Opinión

¿Tenemos miedo, torero?

Tengo miedo de que la cultura comience a morir lentamente sin que nos demos cuenta. De que dejemos de valorar a quienes hacen teatro porque asumimos que siempre habrá alguien dispuesto a hacerlo, independiente si es rentable o no. De que las historias chilenas dejen de circular y la memoria quede solamente en los libros de historia, si es que no son reemplazados.

Han pasado 21 años desde que La Loca del Frente pisó por primera vez un escenario. 21 años desde que Tengo miedo torero, la única novela de Pedro Lemebel, encontró una segunda vida sobre las tablas. Y aunque 21 años pueden sonar como una eternidad, su regreso esta semana al Teatro Nescafé de las Artes no pasó desapercibido. Las funciones del 2 al 5 de septiembre se agotaron.

Y quizás ahí hay algo que vale la pena mirar con atención.

Porque volver a montar Tengo miedo torero en septiembre, en Chile, no parece una coincidencia. Es un mes en que inevitablemente aparecen recuerdos, conversaciones y heridas políticas que todavía forman parte de nuestra memoria colectiva. Y en medio de todo eso aparece esta historia que Lemebel escribió desde un lugar aparentemente imposible: el amor, el deseo y la ternura en medio del miedo y la represión.

La obra dura casi dos horas y mantiene al público atento entre risas, caos, tensión y sobre todo, el amor desbordado de La Loca del Frente por su tan amado Carlos.

La historia comienza al ritmo de una canción de Sara Montiel, instalando inmediatamente ese universo nostálgico y profundamente lemebeliano. Desde ahí comienza una adaptación que no intenta competir con la imaginación del libro, sino darle cuerpo y alma propia.

La adaptación y dirección están a cargo de Claudia Pérez, quien junto a Rodrigo Muñoz llevan años vinculados a las obras de Lemebel. Tengo miedo torero fue, de hecho, uno de los trabajos en los que Lemebel estuvo directamente vinculado al proceso teatral hace 21 años.

Y aquí aparece uno de los grandes desafíos: darle vida a La Loca del Frente.

José Luis Aguilera Minaya asume ese personaje y desde mi perspectiva, hay algo especialmente difícil en interpretarlo. La Loca no es simplemente un personaje extravagante, tiene mucho de Lemebel, de su lenguaje, de su sensibilidad y de esa forma tan particular de mirar la marginalidad, el deseo y la política. Y hacerlo en vivo es todavía más complejo.

Creo que ahí está precisamente una de las maravillas del teatro.

No necesitas una escenografía gigantesca para construir todo aquello que imaginaste leyendo el libro. En escena hay solo dos autos, uno rojo y otro gris, ubicados en los extremos del escenario. Una casa en el centro que gira según las escenas, visuales que incluso muestran imágenes reales, y un elenco que va transformando el espacio son suficientes para construir todo un Santiago.

Porque el teatro tiene esa capacidad, con muy poco puede hacernos imaginar muchísimo.

Por otro lado la música, con la voz de Manuel García, acompaña esa transformación y la voz de Sergio Campos aparece desde la radio, convirtiéndose casi en otro personaje para darle vida a la famosa Radio Cooperativa. Son sonidos, voces y elementos que no están ahí solamente para ambientar, sino para trasladarnos a un momento específico de Chile.

Tengo miedo torero está situada en Santiago durante 1986, alrededor del atentado contra Augusto Pinochet. Pero lo interesante es que Lemebel no cuenta ese período únicamente desde la política: lo hace desde varios frentes. Mientras alrededor todo está marcado por la violencia y la incertidumbre, también hay espacio para una canción, un mantel y un amor imposible.

Y quizás esa sea una de las mayores virtudes de la historia, recordarnos que la historia política también está hecha de historias íntimas.

En escena aparecen hechos que quienes conocen el libro reconocerán. El allanamiento, las armas, la presencia un poco cómica de Lucía Hiriart. Incluso hay espacio para el humor y para esa mirada única que Lemebel utilizaba para enfrentarse a personajes y símbolos del poder, pero no contaré mucho más.

Primero, porque no quiero hacer spoilers y, segundo, porque después de ver que las funciones se agotaron en pocos días, me gustaría pensar que existe la posibilidad de una nueva temporada. Y si eso ocurre, ojalá el público responda nuevamente con la misma energía y no solo por ser septiembre.

Porque una obra como esta merece circular.

Como Periodista y Gestora Cultural, hay algo que me cuesta dejar de pensar mientras veía Tengo miedo torero, la cantidad de personas que hacen posible que esto ocurra.

Aquí varios integrantes del elenco, como el reconocido Otilio Castro y Daniela Gala, entre otros, asumen más de un personaje. Pero esa multifuncionalidad no termina sobre el escenario. Se repite constantemente en el teatro chileno, artistas que actúan, producen, gestionan, buscan financiamiento, montan, desmontan, piensan la circulación, las comunicaciones y muchas veces también hacen la difusión.

Un trabajador de la cultura termina siendo, literalmente, un equipo completo. Y eso habla de la precariedad del ecosistema, pero también de su enorme capacidad de resistencia.

Porque podemos ver una sala llena y aun así saber que llenar una sala cuatro noches no necesariamente significa que una compañía pueda vivir de esto durante todo el año.

Ahí aparece una pregunta que quizás incomoda más: ¿Cómo construimos públicos para el teatro?

