Opinión

¿Y qué alternativa real ofrecen los horrorizados con el proceso constituyente chileno?

¿Qué otra alternativa real hay? ¿La que escribió el gobierno de Bachelet a la rápida por cumplir con una de sus ofertas de campaña? Lo dudo. La seriedad no debe sólo ser impuesta desde el palco de los horrorizados. También debe ser aplicada.

Estamos, como lo hemos repetido en todo espacio en el que se puede dar una opinión, en un momento bastante importante para la institucionalidad chilena. Pretendemos construir una nueva lógica que pueda darle cauce a lo que colapsó. No es poca cosa no sólo por el desafío que significa una instancia como la Convención Constitucional, sino porque vivimos una época en que las palabras, lo que quieren decir y lo que realmente dicen, no tienen relación.

Si bien buscamos salir de los eufemismos de la transición y sus reflujos, vale la pena preguntarse si es que todo lo que pensamos y en lo que insistimos hoy es lo que realmente le dará fuerza a una estructura política que pueda representar a todos. En eso consiste una Constitución, entre otras cosas, en crear un relato en el que lo que se dice al menos sea sustentado por un relato que haga sentido, que convoque, que garantice certezas no sólo materiales, sino también retóricas.

Esa es la labor, más allá de lo que se establezca como régimen político: poder erigir una historia futura en la que todos seamos personajes principales, para así poder seguir sosteniendo fervientemente esa ficción tan necesaria llamada democracia.

Según encuestas, unas bastante interesadas en instalar la sensación de fracaso, debido a ciertos problemas puntuales el rechazo a la nueva Constitución, sin que haya aún una propuesta concreta, estaría aumentando. Todos los gustitos retóricos de unos y las ganas de que esto no resulte de otros, serían lo que estaría provocando que no haya tanta conformidad con lo que está pasando en la Convención Constitucional. Y tal vez tiene que ver precisamente, si es que creemos todos esos datos, con que no se ha logrado construir ese relato que guíe los próximos cuarenta años.

¿A qué podría deberse esto? Tal vez tiene que ver con errores conceptuales, con miradas bastante poco procesadas sobre lo que es el futuro, más allá de las pequeñas o grandes reivindicaciones de cada grupo, cada cultura, cada patria personal, que es en lo que se ha transformado el cuerpo.

Sin embargo, hay que hacerse una pregunta que nadie se está haciendo y es: ¿qué pasa si no se aprueba? ¿En qué quedaríamos? ¿Puede resistir lo que ya explotó y hacer como si nada? ¿Puede un país jugar a que las explosiones sociales pasan y no dejan rastro alguno? Es complejo. Nos guste o no nos guste, la Convención es un proyecto necesario para no entrampar al trayecto vital de Chile en una casa que ya no le queda cómoda.

Es irresponsable mirar el debate que se da dentro de ella sólo como algo que nunca debió pasar. Observar con espanto el proceso, desde un comienzo, ha motivado también a hacer lo opuesto a lo que el discurso oficial del orden indica. La lucha por la revancha o la vendetta comenzó, entre otras cosas, por la poca disposición de quienes se negaban a aceptar que era importante caminar hacia otro estado, hacia otra fase en la historia democrática chilena.

Con esto claramente no pretendo justificar los desvaríos ideológicos, ni nada parecido. Pero sí vale la pena oler el ambiente hostil. Cabe detenerse en quienes no entienden la necesidad histórica de que haya una nueva cancha en la que se desarrolle el juego democrático.

Insisto: ¿qué otra alternativa real hay? ¿La que escribió el gobierno de Bachelet a la rápida por cumplir con una de sus ofertas de campaña? Lo dudo. La seriedad no debe sólo ser impuesta desde el palco de los horrorizados. También debe ser aplicada.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Francisco Méndez
Sobre la autora / el autor
Francisco Méndez
Analista Político.
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