“Fue para calmarte”
Era un 15 de abril. La historia comenzó el 14, en jueves “santo”. Se jugaba el Sudamericano Femenino Sub 20 en La Calera, y como era usual desde que mi pareja de entonces había vuelto al trabajo, había estado todo el día con mi hija.

Era un 15 de abril. La historia comenzó el 14, en jueves “santo”. Se jugaba el Sudamericano Femenino Sub 20 en La Calera, y como era usual desde que mi pareja de entonces había vuelto al trabajo, había estado todo el día con mi hija.
“Creo que volveré más tarde de lo que te dije”. Venía viajando de vuelta a Santiago cuando recibí su mensaje. Ella tenía un carrete con los compañeros de trabajo. “¿Vas a carretear hasta tarde, entonces?”, pregunté. Sabía que era muy probable que tuviera que hacerme cargo sola de nuestra bebé de 6 meses. “Pretendo no volver tan tarde, mañana tengo que levantarme temprano”, comentó.
“Esta se va a lanzar, la conozco”, le comenté a mi socia y su pareja mientras el auto avanzaba por la carretera. La situación impactó tanto a mis amigas, que al día siguiente me comentaron que no querían ver a mi pareja en su matrimonio. Se casaban pronto y yo estaría invitada, pero sola. Y eso que ni siquiera habían oído el final de la historia.
No recuerdo si peleamos por teléfono, pero en el registro de WhatsApp al que acudí para escribir este relato, hay un mensaje mío borrado a las 4:19 am y otro a las 4:29 am. Seguido de un: “No me llames”, y a la misma hora un: “Amor llámame”. “De hecho, mejor ni vuelvas hoy”, fue mi mensaje final .
Lástima que no hizo caso. Llegó y ‘apagó tele’. Por la mañana, el llanto de nuestra hija la despertó. La rutina matinal de todos los días consistía en que ella debía cambiar el pañal de la bebé, ya que yo había pasado toda la noche dándole ‘teta’. No fue capaz de levantarse. Obvio. Me levanté yo. Me enojé.
Estaba tan borracha que había mojado la cama. Esto ya le había pasado antes. Yo tenía treinta y siete semanas de embarazo cuando un día me desperté pensando que había roto la bolsa. Todo estaba mojado.
Vuelvo atrás en el tiempo y me cuesta aún perdonarme. Haber estado ahí, normalizar esas situaciones y tomarlas casi con humor. La primera vez que ocurrió, despertó avergonzada. Se hizo cargo de limpiar todo. ¿Mínimo?. Pero ahora no fue así.
Esta vez fue diferente. Se cambió de ropa y volvió a dormir. Sonaba su alarma y nada. Se acomodó en el poco espacio seco que quedaba en la cama, un sitio en el que no cabíamos las tres. Yo estaba nuevamente amamantando. Le pedí que se fuera a dormir a living.
Avanzada la mañana seguía ahí. Teníamos visitas en la casa y cuando ya todos nos habíamos levantado, la fui a despertar para que se fuera a la pieza y pudiéramos ocupar el living nosotros. Despertó agresiva. Claramente aún estaba alcoholizada y sin ninguna disposición al diálogo.
Ni siquiera se fijó que nuestra hija estaba ahí. Se me acercó de manera amenazante. La alejé de un empujón. La ira desbordaba por todo su cuerpo, se puso rígida y cambió su mirada. Empuñó las manos. Tuve miedo. Mucho miedo: “¿Me quieres pegar? Hazlo de una vez para que todo esto se acabe”. Fue la primera vez que le tuve miedo. Meses antes me había dicho que si alguna vez me golpeaba, tenía que alejarme. Creo que fue por eso que la desafié a que lo hiciera. Inconscientemente buscaba argumentos para salir de ahí.
Se fue a la pieza y yo al living. Quedé muy tensa. No paraba de tiritar y sentía que no podía quedarme ahí. Llamé a una amiga. Ella estaba por partir a Pirque. Tenía una cita, pero tras mi desesperación me dijo que me podía sumar al paseo. Me paré rápido, senté a mi hija en la sillita mecedora y partí con ella al baño.
- “Me tengo que levantar, se me había olvidado que tenía que trabajar” , dijo. Por primera vez puse un límite.
- “No, tuviste varias horas para levantarte, ahora entro yo al baño primero porque me van a venir a buscar pronto”.
- “Me quedo con la bebé”
- “No, la meto al baño con la silla como lo hago cuando estás trabajando, porque aún estás borracha y no te voy a dejar a cargo de ella”. Me encontró la razón.
Me duché lo más rápido que pude sin lograr calmarme todavía. Salí de la ducha y mientras me estaba secando entró hecha una furia. Estaba muy atrasada para ir a su trabajo.
No recuerdo el intercambio exacto de palabras, pero yo quería que se fuera del baño mientras yo me secaba desnuda. No se fue y tampoco me dejaba salir. Mi hija estaba durmiendo en su silla y despertó. Le insistí que me dejara salir. Me tenía afirmada de las muñecas.
“Cálmate, cálmate”, me gritaba mientras no me soltaba y yo solo quería que me dejara salir. Su fuerza de brazos es muy superior a la mía. Lo intenté pero no logré soltarme. “Benja, ayúdame” le grité a nuestro huésped. Me pegó una cachetada. Fuerte y seca. Luego sólo hubo silencio. Profundo, intenso. Decidor. Me fui a pasar el día a Pirque con mi hija. La otra mamá se fue una semana de la casa tras lo sucedido.
Volvió el viernes siguiente. Además de un montón de promesas que no cumplió, insistió en una frase que años después repetiría incluso en el estrado: “Te pegué para calmarte”. En su momento le quise creer. Me sentía muy culpable. En cierto modo sentía que yo misma la había alentado para que me golpeara. No estaba lista para salir de ahí. Además, al día siguiente llegaba parte de su familia, se acercaba su cumpleaños.
Hoy con el pasar del tiempo, habiendo salido de esa relación y con mucha terapia de por medio, me doy cuenta que no fue para calmarme. Habría bastado con que saliera del baño o dejarme salir. Me pegó para CALLARME, para que no apareciera mi amigo y viera la escena. Para mi mala suerte, se sintió incómodo con la pelea del living y salió de la casa cuando yo entré a la ducha. Cuando lo llamé ya no estaba ahí.
La violencia física ejercida por una mujer a otra en una relación lésbica es difícil de visibilizar en el entorno íntimo, pero existe. Quizás por la presión social y la lucha constante por demostrar que las familias homoparentales estamos bien. También porque no es tan evidente la superioridad física, o porque el círculo siempre quiere la armonía de las partes “por el bien de les hijes”. Pero la realidad es muy diferente. Las familias homoparentales tienen las mismas dificultades que las heterosexuales, y la violencia o el “machismo”, son temas de los que si bien no hablamos, las lesbianas no estamos libres.
Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.



Ya conocía esta historia, pero no con tantos detalles. Lamento mucho que hayas tenido que pasar por algo así. Afortunadamente, lograste salir de esa situación, y tu relato es una fuente de inspiración para las mujeres que están atravesando algo similar y no se atreven a hablar.