Opinión

La errata del informe mundial sobre las drogas

La crisis de opioides en Estados Unidos y Canadá debería haber pulverizado para siempre la fantasía de una frontera limpia entre medicamento y droga. No nació en el mundo “ilegal”. Su genealogía remite también a la prescripción médica, al marketing farmacéutico, a la expansión de opioides legales y a la administración mercantil del dolor.

Comentarios sobre una fisura del diagnóstico: la ausencia de los medicamentos, doble autorizado de las drogas.

El Informe Mundial sobre las Drogas 2026 de Naciones Unidas confirma una evidencia incómoda: los mercados de sustancias ya no caben en las categorías morales del siglo XX. La Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) advierte que estos mercados se transforman por la tecnología, la inestabilidad, la emergencia de nuevas sustancias y la diversificación de rutas y métodos de circulación.[1] Pero ahí aparece la errata. Seguir hablando solo de “drogas” es una manera elegante de no mirar su reverso autorizado: medicamentos, laboratorios, patentes, recetas, marketing médico, precursores y regulación desigual.

La corrección debería ser mínima e insoportable: donde dice Informe Mundial sobre las Drogas 2026, debería decir Informe Mundial sobre Drogas y Medicamentos. La frontera entre ambas no es natural, ni química, ni evidente. Es jurídica, económica, colonial y política. Una sustancia puede circular como promesa terapéutica cuando está protegida por patente, receta, laboratorio y cadena de valor; y reaparecer como amenaza cuando se desplaza hacia circuitos no autorizados. La molécula no cambia de alma. Cambia el régimen que la nombra, la autoriza, la vigila o la persigue.

La crisis de opioides en Estados Unidos y Canadá debería haber pulverizado para siempre la fantasía de una frontera limpia entre medicamento y droga. No nació en el mundo “ilegal”. Su genealogía remite también a la prescripción médica, al marketing farmacéutico, a la expansión de opioides legales y a la administración mercantil del dolor.

Durante años, una parte de esa maquinaria circuló vestida de alivio y normalidad clínica. Lo que empezó como tratamiento terminó como epidemia; lo que se ofreció como gestión del dolor terminó organizando dependencia, muerte y catástrofe sanitaria.

Las cifras no admiten romanticismo. En Estados Unidos, los registros provisionales de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) siguen mostrando decenas de miles de muertes anuales por sobredosis, con los opioides sintéticos, incluido el fentanilo, en un lugar de la catástrofe reciente.[2] En Canadá, las autoridades reportan 56.631 muertes aparentes por toxicidad opioide entre enero de 2016 y diciembre de 2025; solo en 2025 se informaron 5.630 muertes, y el 56% involucró fentanilo.[3] No hablamos de una desviación marginal ni de una falla policial. Hablamos de una economía de sustancias, clasificaciones, mercados y daños.

La pseudoefedrina ofrece una escena perfecta: una sustancia banal, destinada a aliviar la congestión nasal, convertida al mismo tiempo en objeto de vigilancia, sospecha y control internacional. ¿Cuál es la razón médica de su existencia legal? La respuesta es ridículamente banal: la nariz tapada. Un dispositivo entero de laboratorios, cadenas logísticas, regulaciones, farmacias, aduanas y registros opera para que el sujeto congestionado pueda respirar durante unas horas. La pseudoefedrina alivia la congestión nasal asociada a resfríos, alergias o fiebre del heno; no cura la causa de los síntomas ni acelera la recuperación.[4] No promete salvación. No derrota la alergia. Administra, por un breve lapso, una incomodidad respiratoria.

Pero en esa banalidad está el escándalo. La misma sustancia que aparece en el estante farmacéutico como alivio cotidiano puede reaparecer, bajo otra economía de circulación, como precursor químico de la metanfetamina. La Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA) lo formula sin dramatismo: la pseudoefedrina está presente en productos con y sin receta para aliviar la congestión nasal o sinusal, pero también puede utilizarse ilegalmente para producir metanfetamina; por eso su venta se restringe, se desplaza detrás del mostrador y exige registros.[5] No cambió la sustancia. Cambió la escena de legitimación.

