Detrás de las páginas de «200 Discos de Rock Chileno»
Foto: Miguel Pérez
La quijotesca misión de contar la historia de los primeros 50 años del rock chileno a través de sus álbumes larga duraciones, fue el objetivo de los cuatro autores de «200 Discos de Rock Chileno. Una historia del vinilo al streaming. 1962-2012″. En esta entrevista, nos cuentan varios detalles de cómo cada uno construyó su melomanía, su amistad y cómo terminaron confluyendo su obra que ya varios han catalogado como «la enciclopedia del rock chileno»..
23.37 de la noche de un miércoles. Sobre la mesa, tres vasos vacíos tras algunas piscolas, un montón de papas fritas en el buche y un monitor de frente con conexión directa a Francia y Australia. Ese fue el escenario simbólico que quedó tras casi tres horas de conversación con los autores del libro 200 Discos de Rock Chileno. Una historia del vinilo al streaming. 1962-2012 (Ocho Libros).
En medio, incluso fuimos testigos de un hito que enmarca la pasión por la música de estos amigos: a la casa de Felipe Godoy (en Melbourne), le llegó el disco de Embrujo (1971), álbum que se encuentra en el libro y que es uno de esos difícil de conseguir.
Transparentemos. Tengo la fortuna de ser muy amigo de los autores de este libro, pionero en tanto enciclopedia del rock chileno. ¿Por qué lo menciono? Porque he revisado la totalidad de las participaciones en las que han sido invitados a raíz de la difusión de su obra. A raíz de esto, mi objetivo fue entrar dentro de terrenos que no hayan sido explorados por las entrevistas previas, más centrado en sus opiniones individuales y cómo estas terminaron confluyendo en el libro.

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Los primeros pasos de César Tudela (periodista), Felipe Godoy (sociólogo), Cristofer Rodríguez (profesor de historia) y Gabriel Chacón (periodista) en este proyecto no fueron movilizados por la amistad, necesariamente, sino por una idea que fue evolucionando con el tiempo. Así como se fue estrechando un sólido equipo de trabajo que, con sus necesarios matices, finalmente dieron vida a un libro sin firmas personales y cuyos textos se perciben casi idénticamente el uno del otro. “Como una sola voz”, en sus propias palabras.
El puntapié inicial de la conversación partió como inspiración del bellísimo prólogo del libro, realizado por Sergio “Pirincho” Cárcamo, comunicador radial que ha sido un verdadero protagonista de cada uno de los hitos que fueron seleccionados como parte del rescate curatorio del que estos cuatro investigadores se hicieron responsables.

La inspiración vino por evocar esos recuerdos que se materializan a fuego en algún sector de nuestro cerebro, donde se depositaron esos primeros estímulos que hicieron de la música esa amante que jamás nos abandonó. En cada respuesta les fue inevitable sonreír, recordar momentos que parecían olvidados e, incluso, darse cuenta de que todos, sin excepción, tuvieron como puerta de entrada un sonido muy alejado –o tal vez no tanto– de lo que se entiende como rock.
Gabriel Chacón: mi primer acercamiento musical fue obviamente desde la casa. Mi tío escuchaba harta música docta y me llamaba mucho la atención porque no entendía esa música. No era cantada, a diferencia de la música que escuchaba mi mamá. Ella escuchaba la (radio) Pudahuel y ahí sonaba todo lo latino, también coleccionaba discos de música romántica latina en general. Pero mi tío, por el contrario, escuchaba música docta y la manera que tenía de acercarme a esto era contándome historias. Tengo recuerdos súper vívidos cuando escuchábamos (Ennio) Morricone, por ejemplo, y él me contaba un cuento a partir de esa música. No me contaba “El bueno, el malo y el feo”, sino que otra historia a partir de eso. Y le pedía que las repitiera. Es el primer recuerdo que tengo musical. La música era algo más que solamente escuchar algo, había un contenido.
