Tere Marinovic, la constituyente que nunca quiso serlo
Pensó que la única manera de representar su molestia de manera institucional era ser una piedra en el zapato. Y lo ha sido. No ha aportado en nada, sino que se ha dedicado a ser la alumna acusete en un proceso en el que no cree.
Agencia Uno
En un punto de prensa en la Convención Constitucional, la constituyente Teresa Marinovic, al parecer molesta por una decisión del Pleno, insultó a la instancia y a sus miembros con un tono jocoso, como haciendo una travesura. Lo hizo con su eterna cara de aburrimiento, de no querer estar donde está, como si haber postulado al cargo que hoy ejerce haya sido una mala idea después de una noche regada de vinos y otros licores.
Marinovic, más que ser esa defensora de la libertad que ella y sus seguidores creen que es, parece una señora con mucho tiempo libre; alguien que no sabía qué hacer en su casa y, de pronto, pensó que la única manera de representar su molestia de manera institucional era ser una piedra en el zapato. Y lo ha sido. No ha aportado en nada, sino que se ha dedicado a ser la alumna acusete en un proceso en el que no cree.
Ha hecho lo posible para que el trabajo que se ha hecho adentro (y que, convengamos, últimamente ha demostrado cierta impericia intelectual de muchos de quienes dicen pertenecer al progresismo) no resulte. No ha propuesto ninguna idea lo suficientemente inteligente, no ha trabajado por lograr acuerdos de ninguna especie, ni menos combatir con astucia lo que cree errado.
Ella solo quiere mostrarse molesta, burlarse, tener pequeños conatos con otros constituyentes para compartirlos en su cuenta de Twitter y ser aplaudida por un grupo de personas que quieren que esto fracase, no tenga éxito, hagamos como si no pasó nada, y poder volver a su casa y buscar otra cosa en la que entretenerse.

Si la constituyente funciona, a Marinovic se la acaba el personaje; si esta instancia logra representar incluso a quienes votaron por ella, la “filósofa” pierde toda gracia. Por lo tanto, pareciera que presentó su candidatura para defender su posición en ciertos medios, para tener algo que decir; para que no se le acabara la “gallina de los huevos de oro”, como se dice comúnmente.
Y tal vez lo más tragicómico de todo esto, es que disfraza todo su aburrimiento y deseos de figurar, como la defensa de ideas, de formas de sociedad, cuando lo que quiere es que no la molesten a ella y al orden en el que cree. Es similar a la figura del tipo que sale con escopeta a defender su fundo, su metro cuadrado, y adorna su prepotencia con ciertas ideas que hagan sostenible su actitud. Algunos le llaman “sentido común”.
Si bien hemos sido testigos de graves errores conceptuales y caprichos de transformar ciertos antojos retóricos en ley, esto no se compara con la irresponsabilidad de entrar a formar parte de un proceso tan importante en la historia nacional para solamente evitar que éste prospere, ni siquiera por un bien superior, aunque diga que sí; sino por el placer de joder, de molestar, de decir que se tenía la razón.
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