Kast, la peor versión del mundo conservador chileno
José Antonio Kast representa la barbarie intelectual de quienes se han autoconvencido de que traer un orden pasajero y efectista- la clásica “mano dura” que provoca espasmos orgásmicos en alguno- es lo mismo que establecer cierto orden.
Kast no es una novedad en la historia de Chile. Por más que se quiera vestir del “cambio” y hasta sumarse a la verborrea epocal de lo que se ha querido llamar la “nueva derecha”, lo cierto es que José Antonio viene del gremialismo de fines de los 60 de la Universidad Católica, y su discurso es la clásica mezcla neoconservadora entre ser “liberal” en el mercado y estrecho en materia de “libertades civiles”.
Pero su poca novedad no se debe solamente a eso. El candidato del Partido Republicano también es el representante de una pulsión muy antigua en nuestras tierras, tal vez más explícita, que es la del “orden”, la que algunos inteligentemente han querido confundir con el normativismo y el Estado de Derecho, como si fueran lo mismo. Es el representante del orden fáctico por sobre el normativo; el del hecho por sobre cualquier idea.
El relato de su campaña retrata esto muy bien. Al decir que quiere un “gobierno de emergencia”, Kast quiere todo rápido, sin ningún tipo de inconveniente, ni mucho menos mediaciones. No por nada señaló que estaba viendo cómo saltarse al Congreso para tomar algunas medidas, porque toda la instancia parlamentaria le parece demorosa, carente de efectividad y concreción de objetivos. No se trata de Derecho o de legitimación de normas de convivencia común que garanticen el orden, sino de pura facticidad impulsiva.
Esto último recuerda, guardando todas las proporciones del caso, a Diego Portales, a quien la historia ha querido retratar como el padre de un “orden portaliano” que consistiría en una estructura espiritual y normativa de la república durante gran parte del siglo XIX.
Resulta que, si bien el ministro más poderoso de la historia de Chile fue sindicado por algunos como la inspiración del ethos constitucional chileno – de la Constitución de 1833, para ser exactos-, en realidad, no fue más que un sujeto que vio en la violencia una herramienta ejecutiva bastante efectiva, lo que se explicita en una carta a su amigo y confidente Antonio Garfias en 1834, donde dice: “A esa señora que llaman Constitución, hay que violarla cuando las circunstancias son extremas”.
¿No es algo parecido lo que motiva Kast? ¿Acaso no convive en él esa mentira tan chilena que confunde antojadizamente la aplicación de las leyes con la pulsión autoritaria como acción política?
Por más que quiera decirse el guardián de la legalidad y las “cosas bien hechas”, lo concreto es que el candidato con más posibilidades de ganar las elecciones presidenciales representa la barbarie intelectual de quienes se han autoconvencido de que traer un orden pasajero y efectista- la clásica “mano dura” que provoca espasmos orgásmicos en alguno- es lo mismo que establecer cierto orden.
Es un político que no trae nada “nuevo” o ninguna “nueva forma de gobernar”, sino una concepción de lo que es la Presidencia y su relación con el ciudadano, bastante arraigada en nuestra historia patria.
Sin embargo, dicho esto, Portales fue un buen político a pesar suyo. Al no ponerse en primera línea y gobernar en las sombras mostró su inteligencia y, además, cabe agregar- lo que parece de suma importancia- toda su impulsividad fáctica se tradujo en normativas y la legitimación de su mirada.
Portales sin Andrés Bello, quien, entre muchos, les dio consistencia jurídica a los esfuerzos autoritarios de la época, sería bastante poco. Y, para acercarnos al siglo XX, la crueldad y mediocridad moral de Pinochet no habría perdurado tanto si no fuera por el soporte político de Jaime Guzmán, entre otros.
Tras Kast no parece haber nadie que pueda darles soporte intelectual o “espiritual”- como decían los viejos historiadores nacionales-a sus dichos entre libertarios y católicos culposos sobre la realidad. No tiene a nadie que pueda sostener argumentativamente sus no-ideas para el futuro. No hay quienes, como Bello a Portales y Guzmán a Pinochet, lo vean como un instrumento para lograr otras cosas, sino que lo ven a él como un fin en sí mismo, y ahí estamos en problemas: José Antonio no es nada más que esos impulsos frenados por su incapacidad. No sabe nada.
Él verdaderamente cree que al decir un par de cosas está garantizando cierto orden; por eso, junto a los suyos, le puso Republicano a su partido, ya que no entiende la diferencia entre las ganas de que todo esté “ordenado” y el orden institucional liberal. Es cuestión de recordar también el pésimo trabajo de su sector teniendo todo para escribir una Constitución, luego del fracaso del primer proceso constituyente.
Kast es facticidad en estado puro, pero rasca. Y es también ideología en bruto, sin pasarla por un cedazo, aunque Johannes Kaiser sirva para ablandarlo por una cuestión de tonos más que de ideas. Es decir, como dijimos al comienzo, abraza una pulsión muy nuestra, pero sin jamás poder traducirla a otra cosa.
Por esto último es lo más pobre que nos queda del conservadurismo nacional, sumado a que intenta sumarse a una supuesta “épica” derechista mundial sin mucho éxito retórico (es cosa de escuchar sus pésimos discursos). Y tal vez ahí está la peligrosidad de un futuro gobierno suyo: que recae mucho en él para lo poco que es.
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