Felipe Godoy: el primer recuerdo que tengo es de cuando uno como niño recién empieza a tener esa capacidad de recordar. Debe haber sido por allá por el año 88-89 en que mis papás me llevaron a un concierto de Sol y Lluvia, y tengo la idea de que era por allá por la Gran Avenida, una cosa así. Tengo un chispazo de haber entrado a ese concierto, chico, de tres o cuatro años, y tengo imágenes de una multitud y de los locos tocando. A mí me gustaba harto Sol y Lluvia cuando chico porque, claro, la música que escuchaban mis papás era como toda esa música de protesta contra la dictadura, por lo tanto, eso sonaba harto en mi casa.
César Tudela: Los primeros recuerdos son la música asociada a la gente con la que uno vivía. Tengo recuerdos de muy chico: mi papá con una amplitud musical de estar escuchando desde Salvatore Adamo a Pink Floyd. Mi papá era de grandes éxitos. Aparte es alguien que creció con las traducciones de las canciones de los músicos anglo, lo que se transformó en un reto para mi cuando apareció la posibilidad de bajar música y me pedía canciones con los nombres en español, que no necesariamente eran una traducción literal. Fue un bonito relato musical entre ambos. También, me acuerdo de los domingos en mi casa en Estación Central, con mis abuelos bailando tango, con la radio que se sintonizaba manualmente para poner el programa de Alodia Corral. Tengo la suerte de tener un par de vinilos de tango y, aveces, los pongo los domingos para recordar esos años de niño. Y la tercera vía fue la música de los monos animados. Las intro de El Festival de los Robots o Dragon Ball, alucinaba. Tenía casetes de compilados de esas canciones. Más grande, hasta fui a La Batuta a ver el show del Capitán Memo.
Cristofer Rodríguez: Mis primeros recuerdos no necesariamente suenan. Son como recuerdos muy visuales. Es bonita tu pregunta, porque me hiciste pensar en algo que nunca había pensado: nunca voy a olvidar el cajón de los casetes que había en mi casa. Mi primer recuerdo no es de una canción, sino el acercamiento con el artefacto. De jugar en ese cajón. Mucha música romántica y mucha cumbia. En mi casa se veía el Festival de Viña y yo era de los pocos niños que lo veía porque me gustaba. Me entraba a la casa porque iba a empezar el Festival y me llamaba mucho la atención que a mi amigo no le importara. No sabía quién iba a estar, pero para mí era un hito verlo en familia. Elvis Presley era una persona importante en mi familia y por la tele tenía una imagen muy viva de él. Era chistoso porque a mí me enseñaron que había un «Rey del Rock» (que era él) y un «Rey del Twist», que era Luis Dimas, y ahora pienso la desproporción de la cuestión (risas).
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¿Se puede escribir de rock sin tener algo de ello? Una de las principales críticas en las que de uno u otro modo cae quien escribe sobre música es su conocimiento y sabiduría al respecto. Además, la pasión juega un rol importante en la audiencia, por lo que las opiniones del público no necesariamente obedecen a la lógica, sino a un sentimiento. Entonces la pregunta es si están preparados para la opinión del público lector o no.
CT: Yo trabajo en esto y me ha tocado tener «cuero de chancho» cuando te tiran mierda o te tiran argumentos que me imagino que tienen su lógica, su razón, su pasión finalmente. Y así creo que uno se va preparando. En el caso del libro, quizás nos estamos mal acostumbrando a que las primeras reacciones del entorno fuera de nuestro círculo han sido bien positivas, algo que nos ha puesto súper contentos.
