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Orgullo y comunidad al calor de la olla

Acompañamos al alcalde de Valparaíso Jorge Sharp y a su equipo por un recorrido por tres de las más de 157 ollas comunes de la ciudad, donde cerca de 6.000 personas se alimentan diariamente. Una iniciativa que intenta ir al rescate de los desempleados, la precarización de la vida en la región y salarios insuficientes. Estos espacios han logrado que las comunidades se organicen frente a toda esta adversidad en medio de la pandemia. Así resurgen las históricas ollas comunes para dar de comer a los vecinos que más lo necesitan.

Dentro del auto éramos cinco personas, situación suficiente para entender que la distancia social se vuelve prescindible cuando hay urgencia. Al tiempo en que el alcalde Jorge Sharp respondía al teléfono una serie de preguntas con respuestas apuradas: “ajám”, “sí”, “por cierto”. El gabinete de la llamada “Alcaldía Ciudadana” se preparaba para la primera parada de la ruta: una pauta de prensa del alcalde donde junto a dirigentes del magisterio desplegarían un lienzo que habla de la cancelación de la deuda histórica y manifestarían sus inquietudes respecto al proceso de desmunicipalización educacional en curso.

-Prácticamente quieren hacer un cambalache manteniendo la misma precariedad-, comentó uno de los asesores, mientras Sharp repasaba las ideas fuerza de las palabras que diría ante los medios. Próximos a arribar a destino, el alcalde y su asesor comunicacional, Paulo Gómez, apuestan cuan pronto se dejaría caer carabineros al momento de desplegar el lienzo que rezaba “Presidente, NO a la deuda histórica”, en clara alusión a la cuenta pública que esa misma noche se iba a efectuar.

-¡Vamos a rocanrolear!-, dijo el alcalde antes de descender de la camioneta.

Apenas pudieron desplegar siquiera un cuarto del lienzo, cuando cinco carabineros motorizados irrumpieron en el acto, pero se retiraron cuando el alcalde les informó que tenían la autorización para estar allí. Tras quince minutos de punto de prensa, el destino era la población Juan Pablo II, ubicada en lo alto del cerro Placeres. Durante el trayecto tanto el chófer, como el resto de los pasajeros, hablaron de diversos temas de contingencia entremezclados con el asunto que convocaba esa tarde.

-Es evidente que los problemas estructurales de Valparaíso no se van a resolver sólo desde Valparaíso, porque no tenemos la infraestructura ni los recursos económicos suficientes para enfrentar toda la crisis. Es el país entero el que requiere un cambio profundo. La desigualdad que se puso en escena en el marco del estallido social, en pandemia ha terminado de develar que el actual sistema institucional y económico no da abasto para una cuestión que es esencial: la generación de bienestar y garantizar condiciones de desarrollo para todas las personas, sin distinción-, dice Sharp.

Una de esas problemáticas se refiere a la precarización laboral. En la última Encuesta Nacional de Empleo, publicada el 31 de julio de 2020 por el Instituto Nacional de Estadísticas (INE), se arroja que a mayo el actual desempleo de la región de Valparaíso alcanzó 13,4% de la fuerza laboral, comprendiendo a más de 107.000 personas; a la misma fecha de 2019, la desocupación era del 8,0%.

En tanto, el Boletín Trimestral abril-mayo-junio 2020 del mismo INE indica que prácticamente uno de cada cuatro trabajadores de la región es informal: el 22,7% no boletea, no impone, ni se les paga su previsión. Estas condiciones afectan a prácticamente a todos quienes recurren a la olla común.

Cuando la olla no alcanza

Jazmina Castro (40) acaba de sentarse y se le escapa un suspiro, acto seguido confiesa que va a trabajar a la olla común por sus ganas de querer ayudar.

-Yo misma tengo mis necesidades y estoy en la olla común por lo mismo- dice, mientras llegan los últimos comensales, en silencio, como queriendo pasar desapercibidos con sus potes para ver si queda alguna porción.

Jazmina siente una mezcla de satisfacción y pesadumbre. Por una parte ve que su labor es de mucha importancia para casi 200 personas; pero también lamenta que las raciones de almuerzos no alcancen para todos los vecinos.

 -Tratamos de dar lo mejor y que la gente se vaya contenta, pero cuando nos quedamos cortos de alimentos, quedamos mal, nos sentimos mal. Es que pienso en mis hijos, si yo fuera a buscar comida a una olla común y quedara corta, igual me devolvería triste a la casa. Pienso en esas mamás que están sin trabajo al igual que sus esposos y eso mismo es lo que me hace seguir aquí-, explica.

Jazmina Castro

La municipalidad de Valparaíso cuenta con algunas cifras que ayudan a comprender la dimensión del problema. En la presentación del “Modelo de Confinamiento Comunitario, a partir de la información del Registro Social de Hogares”, dan cuenta de que en la ciudad la mitad de su población se encuentra dentro de quienes reciben menores ingresos o están en situación de vulnerabilidad socioeconómica. Considerando la población estimada de la comuna, son casi 150.000 personas en esta condición.

