Piñera, el mediocre que quiere cambiar su nefasto rol en la historia
Los medios anunciaron las entrevistas que le hicieron como si se tratara de alguien con relevancia política, aunque únicamente es un expresidente que fue escondido por su sector, debido al desprecio que le tienen no sólo quienes se opusieron a su administración, sino también sus votantes.
Foto: Agencia Uno
Sebastián Piñera reapareció en los medios de comunicación una vez terminada toda la controversia en torno al plebiscito por una nueva Constitución. Lo hizo como él sabe: creyendo que lo decía todo cuando no decía nada, intentando vestirse de estadista, e incluso tratando de darle clases de gobernabilidad al Presidente Boric.
Los medios anunciaron las entrevistas que le hicieron como si se tratara de alguien con relevancia política, aunque únicamente es un expresidente que fue escondido por su sector, debido al desprecio que le tienen no sólo quienes se opusieron a su administración, sino también sus votantes.
En una puesta en escena bastante precaria, él y los periodistas que lo entrevistaron se sentaron frente a frente, en sillones que intentaban darle pomposidad de Estado a una oficina de un comprador y vendedor de acciones. Por más que quisiera lucir como un expresidente que estaba hablando desde un retiro casi intelectual, a lo Ricardo Lagos, su ansiedad por demostrarlo y por hacer que el resto se lo crea, lo dejó como lo que es: una impresentable y demasiado larga anécdota en la Historia reciente de Chile.
Aunque quiera incesantemente que el resto lo mire como ni siquiera él logra mirarse, no puede lograrlo. No fue un Presidente que cumpliera con ninguna tradición simbólica ni republicana. Su mirada de Estado y de la República es pequeña, mínima, porque no lo siente parte de él, como sí lo hicieron otros mandatarios que lo antecedieron. Y es que si tuviera algo parecido a conciencia de lo público, habría renunciado en el momento en que era casi un deber patrio hacerlo.
¿Por qué reapareció? ¿Realmente lo hace porque le importa Chile? Todo parece indicar que lo hizo por la razón por la que siempre quiere hacer las cosas: porque no se soporta, porque no se cae bien e intenta hacer todo lo posible por hacerlo congraciándose con el otro. Y, claro, porque es el momento indicado para pegarle en el suelo a quienes se opusieron a él durante su gobierno.
Así es la política. Y todo gesto, en su manera de hacer política, por muy grande que parezca, es una pequeñez bañada con una mala simbología.
Piñera no quiere perder aunque lo haga una y otra vez. Le gusta levantarse y tratar de remediar aquello irremediable. Le gusta pegar porque, secretamente, le excita que le peguen, que lo desafíen para así, como ahora, poder tener una excusa para volver al paisaje político nacional.
Aunque haya sido la demostración de todo lo que no hay que hacer cuando se ejerce el poder, hoy aprovecha las incapacidades del actual gobierno para, como siempre, sacar la ventaja corta y ver si puede lograr salir en los libros de historia mejor que lo que eventualmente saldrá. Y no es tan difícil cuando hay diarios y canales de televisión hambrientos de la noticia.
Según el expresidente, fue juzgado injustamente. Después de todo lo que vivimos desde el 18 de octubre del 2019, y de sus evidentes incompetencias para gobernar y lograr hacer algo medianamente contundente para darle un cauce a la explosión social, Piñera vuelve a la prensa nacional sin hacer ningún mea culpa, ninguna pequeña autocrítica. Por el contrario, lo hace responsabilizando al resto de su mediocridad para ejercer el cargo en el que estuvo no una, sino dos veces.
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