Crítica Literaria

Cabalgando el exceso: Sobre «No-literal, ensayos de filosofía en órbita», de Javier Agüero Águila (Editorial Deriva, 2025)

“Imposible explicarlo. 
Se alejaba poco a poco de aquella zona 
donde las cosas tienen forma fija y aristas, 
donde todo tiene un nombre sólido e inmutable”.
(Lispector, C. “Cerca del corazón salvaje” en Novelas I, p. 135)

Un viento arrasa, no se detiene, no destruye de una vez, pero erosiona, deja marcas, agrieta. Ante ese viento sempiterno no queda otra que la repetición, que aprender el papel que a cada uno le toca en cuestión y no mucho más. Entonces, se trata de repetir, de volver lo cotidiano una repetición de la repetición. No dejar resquicio para sacar la cabeza a la superficie y pensar en lo que repetimos. Eso es bueno. O así parece que lo creemos la mayor parte del tiempo. Pero la repetición no desconoce lo excesivo, sino que simplemente trata de ocultarlo. Tal vez Béla Tarr con su película El caballo de Turín nos incite a eso, aunque se centre en la repetición pura y simple, allí anida también el exceso. Tal vez, sea necesario pensarse, detenerse, continuar, desviar para percibir el exceso. O, tal vez, haya que cabalgar el caballo nietzscheano sin domarlo, solo siendo un jinete inexperto en la inmensidad que nos provee lo excesivo. Sobre algo de eso se escribe en estas líneas.  

Algo bordea, se bordea a sí mismo, desborda y también se queda dentro de los bordes. Un ensayo ensaya no caer en la literalidad. Excederla, aunque no excediéndose. Tal vez, el ensayo esté regido por el exceso, por la falta de delimitación, por el impulso creativo. Quizá, un ensayo rapte a la libertad que tanto se sustrae en el academicismo al que no podemos dejar de pertenecer, pero del que siempre estamos buscando salirnos. Pero el ensayo brinda un resquicio —quizá leve, pero resquicio al fin— a toda esa enorme y precisa maquinaria académica. Intersticio no anhelado ni necesitado por todos, solo por algunos, cada vez menos. Pero ese anhelo y necesidad en Javier Agüero Águila se tornan urgencia, se convierten en fuego ante una búsqueda por encaminarse por nuevos senderos que solo adquieren sentido al transitarlos. Esta búsqueda podría traer más sinsabores que satisfacción, pero en el riesgo está esa sensación del exceder. Algo de eso estos ensayos saben entregar. Ensayar un ensayo que entregue el riesgo del exceso, eso en estos ensayos no deja de estar presente. Lo que tenemos en nuestras manos es eso, pero también más. Es un riesgo, sí. Un exceso, también. Por lo que no son para cualquiera, solo son para los que buscan eso. Esa aventura es asumida con Agüero Águila, que nos entrega, entregándose, estos ensayos para asomarnos al abismo. Puede que lo que veamos no nos agrade en ese abismo, pero solo podríamos distinguir lo que él [el abismo] tiene para nosotros si tomamos la mano y nos dejamos conducir por Agüero, que, por lo visto, es hábil en ese ejercicio vedado para muchos.

El exceso es hacia ambos lados: es dado y exigido, no habría exceso sin ese ida y vuelta entre quien lo lee y quien escribe. Pero es cierto que para que haya exceso debe haber límites, uno es la adhesión intransigente al hueso del tema, pero sin quitarle todo el gusto, para entregarnos a nosotros que continuemos, que nos movamos, que pensemos con él o contra él, lo mismo da. Por lo que este exceso se incrusta en los límites, ensaya exceder, excediéndolos. Ese exceso que se halla en un in nuce en el límite y que busca sofocarlo hasta hacerlo desaparecer, pero sin tener un éxito completo, ya que siempre algo escapa, algo excede. En ese incómodo —para muchos— (sin)sitio surfea Agüero con una ductilidad que se deja ver fácilmente en la (in)forma de los ensayos que componen los tres apartados (“Capital y mal de guerra”; “Hablar de mundo”; “Volver de la revuelta”) del libro. Delinean, a veces dentro y otras fuera. Un exceso desde dentro, que está en el interior y, a un mismo tiempo, en el exterior. O quizá mejor, esas categorías serían inútiles que porfiosamente busquemos aplicarlas aquí. Agüero Águila nos advierte sobre ello, ya que ni bien se abre el libro, nos topamos con una reflexión sobre el ensayo, sobre el ensayo que se ensayará en las páginas que componen el escrito. Se anticipa, prevé el cuestionamiento, se convierte en el lector del libro que está escribiendo, se excede. Está a un lado y al otro. Nos alerta, nos incomoda. Si esta última [la incomodidad] es muy grande, es aquí el punto del cual no se debería pasar, se debería parar en la página 20, abandonarlo todo allí, desecharlo y no seguir adelante. Si la porfía de leerlo hasta el final continúa, esta reseña solo cumple el papel de poner sobre aviso que nada allí será simple, que exceder el límite encontrándose con el exceso puede traer serias consecuencias, tal vez se deba consultar a su médico de confianza, porque después tal vez ya el exceso se habrá introducido en usted y tendrá que habitarlo o él lo dominará. Así lo anticipa Agüero Águila: “[e]ste es un texto palimpsesto, es decir, escritura sobre escritura, huella sobre huella en búsqueda de su inteligibilidad (o no)”. (p. 18) Esa palabra-ánima, que asecha y acecha toda escritura, la hostiga, la reclama y, al mismo tiempo, la posibilita. 

