La ruina moral de Israel: Sobre la presentación sudafricana en la Corte Internacional de Justicia
El argumento sudafricano sostiene que Israel comete genocidio en Gaza, pero que, dicho genocidio no constituiría un asunto puntual sino una intensificación precisa de una historia colonial que la lengua palestina denomina nakba.
Al mismo tiempo que Sudáfrica presentaba su acusación de genocidio contra Israel en la Corte Internacional de Justicia, el Estado sionista bombardeaba nuevamente Gaza. ¿Cómo leer estas dos escenas a la vez? Por un lado, el derecho que detalla cifra tras cifra el crimen perpetrado por la entidad sionista durante estos meses; por otro, el mismo Israel bombardeando la Franja de Gaza sin relación alguna con lo que acontecía en la corte. Dos escenas que pueden leerse como una fractura entre el derecho y la guerra, entre el sistema jurídico y la violencia imperial.
La presente fractura nos remonta a un asunto decisivo que se fragua desde la configuración del imperialismo euroatlántico bajo el mando hispano: las Juntas de Valladolid convocadas por Carlos V y en las que tuvo lugar la discusión entre Ginés de Sepúlveda quien defendía la necesidad de la “guerra justa” por parte del Imperio Español u Bartolomé de las Casas que rechazaba la posibilidad de que la evangelización cristiana se sostuviera en el argumento de la “guerra justa”.
En su Demócrates I Sepúlveda argumenta a favor de que la guerra y la virtud cristiana son compatibles. Retomando los argumentos de Tomás de Aquino, Sepúlveda sostenía que la guerra que había que desencadenar contra los indios no era simple “pillaje” sino una “guerra justa” pues restituye el orden del derecho natural dado que había sido violado por la incredulidad de los indios en la figura de Cristo. Ergo, había que convertir a los indios a través de la guerra y, con ello, ésta última cumplía un objetivo propiamente “justo”, configurándose, así como la guerra propiamente imperial. Una guerra que no es simple pillaje, sino que se sostiene en un argumento moral. En Demócrates II, Sepúlveda aplica esta argumentación al escenario de los indios, esos “hombrecillos” que desde su punto de vista son culpables de no aceptar en evangelio de Cristo, por lo cual, se les debe de hacer la guerra necesariamente dado que necesariamente tal guerra cumplirá el objetivo moral de convertir a los indios al cristianismo.
Por su parte, el obispo de Chiapas, Bartolomé de las Casas, sin desechar el estatuto imperial de España, sostenía el argumento inverso a Sepúlveda: la guerra resulta estructuralmente incompatible con el cristianismo, por lo cual, no es posible abogar por la existencia de una guerra propiamente “justa”. Si se ha de evangelizar a los indios, tal como lo señala en su Apología o Declaración y defensa universal de los derechos del hombre y de los pueblos, ello deberá hacerse voluntariamente, dado que ellos son “personas” con plena libertad y dominio de sí mismos. Según la crónica de Domingo de Soto que resumió el debate a petición del Rey, el argumento crucial esgrimido por De las Casas es que Cristo se había revelado universalmente, pero siempre en potencia. Por eso, los indios desconocían a Cristo, pero precisamente por eso, no se les puede culpar por no seguir su palabra. De esta forma, no es lícito que reciban castigo en la forma de una guerra porque no han cometido ilícito alguno, frente a lo cual, solo cabe la evangelización, pero, a diferencia de la tesis de Sepúlveda, sin guerra. Jamás podrá haber guerra justa, si es que el imperio hispano ha de ser digno de tal.
No se trata que Sepúlveda esté a favor del imperialismo hispano y De las Casas no. Ambos lo están, ambos defienden el derecho imperial a evangelizar. El punto de diferencia reside en la forma: el primero considera que ese derecho pasa necesariamente por la guerra justa mientras el segundo sostiene que si es preciso evangelizar es precisamente porque la guerra justa simplemente no puede tener cabida. Para Sepúlveda la guerra justa es compatible con la idea de Imperio, para De las Casas no.
Volvamos a las dos escenas señaladas: lo que el argumento sudafricano presentó el día jueves 11 de enero de 2023 sostiene que Israel comete genocidio en Gaza, pero que, dicho genocidio no constituiría un asunto puntual sino una intensificación precisa de una historia colonial que la lengua palestina denomina nakba.
Es clave este punto, porque si hay dos cosas que la presentación sudafricana a la Corte Internacional de Justicia realizó fue: por un lado, legitimar la narrativa palestina relativa a la comprensión de la historia del colonialismo sionista como la historia de la nakba; por otro, separar las acciones genocidas israelíes implicadas en la nakba de cualquier legitimación moral. En otros términos, el argumento planteado sostiene que, precisamente porque la historia es la historia de la nakba, no existe legitimación moral posible a ella.
Al situar el argumento desde la historia de los oprimidos (la nakba) el derecho y la guerra, la moral y la violencia imperial no pueden coincidir jamás. Así, lo que la presentación sudafricana destruyó es el argumento histórico de la “guerra justa”, tal como lo realizó Estados Unidos en todas sus intervenciones imperiales a lo largo y ancho del planeta, y tal como lo ha esgrimido una y otra vez Israel contra Palestina, cada vez que emprende un grado mayor en el despliegue colonial para apropiarse de su territorio.
El antiguo argumento “sepulvedano” que Israel esgrime cada vez que apela a su derecho de “defensa” quedó destituido en una argumentación “lacasiana” que impugna la posibilidad de una guerra justa. De esta forma, la escisión entre las dos escenas que presentábamos al principio de esta columna se explica, justamente, porque, desde el punto de vista de la argumentación sudafricana, la guerra no puede tener soporte moral y, con ello, el imperialismo euroatlántico que articuló su “intervencionismo” en razón de dicho argumento queda completamente arruinado.
Por supuesto, su ruina es moral, no necesariamente política. Pero la falta de legitimación moral expresa la implosión de la “idea” imperial euroatlántica que ya resulta imposible de sostener. El aislamiento moral de Israel, su falta de apoyo internacional y la presión de los pueblos para que los poderosos respondan, no son realidades casuales sino expresiones de la ruina moral de Israel. Seguirán matando, pero sin el argumento moral. Seguirán matando y, con ello, quedará expuesto que todo no era nada más que “pillaje”.
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