Opinión

El amor desenfrenado por Carabineros no es lo mismo que el respeto por la ley (o el regreso del Peso de la noche)

Es peligroso desprender a Carabineros de sus responsabilidades con la sociedad y apoyarlos siempre, sin medir sus actos, porque eso no es el imperio de la ley. Es barbarie institucionalizada.

La Justicia habló y el excabo Zamora no tiene responsabilidad penal en lo sucedido con el joven que cayó al Mapocho en Pío Nono en el marco de las protestas de la crisis social nacional. Ante esto, como siempre ocurre, hubo manifestaciones de lado y lado; unos criticando el veredicto judicial, mientras otros lo celebraron, aprovechando de llamar a las actuales autoridades a pedir perdón por lo que dijeron contra Zamora e incluso pidiendo que la fiscal persecutora en el caso, Ximena Chong, deje su cargo en la Fiscalía.

Lo primero que habría que decir al respecto, aun cuando suene agotador y demasiado poco original, es que los fallos judiciales se respetan; aunque, claro, uno puede tener observaciones sobre la decisión, y también sobre la labor de los policías, sus protocolos y la manera en que se actuó en aquellos años del estallido, que parece un tema que nunca se solucionará del todo si es que no hay suficientes agallas para reformar la institución de manera inteligente (lo que sería urgente hoy ante los niveles de violencia).

Habría que decir también que haber perdido un juicio a la fiscal Chong no la hace merecedora de renunciar o ser despedida de su cargo porque persiguió a una persona que un sector encontraba inocente de antemano.

Eso debería quedar meridianamente claro si es que se aboga por un sistema judicial que tenga esa independencia que tanto se repite como si fuera una monserga que algunos días favorece a unos y en otras ocasiones a otros. Y también si se cree realmente en la democracia y sus procedimientos, que fueron los que le dieron la inocencia a Zamora.

Pero vamos a lo estrictamente político, que es a lo que esta columna apunta. Acá sería importante identificar un discurso que se tiene sobre los carabineros de parte de quienes dicen defender el orden y la legalidad. En este caso, me refiero a la derecha política, la que parece demasiado obsesionada con los policías de verde no como si fueran garantes del estado de derecho, sino como si estos representaran más bien el ejercicio indiscriminado de la fuerza en contra de todo lo que sus dirigentes encuentran “peligroso”.  Cuestión que es bastante diferente, aunque algunos lo vean como si fuera lo mismo.

¿Por qué digo esto? Porque aquellos que aman en demasía a los carabineros, parecieran ver en ellos guardianes privados antes que funcionarios públicos. Guardianes ideológicos, sujetos que son los llamados a materializar venganzas antes que ejercer la ley. Sujetos que no parecen pertenecer a una institución, sino que deben actuar como superhéroes, fuera de un marco de acción legal, con tal de lograr su objetivo.

¿Es raro que eso sea así en un país como Chile? Claro que no. Eso es parte de la gran confusión conceptual que cruza toda nuestra historia patria desde comienzos del siglo XIX. Y esa confusión ha sido el eje central de nuestra política, mezclando el respeto a las leyes con el peso de la noche declarado por el ministro Diego Portales en sus cartas (otra discusión es si Portales es efectivamente el creador de esa manera de hacer política o simplemente alguien que se dio cuenta de que así funcionaba Chile desde antes que él asumiera su cargo para luego continuar con sus negocios).

¿Qué es el peso de la noche? ¿Es lo mismo que el orden jurídico que tanto defensores como detractores del “orden portaliano” han identificado? No. Esta forma de ejercer la autoridad es todo lo contrario. Es el término de la barbarie desde la barbarie. Es la arbitrariedad, el ejercicio de la violencia en contra de todo aquello que se vea como sospechoso. Que, aunque historiadores nacionales lo hayan visto como lo mismo, lo cierto es que no lo es. 

¿No es eso lo que alimenta el relato de quienes ven en Carabineros algo más que una institución con responsabilidades públicas con el Estado de Derecho?  Pareciera que sí.

El amor desenfrenado por quienes logren acabar con el enemigo antes de encarcelarlo si está cometiendo un delito es la evidencia más clara de que más que una gran pasión por las leyes o el respeto irrestricto del estado de derecho en una democracia, lo que alimenta su discurso es el miedo, la fascinación por un Estado que la única labor que tenga sea actuar como actuaríamos en defensa personal frente a un forastero que ose entrar en nuestro terreno.

Eso se desprende de cada actuar, de cada defensa, de cada apoyo, cada discurso pidiendo que se disculpen con ellos, no ser ellos, sino por encarnar la venganza en contra de quienes parece, desde lejos, poner en peligro no al país, ni a la institucionalidad, sino sus seguridades personales, sus miedos.

El peso de la noche no es una doctrina institucional. Principalmente porque no es una doctrina. Es más bien un instinto natural por terminar con el otro; no es velar por una comunidad y el respeto de ésta (lo que debería ser la base de toda institucionalidad que condene a quien atente en contra de lo común por medio de leyes, penas y condenas). Ya lo dijo Portales: “En Chile la ley no sirve para otra cosa que no sea producir la anarquía, la ausencia de sanción, el libertinaje, el pleito eterno, el compadrazgo y la amistad.

¿No es esta última declaración algo bastante similar a la forma en que algunos se relacionan con carabineros y su acción? ¿Se podría decir que los arranques portalianos de ciertos políticos chilenos son lo mismo que el imperio de la ley y de los procedimientos en los que un sector de la sociedad sí cree? No. No son lo mismo.

El orden y la ley no fueron grandes protagonistas en la dictadura de Portales, como tampoco en la de Pinochet. El orden es más que la represión o la negación de la ciudadanía. Es, por el contrario, el justo respeto por cierta estructura, cierto lazo invisible que une a cada miembro de la sociedad en torno a dos o tres cosas.

Tal vez esto último podemos verlo en Mariano Egaña o en Andrés Bello, o incluso en los historiadores portalianos que trataron de convertir el oportunismo y el pragmatismo del comerciante en un ethos, en un relato que delineaba todo el futuro patrio (es cuestión de leer textos del historiador Francisco Antonio Encina, a quien me parece recomendable leer antes que a Baradit, quien dota a Portales de una virtud casi cercana al areté griego, como si su mirada traspasara las barreras de los años). Pero no en Portales mismo.

Por esto, hay que tener cuidado al mezclar las cosas y decir que aplaudir todo acto de un carabinero, con tal de cumplir el objetivo del orden, es justificable. Es peligroso desprenderlos de sus responsabilidades con la sociedad y apoyarlos siempre, sin medir sus actos, porque eso no es el imperio de la ley. Es barbarie institucionalizada.

Por eso, hay que sospechar de quienes quieren mucho a Carabineros, porque no creen en la institucionalidad ni en la acción institucional, ni mucho menos en esa institución en particular, sino más bien que agradecen que sean los llamados a ejercer la violencia que ellos querrían ejercer. De lo contrario, si quisieran tanto a los policías de verde, habrían hecho algo al respecto para intervenirlos o reformarlos en pro de ellos y del país entero.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Francisco Méndez
Sobre la autora / el autor
Francisco Méndez
Analista Político.
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