No, la caída de La Lista del Pueblo no deslegitima la Convención
Foto: Agencia Uno
¿Pero puede esto negar la legitimidad de la Convención? ¿Puede Rodrigo Rojas Vade ser su sepulturero? Según los órganos interesados en que esto no funcione, claramente. Sin embargo, un proceso de tamaña importancia no debe ser medido según los caprichos de un par de dueños de medios, ni menos por encuestas que aparecen interesadamente en días clave para marcar el “pulso de la semana”
La pregunta que circula por ciertos medios es cuánta legitimidad tiene hoy la Convención Constitucional después de revelada la mentira de Rodrigo Rojas Vade. Es una pregunta interesada, por su puesto. No es ingenua porque el periodismo, sea del lado que sea, hace política, instala dudas, interrogantes, y muchas veces sensaciones ambiente. Es su objetivo real, aunque sus exponentes repitan una y otra vez que su motor sea la libre expresión.
Apelar a la libertad de informar, de contar historias, resulta extremadamente romántico. Los periodistas creen ser los defensores de la ciudadanía. Los guardianes de la pluralidad, de la necesidad de llegar a todas las casas con la información urgente. Sin embargo, no es más que un discurso autocomplaciente. Una manera de buscar heroísmo en días en que todos, sin excepción, quieren ser héroes.
Negar que hay quienes quieren que la Convención Constitucional no funcione, sería iluso. Una instancia como esta en un país en que la idea de eficacia en el trabajo está fundamentalmente ligada al ejercicio privado, mirando lo público con desdén, es fácil que vaya provocando suspicacia. Noticias relacionadas a asignaciones, platas más y platas menos, son observadas con sospecha por una ciudadanía que, independientemente de las ideas políticas que diga profesar, está permeada intensamente por la cultura del funcionarillo, manifestando un desprecio por el real ejercicio de lo democrático.
Con esta mirada profundamente ideológica colabora un sector de la asamblea que creyó no ser todo lo que, en el fondo, sería. Una pureza discursiva y nutrida por el convencimiento casi religioso de que se era la savia nueva de un cambio moral profundo, no ayuda mucho a que las caídas sean menos estruendosas. Y vaya que han sonado fuerte las que han tenido en La Lista del Pueblo. El ruido de sus derrumbes ha sido ensordecedor sobre todo para sus miembros, o quienes ya no lo son, ya que fueron los principales embaucados con sus propias historias.
¿Pero puede esto negar la legitimidad de la Convención? ¿Puede Rodrigo Rojas Vade ser su sepulturero? Según los órganos interesados en que esto no funcione, claramente. Sin embargo, un proceso de tamaña importancia no debe ser medido según los caprichos de un par de dueños de medios, ni menos por encuestas que aparecen interesadamente en días clave para marcar el “pulso de la semana”.
¿Por qué? Debido a que por más que se intenten desprestigiar las formas y los tiempos de construcción de algo que no tenía ni siquiera precedentes históricos, hay una institucionalidad vigente que ya no puede contener lo que está ahí, palpitante, quizás más silencioso que hace un tiempo atrás, pero no por eso menos vivo.
Creer que una vez caídos ciertos integrantes (o exintegrantes) de La Lista del Pueblo la urgencia de la regeneración de instituciones y lógicas se acabó, es haber pensado que la explosión de octubre de 2019 solo descansaba sobre vistosos personajes que escenificaron cosas que nunca padecieron. Cuestión que, digámoslo, insulta la inteligencia y la mínima observación crítica acerca de lo sucedido en estos convulsionados tiempos. Lo que viene pasando hace casi dos años en Chile es el resultado de la invisibilización de las controversias del pasado. Y aquello no termina de un día para otro. No es una moda por mucho que algunos lo quieran ver así. La ruptura de los andamios de un relato que crujió por décadas no puede parcharse. No hay vuelta atrás.
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Cada vez que veo una columna de este autor recuerdo su columna de dos días antes del estallido en El Desconcierto donde aludía al ofertón del Ministro Fontaine cuando llamaba a levantarse más temprano para viajar en metro al trabajo y agregaba:
«Entonces, ¿no es esto de no pagar pasaje, aplicar esa lógica, ya que los menores de edad que la han llevado a cabo, no tienen mucho que perder, pero sí mucho que ganar en el momento de la euforia, al contrario de sus padres? Se ve como algo valiente, pero no hay riesgos reales, sino un cálculo enmarcado en la ideología citada.
Esta manifestación no parece ser un reclamo ante las falencias de lo público en un sistema, como el nuestro, donde no hay ni la más mínima seguridad. Parece más bien una acción que no tendrá mayores costos para la autoridad, más allá de aplicar alguna medida para que no siga pasando». (https://www.eldesconcierto.cl/opinion/2019/10/16/evasion-masiva-una-rebeldia-de-consumidores.html)
Es decir, la versión progre/socialdemócrata del «cabros, esto no prendió».
Qué mal envejecen ciertos textos, ¿cierto?