En esa tensión entre lo asible y la imposibilidad de poder abordar cuestiones como la guerra, la paz, el capital, el otro, se contornean las temáticas que nos atraviesan en la actualidad. En ese margen difuso, complejo y que todo lo fagocita, Javier Agüero Águila se mueve con destreza, nos ayuda e invita al cuestionamiento, al movimiento más allá de lo aparente, no porque más allá exista una verdad, sino porque hay otras “verdades”. Esa órbita de la que habla nos posiciona en la realidad y la urgencia de los problemas que ella nos espeta a la cara. Agüero no esquiva el bulto, se enfrenta a ellos y nos hace que los enfrentemos.

Tal vez en el exceder se tenga que errar solitariamente; destinerrancia, diría Derrida, se deba deambular por parajes yermos, escarpados, donde la soledad sea la única compañía. Mucho de eso se halla en el libro de Agüero, ojalá su soledad sea más tenue con esta lectura y líneas que acá, muy tímidamente, quieren hacerle compañía. “…la escritura es una tierra deshabitada que espera siempre por emerger o, en su reverso, por ser grieta; fisura por donde incluso lo delirante alcance algo así como sensualidad, sentido y, potencialmente, significación”. (p. 56) La vida, la muerte, el otro, también la errancia, el quizá, serían otros nombres del exceder, del poner un pie más allá, de llevar el exceso a sacudir lo establecido, lo conservado, en forzar, exigir, pero no en destruir. Ir más allá, sí. Sacudir el más acá, también. En ese flirteo, la escritura agüeriana no tiene desperdicio, no siempre conquista, no siempre se da de bruces al piso, pero en esa declaración de intenciones hace que uno se interese por ella.

La imposibilidad (aunque posibilitante) de rehuir a toda conceptualización, a toda petrificación es lo que interesa en el libro, es así como con aquel Octubre que no dejará de ser, que “…fue inédito y permanece inédito, irresuelto en su tersura acontecimental y sin concepto” (p. 152). La posibilidad siempre latente de lo por venir y su imposibilidad de clausura.

Herencia, sobrevida, política, inconsciente, descoincidencia, huellas, escritura, en síntesis: No literal La no literalidad es un exceso, ¿qué duda cabe? Es una entrada en lo excesivo que demanda esfuerzo, que incomoda, que hace que nuestros pies se lastimen, no es un sano ejercicio, hay que reconocerlo. Tiene sus riesgos, no son pocos. Pero ese exceder el exceso, esa no-literalidad es la que hace que uno se obnubile y no pueda desestimar la invitación, que “deba” leerlo como un deber que excede todo deber. Deba cuestionarlo, molestarse y pensar más allá de todo o pensar a secas. El páramo es menos tenebroso, menos intimidante, menos brutal, si se puede encontrar a lo lejos algunas lecturas no-literales, lecturas que exceden el exceso mismo. En ese exceso, tal vez, se pueda uno encontrar con Agüero desenfundando algún texto que nos aparte de la soledad del exceder. Tal vez. Sería un exceso de conservadurismo no intentarlo. 

Como si no fuera suficiente, excediendo el texto, por fuera y, a un mismo tiempo, dentro, se obsequia un posfacio de Nelly Richard, quien nunca ha dejado de pensar en los intersticios de la academia. De no estar claramente identificado, más allá de las diferencias escriturales, ese posfacio podría considerarse un ensayo más de Agüero por la lógica de los márgenes que se mantiene en él. Quizá, sea Agüero quien dicta al oído a Richard. Quizá, sea Richard quien susurra al oído de Agüero lo que allí, este último, transcribe. Quizá, sea una fundición de pensamiento, sin mezclarse, que busca ese anhelado intercambio que excede todo exceso. Un encuentro con el otro en la inmensa soledad que se aprecia en Béla Tarr en su Caballo de Turín, y en esa repetición sin fin de lo cotidiano. Quizá, ese salir al áspero paisaje desolado que no deja de ser azotado por el viento, tal vez, sea eso el exceso. Salir de la perenne repetición y afrontar el viento excesivo y constante en un mundo-otro que no sea solo ruinas, como se profetiza en la película. Quizá, debamos ser cada uno de nosotros los que vayamos a ese encuentro: perturbador, incómodo, peliagudo, que demanda ese yermo de excedencia. Ese es el trabajo que nos asigna este libro y allí su gran aporte. 

Quizá, sean estas líneas algo excesivas al exceso de No-literal. Ojalá así lo sean.

Ariel Lugo, filósofo.  
Académico Universidad Nacional del Nordeste 

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