Opinión

La sonrisa bobalicona de Gonzalo de la Carrera

Gonzalo De la Carrera insiste en esa especie de misión de formar parte de algo en lo que sea respetado, aunque esto requiera de hacer la mayor cantidad de imbecilidades posibles. Comparte noticias falsas, repite acusaciones no comprobables hasta que parezcan verdad, y su cara, con esa bobalicona sonrisa ya mencionada, parece buscar incansablemente el aplauso “patriota” de personas que únicamente quieren a alguien que les diga que sí a todas las medias verdades y las falsas conspiraciones.

Gonzalo de la Carrera me recuerda a esos compañeros de colegio que hacían estupideces y al darse cuenta de sus consecuencias, sin embargo, insistían en ellas. Era una forma de validarse con los suyos, un grupo de pertenencia al interior del curso que finalmente miraba a otra parte cuando la acción era demasiado intolerable y los dejaba a ellos, como miembros de ese grupo, muy mal parados frente al resto de los alumnos.

Cuando la “broma” era tan insoportablemente idiota, o pasaba sobre cualquier mínimo de decencia comunitaria que no se medía, entonces el compañero se defendía, decía que todos en su grupo repetían las mismas tonteras, e incluso acusaba que los de al frente también hacían leseras, por lo que estaba a mano. No importaba lo que hiciera y cómo lo hiciera, con tal de sentirse parte de algo.

El diputado, con su cara de zorrón viejo atormentado y con su risa eternamente bobalicona, es algo parecido en el Congreso. Dice cosas de las que no se arrepiente porque por su cabeza no pasa raciocinio sutil alguno; sólo se da cuenta del calibre de lo que ha hecho o dicho cuando sus compañeritos, esos que lo aplauden en los pasillos, se desentienden o tratan de hacer como si no lo conocieran.

De la Carrera insiste en esa especie de misión de formar parte de algo en lo que sea respetado, aunque esto requiera de hacer la mayor cantidad de imbecilidades posibles. Comparte noticias falsas, repite acusaciones no comprobables hasta que parezcan verdad, y su cara, con esa bobalicona sonrisa ya mencionada, parece buscar incansablemente el aplauso “patriota” de personas que únicamente quieren a alguien que les diga que sí a todas las medias verdades y las falsas conspiraciones.

La mirada perdida de De la Carrera está a la espera de una noticia que compartir, de un comentario disruptivo que decir o replicar, para así lograr esa sonrisa de parte del otro. Es una bola de nieve en la que no está sólo él, sino muchos en momentos como éste, quienes quieren convencerse no de tener la razón, sino de que las mentiras y las interpretaciones voluntariamente maliciosas pueden llegar a ser verdad si es que se insiste en ellas hasta el hartazgo. Es su lugar seguro en el mundo.

La tontera, las ganas de ser aceptado y las irrefrenables ganas de sentir un miedo, conforman un fenómeno que no cabe simplificar de ninguna forma. No hay simplificación que pueda explicar lo que pasa por la cabeza de alguien que no piensa la política como un lugar desde el que se construyen cosas, sino como una plataforma para reafirmar los miedos, los sesgos culturales y de clase y las mentiras que cada uno se cuenta sobre lo que se es o lo que se quiere ser.

Éste es un fenómeno que trasciende a muchos sectores de la sociedad en la actualidad, pero que en el caso de De la Carrera, por venir de donde viene, hay que poner particular atención, porque pareciera que ese supuesto patriotismo que enarbola él y muchos otros que rondan sus mismos pasillos, no es más que una forma de buscar una patria propia. El mencionado lugar seguro. Y no hay nada más peligroso para la democracia que quienes andan buscando lugares seguros.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Francisco Méndez
Sobre la autora / el autor
Francisco Méndez
Analista Político.
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