Enemizacion y semblantes de escritura. A propósito de Economía política del enemigo
El texto de Carlos del Valle releva el estatuto intensificado de la enemización en sus “intersecciones de sentido”, donde el enemigo radical, es también, espectral y perdura en estado de latencia en el marco ampliado de guerras intestinas. De un lado, el ecosistema de medios es un dispositivo que gestiona el nudo entre mediología y subjetividad (necrópolita de la imágen) y, de otro, una figura político-jurídica en las formas elementales del derecho que distan del “mantra antropológico” y la teología schmittiana amigo-enemigo. Por fin, tenemos el exterminio en el marco de “máquinas de guerra” dada la expansiva Stasis de las intervenciones preventivas.
El horizonte semántico estriba un “nosotros genealógico” que abraza una metodicidad argumental, donde la “enemización” es un vector que ilumina creativamente una heterogeneidad de problemas históricos y nudos socio-teóricos en la contemporaneidad post-fordista. A la luz de las nuevas economías del conocimiento, el ethos intelectual que cultiva el autor, discurre en temporalidades vernáculas, nacionales y metropolitanas, sin soslayar las rearticulaciones neo-coloniales en el contexto de Genocidio que reducen la brecha entre Guera y Pax
Qué decir sobre las oscilaciones literarias (flujos normados) qué hay en esta textualidad que mantiene el repique de la vocal y no cede a los tráficos de deseo. Al menos, no de cualquier modo. Hay una mixtura en la política escritural del autor dónde anida un argot de mediaciones, fraseos y un “vibratum regulado” que se extiende desde sus prácticas de investigación, los híbridajes de campo, hasta las economías creativas. Del Valle hace una prudencial sintaxis de textos funcionales, paroxísticos y adaptativos. Un registro que mantiene una distancia con la densidad en dispersión de las humanidades, la rigidez de las ciencias sociales, como así mismo, y sin sabotajes, advierte los riesgos pauperizantes de la indexación (capitalismo académico).
De esta nomenclatura que goza de autogobierno, destila un punto cardinal que abre el espacio para una tensión fecunda entre humanismo crítico y ciencias sociales. En suma, cuando el objeto clásico de la investigación reclama la univocidad metodológica, y el rectorado de la empiria, la «semántica» del enemigo -economía política- posee gravámenes conceptuales, literarios, “expansivos metafóricos”, que sin renunciar a una red de significación –point de capiton-, no se agotan en el tiempo homogéneo de una grafía moderna.
Enemización, mas allá del pequeño drama representacional de la industria cultural, podría nombrar molarmente un “atribulado espíritu de época” donde el significante “genocidio” es fundamental en la cambiante escena geopolítica, como así mismo, las guerrillas mediáticas en cuanto producción de enemizaciones pregnantes en los contextos gestionados por la hiper-industria cultural. Enemenización es un término síntomal, también microfísico e intersticial, en tiempos de democracias drómicas y Estados post-soberanos.
Dada la gestión de riesgos abundan estados de intifada, revuelta, negacionismos y la producción de liderazgos coléricos, (Trump…) que nos demandan una nueva categorización que busca trastocar las complacencias cognitivas del paradigma del malaise (PNUD, 1998) y los agonismos crítico-liberales que ficcionan disputan entre adversarios. Tal necesidad, se funda en un agotamiento categorial y en las tautologías aporofóbicas del mal-estar, para escrutar, más allá de la vocación pedagogizante del mainstream, las fisuras de la modernización chilena y regional (2006, 2011 y 2019).
Ello no sólo busca atisbar un “arte contemplativo” sobre las transformaciones político-digitales, la crisis de todo reparto comunitario, o ilustraciones adaptativas sobre las formas mediales, sino relevar la enemización como “caja de herramientas”, situada y afirmativa, para descifrar e intervenir en contextos de pánico, desorientación visual y dudosos accesos cognitivos del mainstream académico. En lo tocante al género literario y a la economía escritural, como ya advertimos, no provee una estricta metodicidad argumental bajo una “progresión argumental”.