CT: Respecto a lo que decía Felipe, cuando mezcla el fanático con el aterrizar que estamos escribiendo un libro, inconscientemente estaba eso súper presente. Éramos muy críticos con nosotros mismos, con cada tarea que nos adjudicamos y con lo que teníamos que decirle al otro. Entonces fue bonito durante el proceso porque se fueron dando las confianzas. Al iniciar esto no éramos amigos entre los cuatro. Yo era el nexo, pero se dio que nos fuimos conociendo y ahora somos muy amigos. Finalmente, se dio el espacio para decir “esto no va por ahí” o “sabí’ qué, este disco sé que lo habíamos votado que sí (iba), pero este otro dice más”, y en ningún momento hubo una pelea, ¿cachai? A pesar de que esos cambios significaban más pega y nuevas discusiones, siempre lo tomamos relajado, nunca nadie amenazó con irse del proyecto.
– ¡Me voy de esta hueá!– dice irónico Felipe, despertando la risa de todos.
CR: Hubo momentos de mucho estrés, independiente en cada una de nuestras propias vidas como también dentro del proyecto del libro conjunto. Momentos donde no salía, momento donde no avanzaba y aún así, siempre primó la amistad.
Cristofer no la tira al córner. Es mucho más frontal y no se guarda expresiones. Acaso el hecho de ser el más joven del grupo le da esa rebeldía adicional que hace de sus declaraciones –a lo largo de toda la entrevista– posibles titulares. Sin embargo, tiene la gentileza de avisarnos que su respuesta “es un poquito más al choque”.
CR: Creo que nadie que lea el libro puede partirlo o partirnos. Puede haber y van a haber críticas al contenido y bienvenidas sean. Bacán que nos critiquen el contenido, bacán que todo lo que nos digan que pueda mejorar va a ser la raja, pero cualquier persona que sea lapidaria, probablemente es una persona que no lo haya leído, y frente a eso estoy súper despreocupado. Porque como que pensé en eso, pensé en alguien que no lo leyó, que vio el título, que vio sólo el índice y lo lapidó. No sé si valga tanto la pena enojarse o dedicarle emociones. Lo que es un poco más al choque es una frase que dice Jorge González, que creo que hace bien un poco en la vida mirarlo así. Cuando Jorge explicaba el “Corazones” y le decían “qué charcha lo que estái’ haciendo”, él les decía: “¿Y que estái haciendo tú?”. De repente, las críticas más lapidarias carecen de sustento y creo que no vale la pena calentarse la cabeza por eso. Nos van a hacer críticas lapidarias, nos van a tratar de lo peor, probablemente en las redes sociales, porque las redes sociales dan para eso. En esta era, uno tiene que estar claro con eso, sobre todo ahora que nuestro libro está teniendo una suerte de exposición, pero hay que saber discriminar.
Entrada la conversación, Cristofer revela un leitmotiv que nos sorprendió a todos: la búsqueda del factor estremecedor, de generar un impacto. Lo define como algo que “ha sido clave en toda mi vida”. Y con el libro, dice, “desde el primer día uno de mis objetivos fue generar ese impacto, que alguien se emocionara con el libro, que alguien dijera ‘loco, me siento representado por estos cuatro hueones porque pusieron una hueá que nadie pesca. Pusieron esa banda que nadie pesca o dijeron eso que nadie dice”.
Felipe da con un punto muy interesante. La validez del no músico para hablar de música y la empatía con el artista.
Ante la reflexión de Felipe “me parece la raja que lleguemos a estos puntos que pocas veces hablamos”, como elocuentemente lo dice Cristofer. El dilema del “hueón que no es músico y está escribiendo un libro de música”, continua. Y el análisis prosigue desde una opinión divergente.
“Creo que más que empatía, es un libro con mucho amor. Nosotros no hicimos esto para hablar bien de unos y mal de otros, al contrario. Todo lo que hablamos en el libro, pese a que esbozamos críticas a la industria, a la escena en algunos momentos, hablamos las cosas como más o menos creemos que fueron, aun así, el espíritu del libro es otro. El espíritu del libro siempre fue celebratorio. Siempre fue como súper amoroso. Incluso con los estelares que se han ganado todos los aplausos –y se lo merecen– y también con aquellos que no tuvieron esos aplausos ¿Por qué no lo tuvieron? No sé, pero nosotros se los vamos a dar.
