Zalo: Entre la modernización y el ocaso popular
Y sí, nuestro Zalo difunto, quizá en proceso de canonización, se comió una cebolla «diciéndonos» que era una manzana, liberando distintos aromas desde el campo popular. Y aunque después vinieron las denuncias vehementes, el montaje elitario (manzana versus cebolla) abrió lugar a variados pugilatos sobre un Chile tramposo y embustero, recién emplazado por la revuelta del 2019. La profecía va más allá de un mero montaje televisivo, pues ubica a los estelares de la época como “corporativismos mediáticos” que modulaban la vida cotidiana e insistían en mundializar Chile y nacionalizar la globalización.
Foto: Agencia Uno
Hay una imborrable imagen en el control cognitivo que implementaron los mayordomos de la postransición sobre nuestro «ídolo proleta». Bajo un fárrago de sucesos, el año 1995, cuando el Laguismo no comenzaba a parir las desregulaciones neoliberales, tuvo lugar un esotérico ritual. En esos días fuimos testigos de un chascarro inimaginable que sucedió en el programa «Había una vez» de TVN.
El «autoproclamado canal público» puso a prueba la capacidad hipnótica de aquellos formatos oligarquizantes que domesticaban el sentido común del Chile dócil. El hipnotizador del momento, en este caso Tony Kamo, fue capaz de conducir hacia su voluntad al hipnotizado. Todo ello con marcado acento narciso. Zalo, el moreno de resacas y la guillotina huacha, fue sometido al espectáculo de lo grotesco. La droga del momento era el formato televisivo para administrar los pactos simbólicos, el populismo hedonista y la disciplina laboral de las audiencias. Fue así como una noche cualquiera, en pleno «horario prime», Zalo se comió una cebolla que «chorreaba» sobre su camisa, haciéndonos creer que era una manzana. Aquí se ponían en juego los simulacros tan frecuentados por la élite concertacionista y sus «gerentes salvajes».
Y sí, nuestro Zalo difunto, quizá en proceso de canonización, se comió una cebolla «diciéndonos» que era una manzana, liberando distintos aromas desde el campo popular. Y aunque después vinieron las denuncias vehementes, el montaje elitario (manzana versus cebolla) abrió lugar a variados pugilatos sobre un Chile tramposo y embustero, recién emplazado por la revuelta de 2019. La profecía va más allá de un mero montaje televisivo, pues ubica a los estelares de la época como “corporativismos mediáticos” que modulaban la vida cotidiana e insistían en mundializar Chile y nacionalizar la globalización. Lo que ocurrió aquella noche nos permite leer el síntoma de nuestra transición pactada: la eficiencia del simulacro transicional inoculando los sueños del mundo popular, exorcizando sus guarachas y aleteando sobre las peñas y quintas de recreo.
Luego de 30 años cabría poner en relación el «oasis chileno» -aunque también nos hablaron de milagros y jaguares– con una cebolla en una escena cuya mordacidad fue muy decisiva. Bajo los clasismos de la industria mediática «Todos fuimos Zalo Reyes, todos con derecho a créditos, aeropuertos y turismos globalizantes, camionetas patonas. Todos fieles a la pancarta glorificante de la capa media, pero de infinita sumisión a la deuda impuesta por el riquerío». ¡Todos, cual chorros del consumo, felices, glamurosos y esquilmados por la tormenta del progreso modernizador! Kamo fue, sin duda, el pastor de las impunidades visuales que modulaban la cotidianidad de una ciudadanía fragmentada, sentimental, arribista y configurada desde la obsesión por la ganancia.
Pero esta anécdota, tan simbólica y morbosa, fue parte de los recursos con los cuales la Dictadura, gracias a Zalo, diagramaba su relación con el mundo popular, abundando en caricaturas que décadas más tarde tendrían una terminal en la crítica protegida del Clínic transicional (los Carcavillas, los Gumucios, etc). La pacificación de los malestares mediante la alegoría visual y la furia publicitaria jugaron un rol determinante en la despolitización de aquel universo. Y así, la cebolla de la olla flaca y la manzana pecaminosa, fueron el deleite de los grupos oligárquicos, que posteriormente Zalo emplazó con rebeldía de calle y cuneta. Tal ritual, al igual que muchos otros, deben ser inscritos en un tiempo que aún se resiste a marchar, a juzgar por los «clasismos vitacuranos» y sus nacionalismos (Maca Pizarro, Julito, Matí del Río, Cony Santa María, Mónica Pérez, Iván Nuñez y Nico Vergara), en sus complicidades con las nuevas marginalidades digitales del Rechazo.
En aquel tiempo los estelares se convirtieron en una vigilancia de la vida cotidiana que hizo del estelar un «lugar turístico» -para evitar la disidencia y mitificar la modernización de élites sin retrato de futuro-, abriendo el orden visual hacia un campo de acuerdos, consagrando una paisaje complaciente, viscoso y adúltero. El partido matinal apostó por la configuración de grupos medios glotones en consumo, carnavalescos en tarjetas de crédito, insípidos en los traumas de la memoria, cancelando las posibilidades del movimiento popular mediante el populismo del acceso y la mediatización del deseo. Qué duda cabe. La perfomance de la cebolla no fue más que un mecanismo orientado a la producción de la «trampa visual», donde el chascarro en «horario premium» era un recurso adictivo en el imaginario de los grupos medios. Ya lo sabemos, la transición ludópata nos habló siempre de manzanas, pero solo hubo cebollas ante los gritos de la plebe.
Al menos Zalo poco antes había sido expulsado de la industria televisiva, y tuvo el coraje de denunciar los simulacros de los guionistas de lo opaco, y vivió sus últimos días en ese «irreductible mundo popular» que la Concertación desmanteló a punta de modernizaciones higienizantes. Hay que admitirlo, en su afán de preservar el órgano institucional del Pinochetismo, la coalición del arco iris despopularizó el mundo popular y desató la «lepra arribista» en nuestro Reyno.
Pese a sus ambiciones, desvaríos y pesares, Zalo permaneció fiel al inframundo y sus estéticas bizarras. Aquellas que solo la Dictadura supo administrar y torcer a punta de bombas y sarcasmos. El «gorrión» nunca olvidó la insurgencia barrial de los bares, distante de la usura de los sellos, evitó el negacionismo del mall trágico y los abismos de clases. En medio del dolor, la comunicación neoliberal no cesó en su afán benevolente. Zalo fue retratado desde un imaginario narcotizante.
Con todo, lo popular fue condenado a un resumidero de infinitas transgresiones que la Concertación no trepidó en fumigar a nombre de la obediencia.
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