Tampoco se trata de una conceptualización que responda dócilmente a los reclamos vitriólicos de las redes sociales y ese frenesí por limitar el manuscrito a una “cámara del presentismo” y textualidades sin experiencia. Se trata más bien de una serie de intervenciones que se alumbran unas a otras, no en función de la progresión de una perspectiva unitaria, sino de lo que podríamos denominar la reiteración de temporalidades en diversos planos discursivos. Entonces, cada apartado ilumina la enemización abriendo una narrativa desde un ángulo diferente que implica desarrollos e interrupciones, más que conclusiones o suturas hermenéuticas.
Así, la “guerra total” del Oriente Medio nos remite al ius belli moderno que calza sin fisuras con el armatoste neo-colonial. Aquí el derecho internacional ha sido relativizado, porque su guerra es contra los inhumanos, no contra la humanidad, su guerra es vista como aquella que opera a favor del derecho internacional que, tantos organismos internacionales, ha sido reprochado como un incumplimiento.
Todo ello en relación con la stasis como racionalidad imperial “localización dialogante”. Un an-arché abismante, necesario y con vértigos paroxísticos, omniscientes, y sin saber nada sobre el destino del campo político.
Lejos de un tiempo homogéneo, la enemización participa en distintos “jeux de langage”, como, asimismo, en prácticas materiales que deben ser desmasificadas en los usos veloces del clivaje Civilización i Barbarie. De un lado, la lucha o el enfrentamiento “cuerpo a cuerpo” entre enemigos es siempre, un presupuesto de aquella identificación fallida que se introduce al amenazar la existencia de un otro y abunda en la alquimia de autoritarismos civilizatorios.
Aquí es posible invocar las acciones catastróficas de Oriente Medio. Tales sucesos, propias del despojo neoliberal, congregan la articulación de distintas fuerzas sociales, que se encadenan entre sí en la medida en que se posicionan antagónicamente respecto de un “enemigo común”, lo que suscita una producción de sentido y demandas para representar del conjunto de fuerzas articuladas que buscan promover hegemonía políticas. Pero, cabe advertirlo, es una posibilidad de lectura en sociedades que destacan por el “enemigo absoluto”, cuestión que trasunta el “raitil cognitivo del malestar” y las propias representaciones de la industria cultural.
La categoría cultiva una energía crítica para poner en evidencia cómo opera el poder en la extracción de cuerpos dóciles. De un lado, atribuye representaciones estigmatizantes al otro (otrocidio) y, de otro, devela discursos y prácticas que actúan como mecanismos necropolíticos y epistemes del despojo. Contra toda política del reconocimiento, la opacidad constitutiva aquí no se funda en el sentido dialéctico del término.
La noción de negatividad es necesaria y constitutiva. El campo social es concebido como movimiento sin resolución entre positividad y negatividad, porque no existen relaciones sociales transparentes. Sin duda, en la guerra de posiciones, donde la enemización discursiva comprende una política de imágenes, viralidades y cuerpos.
En suma, la enemización -en su hermenéutica política- devela un clivaje en la acumulación de capital financiero bajo un ciclo hegemonizado por el despojo de la diferencia. La categoría y sus territorios, se deben a lo plural-discordante- y deben ser interrogados en todos sus alcances y definiciones, a saber, como un campo de antagonismos emergentes, en estado de sedimentación, o bien, como un momento constitutivo y fundante del cuerpo social.
Allí donde ha colapsado el sistema de mediaciones y todo reparto comunitario se torna abismal, ante la arremetida de diversos integrismos. En la actualidad enfrentamos un régimen de enemistades glonacales y un caleidoscopio de registros, liderazgos coléricos del nuevo modo de producción que tiene en su inconsciente el Orientalismo de Edward Said (lo indígena, la dulce civilización del progreso y el colonialismo, Donald Trump, Jair Bolsonaro, Oleksándrovich Zelenski, Vladímir Putin, Javier Milei y José Antonio Kast).
Finalmente, el desafío es abordar procesos de enemización, mapas alteridades y modos de producción. Las experiencias heterogéneas del objeto estudiado, y mantener mínimos ontológicos. Estas claves asedian al libro y, esencialmente, el “problema del otro”, como afirma Todorov.
Por fin, un aforismo -suspensión del purgatorio- del Dante, “Quién entre aquí que abandone toda esperanza”. Inferno.



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