Opinión

El Leviatán y las almas: Un esbozo para pensar el desastre

El progresismo –o la izquierda, para algunos más optimistas- quedó entrampado por el gobierno durante cuatro años: en la medida que éste optó por la racionalidad “transicional” ya destituida, no pudo renovar su imaginación política y, al no poder hacerlo, cedió el terreno de la movilización afectiva a la derecha.

Lo que la revuelta de 2019 destituyó, la nueva derecha lo capitalizó. Las izquierdas terminaron por expulsar a la multitud que había llegado a la instancia de redactar una nueva Carta Fundamental y se despolitizó el proceso, vía discurso jurídico (restitución de un saber jurídico que opacó la dimensión política del afecto), al punto que el “legalismo” de las izquierdas disputó mucho más en torno a los contenidos precisos más que en torno al efecto político de que la Nueva Carta pudiera ser redactada esa instancia, tan esquiva como problemática a la historia chilena, denominada “pueblo”.

Las izquierdas cambiaron al pueblo por el derecho. En este escenario, la derecha hizo lo suyo y vía el espíritu oligárquico del Senado, despojó a la instancia de su tenor constituyente. Pero el proceso constituyente siguió abierto, a pesar de que hubo un rechazo de las propuestas, tanto en la primera Convención como en la segunda.

Sin embargo, entre ambas Convenciones hubo algo convergentemente decisivo: las coaliciones tradicionales, tanto del progresismo como del conservadurismo neoliberal quedaron fuera de juego. Otros actores ingresaron, otros rostros se levantaron. Es en ese “fuera de juego” donde irrumpe el Frente Amplio con Boric (y Jadue) a la cabeza.

Sin embargo, la situación experimentada por el gobierno de Boric produjo que éste en vez de ser un gobierno de transformación se volviera uno de “normalización” y, con ello, replicara la racionalidad política concertacionista de los 30 años, pero en un momento histórico en el que éste ya había sido destituido por la revuelta de 2019. Desde entonces, el gobierno de Boric quedó como un gobierno flotante puesto que no se anudaba en pacto constitucional alguno.

Bajo la excusa de la “disputa” por materias de seguridad, el gobierno aceptó la agenda de la derecha bajo el ingreso de Tohá y, con ello, en vez de proveerse de un pacto jurídico-institucional nuevo, se articuló un pacto performativo por la seguridad. La seguridad –es decir, el dispositivo fundamental de la guerra civil planetaria- se volvió un sustituto de lo constitucional, ahí donde éste había sido rechazado dos veces por una ciudadanía apanicada.

El progresismo –o la izquierda, para algunos más optimistas- quedó entrampado por el gobierno durante cuatro años: en la medida que éste optó por la racionalidad “transicional” ya destituida, no pudo renovar su imaginación política y, al no poder hacerlo, cedió el terreno de la movilización afectiva a la derecha.

Es clave, a este respecto, atender la cuestión del contacto. Si este último fue decisivo en la revuelta de 2019 en la medida que ésta no fue más que un encuentro afectivo en el que se abrió un contacto erótico de la multitud, éste sufre las condenas del infierno durante la pandemia del COVID 19 puesto que, ahora, el contacto no era simple objeto de represión jurídico-estatal, sino de gestión biopolítica donde había que imponer el “distanciamiento social” y utilizar mascarillas. El “contacto” fue doblemente peligroso: para la policía durante la revuelta y para el discurso médico durante la pandemia.

De esta forma, la izquierda atrapada en el gobierno era más bien el síntoma de una situación en la que el afecto cristalizado en el “contacto” había sido criminalizado y patologizado y, en este sentido, totalmente des-afectado. Así, el gobierno de Boric nos ofrecía una escena vieja y causaba nada más que “rabia” (un afecto feliz que clama por justicia), pero que la derecha inmediatamente transformó en “odio” (un afecto triste porque xenófobo).

La seguridad se impuso. Tanto a nivel “jurídico” como a nivel “médico”. Pero se impuso no como un elemento de la agenda sino como una máquina mitológica que pudo compensar imaginariamente, a través de una serie de mecanismos estatales, grandes corporaciones privadas de seguridad y medios oligárquicos de comunicación, todo lo que no se realizó en materia de transformaciones constituyentes.

Volvemos al asunto de más arriba: el progresismo no tuvo imaginación política porque, atrapado en el gobierno, la multitud ya había sido cercenada de “contactos”. Ahora todo se volvía individual, ahora todo pasa a ser de “cada uno” y el “otro” se vuelve un enemigo absoluto. La justicia queda borrada de las prioridades y la entrada al fascismo internacional se inicia ya en durante todos estos años.

El eventual triunfo de Kast en segunda vuelta solo vendrá a ratificar formalmente este punto. En otras palabras: el progresismo encontró consuelo al quedarse con la frialdad del Leviatán (el Estado, según Hobbes), pero la nueva derecha se quedó con el alma (el afecto). En suma, el progresismo fue gobierno bajo una racionalidad política (la transición) que no movilizaba afectos. Y frente a aquello, fue justamente la derecha la que gestiona las almas de los chilenos.

Así, estamos en presencia del final del progresismo neoliberal y del imaginario transicional que llevó a cabo. La democracia se ha vuelto enteramente securitaria que funcionará como un nuevo tipo de dictadura de corte “civil” (cibernética, si se quiere) insertando al país en la rampante guerra civil planetaria. Es cierto que hay que explicar todo esto dentro del espacio global de triunfo de las derechas. Pero nada se explica sino hacemos el trabajo que analizar localmente la movilización afectiva del fascismo gracias a la parálisis gubernamental del oficialismo, nada se explica si no pensamos su mímesis con la razón política transicional que la propia ciudadanía había destituido.

El fantasma portaliano –esa imagen que codifica lo político de la historia chilena- está más vigente que nunca: Portales articuló una dictadura, Kast, en la eventualidad de su triunfo en segunda vuelta, no ejercerá una dictadura en sentido tradicional, pero intensificará todo el aparato securitario que la democracia ya ofrece para comenzar a intervenir espacios y claudicar derechos que otra época habría hecho impensables. Imaginar que la “democracia liberal” es el único horizonte político para la izquierda es no solo ingenuo, sino cómplice de la trampa que la tiene capturada.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Rodrigo Karmy
Sobre la autora / el autor
Rodrigo Karmy
Doctor en Filosofía. Académico de la Universidad de Chile.
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1 comentario

  1. Qué bien escrito el análisis.
    Me quedo con su observación de cómo la parte técnica (en este caso el legalismo) descuida la dimensión afectiva (y se desprende del pueblo), y esta es cooptada por la derecha. Para mí, explica el desencanto, la desvinculación afectiva de la gente con el mandato de Boric.
    Las consecuencias de todo esto sí, me producen una desazón gigante.

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