Ese es el chiste obsceno del orden farmacopolítico: la modernidad que ofrece un descongestionante para respirar mejor debe construir, al lado, un aparato de control para impedir que ese descongestionante respire demasiado fuera de la zona autorizada. La pseudoefedrina no es una anomalía. Es una lección condensada. Muestra que medicamento y droga no son dos mundos separados, sino dos destinos posibles de una misma economía química.

Por eso la escala del problema no puede reducirse al microtráfico. La pregunta se desplaza hacia los laboratorios, los precursores químicos, las patentes, los mercados farmacéuticos, las regulaciones internacionales, las prohibiciones selectivas y las formas desiguales de administrar el daño. El sistema produce sustancias, produce clasificaciones y luego finge escandalizarse ante los efectos de aquello que ayudó a fabricar.

Desde la crítica de la economía política sabemos que no existe economía legal pura.[6] La legalidad no vive separada de sus zonas oscuras: se constituye junto a ellas. El capitalismo histórico ha necesitado colonias, mercancías sucias, cuerpos sacrificables, rutas clandestinas, extracción, contrabando, violencia y regulación diferencial. La economía ilegal no es simplemente el afuera monstruoso de la economía legal. Muchas veces es su doble funcional: su reverso nocturno, su subcontrato obsceno, su modo de externalizar aquello que luego denuncia.

Insistir, en pleno siglo XXI, en una partición discreta entre drogas y medicamentos, entre economía legal e ilegal, entre farmacia y calle, no es ingenuidad técnica. Es una operación ideológica. Aquello que circula bajo patente se llama medicamento; aquello que circula por fuera del circuito autorizado se llama droga. Aquello que enriquece a la industria se llama innovación; aquello que enriquece a otros actores se llama crimen. Aquello que mata con receta se administra como crisis sanitaria; aquello que mata sin receta se administra como guerra.

El verdadero informe mundial pendiente no es solo sobre drogas. Es sobre el régimen que distribuye el derecho diferencial de las sustancias a curar, circular, enriquecer, intoxicar o matar. Mientras esa pregunta no sea central, seguiremos produciendo informes rigurosos pero incompletos; mapas precisos pero políticamente tímidos; diagnósticos que describen la mutación de los mercados sin tocar el corazón del asunto.

La errata no es un detalle editorial. Es el síntoma de una ceguera política: seguimos tratando las drogas como si no compartieran historia, tecnologías, mercados y dispositivos de legitimación con los medicamentos. La distinción existe, pero no es natural ni inocente. Es una frontera administrada. Y mientras esa frontera no sea interrogada, un informe sobre drogas seguirá describiendo una mitad del problema y dejando en sombra su doble autorizado.

Referencias para edición y fact-checking

  • Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC). (2026). World Drug Report 2026: Global drug markets transforming rapidly as technology, novel drug types and instability present traffickers with new opportunities. United Nations Office on Drugs and Crime.
  • Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), National Center for Health Statistics. (2026). Provisional Drug Overdose Death Counts.
  • Gobierno de Canadá. (2026). Opioid- and Stimulant-related Harms in Canada: Key findings.
  • U.S. National Library of Medicine, MedlinePlus. (2026). Pseudoephedrine: Drug information.
  • Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA). (2024). Legal requirements for the sale and purchase of drug products containing pseudoephedrine, ephedrine, and phenylpropanolamine.
  • Marx, K. (1867/2008). El capital. Crítica de la economía política. Siglo XXI Editores.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Sobre la autora / el autor
Mauricio Sepúlveda Galeas
Doctor en Antropología Médica. Experto en política de drogas, reducción de riesgos y daños

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