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Uno de los aspectos importantes que se desprenden del análisis forense en el que nos estamos metiendo sobre lo que vamos a encontrar en el libro, es que crearon un relato con “la historia en caliente”. Cristofer nos indica que “es un libro sobre la historia moderna, nosotros estamos estudiando a vivos. No estamos hablando de la música del siglo XIX, estamos hablando de la música de los 90, de los 2000. Siempre es más fácil escribir sobre los muertos”.
Parte del proceso de elaboración del libro tuvo momentos –dentro de los cuatro años de arduo trabajo– en los que no pudieron huir del estancamiento propio de “enfrentarse a esa hoja en blanco”, como menciona César, en referencia a iniciar una crítica musical, una reseña o una columna como un símil a lo que hace un artista con una canción. En esos momentos de bloqueo, siempre se agradecen las inspiraciones. Y es lo que le pasó a Chacón.
– Me acuerdo que Gabriel una vez estaba estancado y se demoraba caleta en sacar los discos, y de repente le tocó escribir sobre Francisca Valenzuela. ¡Y lo sacó en una mañana!–, recuerda Cristofer.
– ¡Es el rock más rock, y desde un piano po’ hueón!–, retruca Gabriel.

Cuando uno lee el libro, el texto además de transmitir información, refleja la intención con la que fue escrito. Por esto, es que los autores no pierden oportunidad de repetir continuamente durante la entrevista que fue la pasión una constante compañera del proceso.
“Pocos libros de música te logran transmitir cosas desde el lado de los y las escritores. He leído pocos libros así. Uno lee a (David) Ponce, el “Prueba de Sonido” por ejemplo, y a pesar de que es un libro pesado para ir leyéndolo página por página, con el trabajo de investigación que hizo se nota que ama la música».
César Tudela
Sin embargo, Felipe no está muy de acuerdo con César: “Yo la verdad pienso un poco distinto, en el sentido de que creo que en todos los libros que se han escrito de música acá en Chile, la gran mayoría vienen de la pasión. Y claro, como no tienen este tono apreciativo que tuvimos que usar en las reseñas de los discos, no se nota de forma tan directa. Los otros libros no están diciendo necesariamente lo bacanes que son los discos, como nosotros lo estamos haciendo aquí, pero escribir de música en Chile es algo que requiere amor por la huevá. No hay otra lectura para eso”.
“De hecho pensando en otros escritores que nosotros citamos en el libro, pienso en Marisol García, Fabio Salas y Emiliano Aguayo, que son tres autores que han recibido muchas críticas por diferentes razones profesionales a sus libros. Muy buenos libros todos, grandes aportes, pero también con flancos que se les pueden criticar. Pero nadie puede decir que no son libros apasionados, y frente a eso no te dan ganas ni de criticarlos, porque son súper corajudos, en su origen, en su redacción”.
Cristofer Rodríguez
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Cuando tienes la posibilidad de leer el libro, se nota que los quiebres que pueden presentarse desde la lectura los ofrecen los discos y no sus autores. Las épocas desde las que se debieron remontar en función de la investigación realizada y no necesariamente la firma de cada uno en cada texto. Esto se debe a que las diferencias disciplinarias e individuales de sus autores fueron –de una manera absolutamente exploratoria, como concuerdan todos– diseñando un discurso y una voz única.
Los duros procesos de edición a los que se sometieron entre ellos mismos derivaron en la construcción de un diálogo común que el lector sabrá agradecer, y que les permite, además de entregarse la responsabilidad de hablar con la prensa de manera aleatoria, poder defender sus posturas no desde el trabajo que cada uno hizo, sino como un colectivo.
