano y cintillos luminosos espera parte del público que llegó al Teatro La Cúpula en el Parque O´Higgins a disfrutar la nueva incursión de La Fonda Permanente “La Popular”, que por vez excepcional quiso expandirse hacia otros públicos, homenajeando de paso a ese sector de la música chilena que tiene aroma a piso recién encerado, a cazuelas humeantes y a hojas de eucalipto puestas en la encimera de estufas a parafina.

Al encuentro asisten abuelas, hijas, nietas y bisnietas. También se hacen presentes los “señores de edad”, cabros jóvenes y los no tan jóvenes. Todos toman asiento en las butacas y graderías que aguardaban desde hace unos meses para comenzar el disfrute de esta fiesta popular, que por primera vez recibe a su público con la idea de hacerlos cantar hasta que las lágrimas lo permitan.

Entre el público se divisa una que otra mascarilla, residuo de la pandemia de Covid-19 que luego de dos años, está prácticamente controlada. Llegada la hora fijada del encuentro, se escuchan los primeros chiflidos de una audiencia ansiosa por ver el show. Las luces se apagan y aparece en escena Kostalazo, banda que reinterpreta clásicos del rock latino de los años 80 y 90 en versiones de vals peruano y bolero. El grupo está liderado por el Patogallina Martín Erazo, y arrancan la jornada con Té para tres, emblemático himno de los argentinos Soda Stereo.

Kostalazo

El respetable continúa ingresando y acomodándose en las butacas. Pese a que hay algunas miradas cuestionadoras frente a la propuesta musical del grupo -sobre todo de las generaciones mayores- la vuelta de tuerca de los conocidos temones tiene una buena acogida.

Erazo baila sobre el escenario y el público canta: las “Canciones más tristes” son ahora una realidad.

En el recinto de al lado, otra audiencia se prepara para vivir una nostalgia alternativa. Los raperos Wu Tang Clan actuarán frente a quince mil personas en el Movistar Arena. En el trayecto hacia el teatro, se atochan numerosos grupos de raperos “Old School” para vivir su propio ritual hiphopero. Por estos lares, luego del “bis», el público más observador está entregado a la propuesta de Kostalazo, que termina su presentación con aplausos, gritos y las dudas del comienzo disipadas.

En el backstage, Palmenia Pizarro espera sentada su turno. Está vestida con un largo traje de vibrante naranjo, maquillada y peinada en abundancia. La saludo, me identifico y le pido una fotografía para inmortalizar nuestro encuentro. Ella toma mi mano y así posa junto a mi. Noto sus uñas largas y pintadas de rosado, habla despacio y lento. Los años no han pasado en vano por la dueña de la voz desgarradora que conquistó almas y corazones a lo largo de su trayectoria.

Ya en el escenario, Palmenia es recibida con una ovación y las cámaras de los teléfonos del público la apuntan al unísono. Camina con dificultad hasta sentarse en un sillón. “Dios nos dice cuando llegamos pero no nos dice cuándo nos vamos”. A sus 81 años la cantante tiene un discurso de despedida: “tengo que partir, así es la vida” dice, como tratando de consolar con antelación a quienes la extrañarán cuando parta.

Cuando en las radios y revistas sesenteras primaban los ritmos y portadas de los artistas de la Nueva Ola, Palmenia Pizarro, oriunda de San Felipe, se coronaba con su voz y puesta en escena melodramática, como la representante femenina de la música romántica y sufrida, bautizada popularmente como “música cebolla”, por el sentimiento desgarrador con el que interpretaba sus canciones. “No me odien los hombres, yo elegí esta canción para defender a las mujeres”, dice entre aplausos femeninos. La voz cansada de Palmenia es igualmente alabada por su público. La admirada intérprete es un emblema, testimonio vivo del sonido de bares, cantinas, rincones de medio pelo de la ciudad y de provincia, faro artístico de la clase trabajadora chilena. Con su música terminaron de partirse en mil pedazos corazones que venían rotos tras rupturas y decepciones amorosas, sus canciones permanecieron en el aire, flotando y deambulando por todos lados a través de los años, pasando de generación en generación, de abuelas a nietas, de madres a hijos, de desamor en desamor.

La Joya

La sucede La Joya, propuesta musical de la cantante y compositora chilena nacida en Renca, Natalia Álvarez. Junto a su banda y con su guitarra colgada al hombro, la performance de la artista es una de las más transversales de la noche. Vestida con un precioso traje azul con brillos, que recuerdan al estilo de vestuario que se usaba en los plató de extintos programas de televisión de los años 80, deambula por canciones de Daniela Romo, Juan Gabriel, Rocío Durcal, logrando uno de los momentos más participativos del público durante la jornada.

En el camarín, Germaín de la Fuente, emblemática e inolvidable voz de la formación original del grupo Los Ángeles Negros, banda nacida a fines de los años 60 en la localidad de San Carlos, el mismo pueblo donde años antes naciera Violeta Parra, conversa con tono amable a su llegada. Se sabe reconocido, saluda, se saca fotos, tiene ese estilo de cordialidad de antaño, de caballero con las damas y varones que nos acercamos a él.

Germaín de la Fuente

El segundo plato fuerte de la noche aparece con un vestuario especial minutos después sobre el escenario, mientras que su banda luce atuendos que combinan con el de la leyenda que se tomará todas las miradas en breves minutos. Un galán, un señor, un crooner, todo eso es Germaín cuando está sobre el escenario. Su registro vocal es diferente a sus años mozos, claro está, pero a sus 75 años, canta y encanta. El público se atocha para verlo, grabarlo y darle la mano. Por su parte, el músico conserva un excelente estado físico, que le permite reclinarse una y otra vez para saludar con apretones de mano a quienes se lo piden desde abajo del escenario.

Las emblemáticas «Y volveré «, «El rey y yo», «Como quisiera decirte» y «Murió la flor», son parte de su repertorio. Estas canciones y sus sentidas letras convirtieron al conjunto liderado por Germaín en un atractivo artístico a nivel internacional, y, al igual que Palmenia, se establecieron en México desde los años 70, posicionándose en esas tierras como un grupo bisagra para reconocidas bandas de generaciones posteriores que encontraron en su musicalidad, letras y canto, un elemento al que quisieron darle continuidad.

Camiseta 22

Terminado Germaín, vinieron los números más explosivos y dicharacheros de la noche. Con Juan Ayala y sus clásicas canciones comenzó a encenderse la pista, que se desató definitivamente con la propuesta de los ex Guachupé, Camiseta 22, formado por Tomás Maldonado y Robinson Acuña, quienes con sus canciones de ska y cumbia más los éxitos de su antigua banda, hicieron que el público se secara definitivamente las lágrimas para dar paso a los bailes de fin de la noche, trabajo que terminaron los cracks de El Bloque Ocho, encargados de cerrar la jornada y bajar las cortinas de la cantina itinerante de la Fonda Permanente, que como su nombre anuncia, están en permanente búsqueda de los sonidos que mueven los pies y las canciones que remueven los corazones del público chileno.

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