No basta con producir buenas obras. Necesitamos que las personas conozcan el teatro, que tengan acceso, que sepan dónde mirar, que encuentren precios que puedan pagar y, sobre todo, que desarrollen desde pequeños el hábito de asistir.

Y eso se vuelve particularmente difícil cuando la economía aprieta. ¿Quién va a querer ir al teatro todas las semanas cuando hay otras cosas que pagar? Pero también aparece la otra pregunta: ¿Cómo vamos a querer ver algo que no conocemos?

Por eso la formación de públicos no debería ser un concepto reservado solo para quienes trabajan en cultura. Debería ser parte de la educación, incluso desde la básica.

Y aquí me pregunto algo que probablemente genere más de una discusión: ¿Actualmente se lee Tengo miedo torero en los colegios?

Porque sería interesante que así fuera. Recuerdo que mi prima fue quien me prestó el libro en la media, porque en el liceo se lo habían dado para leer. Y aunque probablemente aparecerían quienes dirían que es un libro “político”, que puede influenciar a los estudiantes o en esa caricatura absurda que todavía aparece cada cierto tiempo, que leer sobre homosexualidad o revolución podría convertir mágicamente a alguien en gay o revolucionario.

Y quizás el problema está precisamente ahí, en creer que acercar a los jóvenes a una obra es decirles qué pensar, cuando debería ser exactamente lo contrario.

Leer a Lemebel no significa pensar como Lemebel. Significa encontrarse con una voz, con una época, con una forma de entender Chile y sobre todo, abrir una conversación.

Y si esa lectura provoca preguntas, mejor todavía.

Más preguntas, más conversación, más libros que nos incomoden, más obras que nos obliguen a mirar aquello que preferimos dejar debajo de la alfombra y, también, más cultura chilena.

Porque si leyéramos más Tengo miedo torero, quizás existiría naturalmente más interés por ver su película, conocer su adaptación teatral y volver a encontrarnos con La Loca del Frente y su amado Carlos.

Y quizás no tendríamos que esperar 21 años para que esta historia volviera a pisar un escenario.

No porque todas las obras tengan que convertirse en patrimonio, sino porque algunas historias consiguen algo mucho más importante: instalarse en la memoria de un país.

Y ahí es donde me pregunto: ¿por qué tenemos tan incorporado volver a ver musicales de ABBA, conciertos de artistas internacionales que vienen todos los años o espectáculos que se repiten siempre, pero todavía nos cuesta construir esa misma tradición alrededor de nuestras propias historias?

¿Dónde queda lo nuestro? ¿Dónde queda nuestra memoria colectiva contada desde el amor, el humor, el deseo y también desde la revolución?

Creo que el teatro tiene mucho que aportar en esa respuesta. Porque ver teatro no es lo mismo que ver una película. Hay algo físico en estar frente a un escenario, la respiración, los silencios, los errores, las risas del público, la energía de una escena que sucede una sola vez e incluso algo tan loco como el olor a teatro, que particularmente sí existe.

El teatro nos recuerda que detrás de una obra hay personas. Personas que ensayaron durante meses, memorizaron textos, montaron escenografías y resolvieron problemas que probablemente nunca veremos.

Y después, cuando termina la función, salen a recibir aplausos que quizás para quienes estamos sentados son solo unos minutos de reconocimiento, pero para quienes están sobre el escenario pueden ser la confirmación de que todo salió bien.

Recuerdo particularmente una de las últimas frases de Mario Ocampo, quien interpreta a Carlos en la obra actual. Cuando ambos personajes se encuentran en Laguna Verde, con la visual de la playa sobre la casa girada de La Loca, aparece esa pregunta que atraviesa toda la historia: “¿Tienes miedo, torero?”.

Y mientras veía la obra pensé que quizás esa pregunta no pertenece solamente a La Loca. Quizás también nos pertenece a nosotros.

¿Tenemos miedo? Yo sí.

Tengo miedo de que la cultura comience a morir lentamente sin que nos demos cuenta. De que dejemos de valorar a quienes hacen teatro porque asumimos que siempre habrá alguien dispuesto a hacerlo, independiente si es rentable o no. De que las historias chilenas dejen de circular y la memoria quede solamente en los libros de historia, si es que no son reemplazados.

Y, sobre todo, tengo miedo de que dejemos de ir al teatro.

Porque cada vez que voy a una obra, y aunque suene loco, termino soltando unas cuantas lágrimas. Y no necesariamente me emociono por lo que ocurre sobre el escenario, sino cuando pienso en todo lo que tuvo que pasar para que esa historia estuviera ahí. Las personas que la hicieron posible, los meses de ensayo, las dificultades de producir teatro en Chile y los actores que, durante casi dos horas, consiguen que cientos de personas creen un mundo en sus mentes que antes no existía.

Y cuando termina la función, cuando los aplausos no paran y el elenco tiene que volver una y otra vez al escenario, hay algo que se entiende sin necesidad de decirlo: todo salió bien.

Quizás por eso me parece tan maravilloso ir al teatro. Porque durante un par de horas podemos volver a sentir, recordar, cuestionarnos y hasta reírnos de nuestra propia historia.

Y me imagino que la emoción de que esta historia siga en escena será la misma que sintió José Luis Aguilera Minaya, quien después de volverse La Loca del Frente durante casi dos horas, amando a Carlos en el escenario del Nescafé, terminó agradeciendo a su familia por haber ido a verlo. Y eso, para mí, resume toda el alma que hay detrás del teatro chileno, muchas historias que todavía tenemos por contar.

Ojalá no tengamos que esperar otros 21 años para volver a verlas en escena.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

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