Con base a esto último surgen dos anécdotas: la primera fue la experiencia que vivieron Cristofer y Gabriel ante el formato de entrevista que les propuso The Clinic, en el que las respuestas a las preguntas fueron a través de un archivo compartido. Ambos tomaron las preguntas y las contestaron de manera independiente, pero a la hora de juntarlas se dieron cuenta de que estaban respondiendo lo mismo “con acentos diferentes, pero nunca contradictorios. Tenían la misma idea de fondo, eran súper complementarios”, cuentan.
La segunda anécdota tuvo que ver con la abstracción inicial a la que se quisieron someter desde evitar el protagonismo en la autoría. César nos cuenta que el proceso fue “con cero ego. Sé de las discusiones que se dan en el ámbito académico y en otras disciplinas, por el orden de aparición de los autores. Cuando nos tocó hablar de eso, para nosotros fue aparecer en orden alfabético no más. Y esa fue toda la discusión”.
– De hecho, en un momento, nos planteamos incluso la idea de que no aparecieran nuestros nombres. Y estuvimos de acuerdo en eso. Estuvimos más de un año con esa idea. Queríamos ser como una especie de…
– ¡Banda!–, interrumpe entre risas Felipe a Gabriel.
Ahí es donde apareció la idea de llamarse “Colectivo Mueble” para firmar el libro. Sin embargo, el grupo de Whatsapp desde donde se comunican lleva por nombre Club del Mueble.
En el origen de ese grupo de Whatsapp, Cristofer relata que no tenía idea de quién lo había agregado al inicio. La pregunta que vino fue “¿por qué le pusieron Club del Mueble?”. La respuesta a esta pregunta es la médula de este particular grupo de trabajo. Un hecho que desde la necesidad –»en tiempos de vacas flacas», como menciona Tudela– se erigió como un objeto que no sólo los reunió como grupo, sino que también –sin quererlo– reúne una carga simbólica profunda.
– Un rasgo que nosotros teníamos en común es que César había construido el mueble de discos de cada uno. Incluyendo el de él mismo–, relata Felipe.
– (El de César) Fue el primero, el prototipo. Y todos nosotros, por separado en algún momento dijimos “¡Oh, la zorra! Quiero tener ese mismo mueble–, continua Gabriel.
– De lo que nosotros estamos hablando finalmente es sobre discos, y ese elemento que teníamos nosotros en común, sin que nos conociéramos entre los cuatro, aparte de que César nos conocía a todos, era ese, que es un lugar súper importante para cada uno de nosotros, donde ponemos nuestra colección de discos, que son por lejos la hueá material más importante que tenemos, y el mueble se convierte en ese sentido en un lugar, en un espacio super significativo y que tiene que ver con el libro y con lo que hacemos. De hecho, la foto del Whatsapp históricamente fue la foto del mueble y solo se reemplazó cuando llegó la portada del libro–, reflexiona Cristofer.
El gusto por el rock chileno como razón de unión. Melómanos, coleccionistas y fanáticos del rock nacional. Esa aceptación de que no hay ventajas por la cercanía temporal con lo descrito, y que incluso puede haber en un futuro mejores libros con mayor perspectiva, pero que en definitiva contarán otra historia, no esta. La continua muletilla de hablar sobre un disco en lugar de un libro, cual banda de rock que, desde cada una de las 446 páginas que lo componen, saldrán al escenario este viernes 29 de enero en su lanzamiento.

Fue más o menos así, con varias piscolas en el cuerpo, discusiones y giros de muchísimos discos, como se fue construyendo un poco más que sólo un libro celebratorio como lo definen, sino un equipo de trabajo que continua y continuará hablando de música. Más vale, arqueólogos del futuro, que les sigan la huella.



[…] dos discos suyos –el ya mencionado más Bello Barrio (1987)– fueron incluidos en el libro 200 Discos de Rock Chileno (2020, Ocho Libros). En 2017 obtuvo su primer premio literario en la categoría Escrituras de la […]