– ¡Ya, ahora entre porque le vamos a sacar toda la ropa!-, dice una mujer con tono picaresco.

Las lideresas de la olla común de San Colombano acostumbran hacerle bromas al alcalde. La cocina había terminado sus funciones y ella seguían con entusiasmo. También aprovechan la oportunidad para sugerirle proyectos en los espacios . “Algo pa´ que hagamos ejercicio, con tanto arroz y fideos estamos todas redondas” dice una. “Iluminación para tratar de mitigar lo que usted sabe pos, alcalde: aquí el barrio es bravo”, pide otra.

Benjamín, un niño seis  años, mira atento el diálogo que mantienen las mujeres con ese hombre que “parece ser muy importante”, debido a la atención que concita.

“¿Él es el Presidente de Estados Unidos?”, pregunta. Afuera, rumbo a los vehículos que llevarán a Sharp a última parada del recorrido, el pequeño aprovecha de despedirse.

– “¡Chao, Jorge Trump, que te vaya bien!”-, bromea.

Olla común de San Colombano

La mitad del salario en comer

La olla común de la población Sor Teresa de Calcuta, del cerro Placeres, funciona en la sede vecinal emplazada al medio del conjunto habitacional de edificios de cuatro pisos. La cocina popular ganó fama en el sector porque sus almuerzos  estaban a cargo de Fernando Salazar, chef profesional que trabaja para la Universidad Santa María, ubicada en el mismo cerro a unas once cuadras más abajo.

-Estaba acostumbrado a cocinar para muchos y aproveché esa experiencia-, relata en una improvisada pero formal conversación con el alcalde Jorge Sharp y su equipo. Los vecinos y vecinas ofrecen galletas y bebidas.

– Estoy en la olla común para no quedarme haciendo nada en la casa-, dice Juana Jofré, una de las mujeres.

Ella vive con su esposo e hija en Sor Teresa. Trabajaba de empleada en el centro de Viña del Mar, pero el 30 de marzo le informaron que ella y sus otras dos compañeras iban a ser despedidas. Con turno de media jornada ganaba 250 mil pesos mensuales.

-No fue tanto por motivos económicos sino porque tanto la señora como su hijo, que es asmático, eran población de riesgo (en caso de contraer COVID-19)-, comenta.

La rebaja en sus ingresos tuvo una consecuencia: su hija Karin, técnico en administración de empresas, no podrá estudiar ingeniería comercial ya que parte de ese dinero iba a ir destinado al crédito para pagar la carrera. De todos modos se reconoce con la suerte de no tener la necesidad de recurrir a la olla común, ya que su hija trabaja y su esposo recibe una jubilación.

Juana siente que esta experiencia ha sido  “enriquecedora” y que los vecinos agradecen su labor.  Recalca que uno de los mayores esfuerzos para levantar una olla común es la planificación. «Imagínate que apenas terminado de cocinar y servir, estamos adelantando todo lo que es verduras para el almuerzo de mañana», comenta.

Son diferentes las maneras de autogestionar los recursos para las ollas comunes: desde recolectar dinero hasta la venta de completos y pizzas.

Juana sabe las dificultades económicas en su comunidad. «Muchos ancianos viven con pensiones de miseria y los costos de los medicamentos son cada vez más altos, por lo que van a seguir necesitando comer en ollas comunes», agrega.

En cifras de la última Encuesta Suplementaria de Ingresos del INE, la mitad de los trabajadores de la región de Valparaíso gana hasta $380.000 mientras que en junio la canasta básica de alimentos por persona estaba sobre los $45.000. Esto quiere decir que, en un hogar de cuatro personas donde se tiene a un solo sostenedor económico del hogar, prácticamente la mitad de su dinero se irá en comer.

El pasado 24 de junio, el Concejo Municipal aprobó una modificación presupuestaria de $1.284 millones, de los cuales $500 millones de pesos fueron destinados a proveer de insumos a ollas comunes y panaderías populares. Es un aporte considerable comparado con los $200 millones que el Concejo Regional (CORE) destinó para toda la Región a este mismo asunto.

Potencia organizativa para el futuro

Hasta el cierre de esta edición, se consignaba que el municipio aporta a 33 panaderías populares y a 155 instancias que comprenden ollas comunes, comedores y despensas comunitarias.

El número de iniciativas de alimentación comunitaria creció a medida que se profundizó la crisis. Al 12 de junio, la municipalidad registraba alrededor de 50 y hoy se han triplicado. En cuanto al funcionamiento, éstas varían: tres de diez abren dos días a la semana, el 16,7% lo hace cinco días mientras que uno de cada diez cocinan de lunes a domingo. En cuanto a las raciones de almuerzos, se estima que 6.454 personas al día pueden tener un almuerzo o cena en la ciudad gracias al compromiso de la comunidad.

– Que las comunidades se hayan organizado rápido no es casualidad ya que era algo que estaba gestándose-, dice Rodrigo Castro, académico de escuela de trabajo social de la Universidad Andrés Bello, sede Viña del Mar.

En conjunto a la arquitecta Carolina Quinteros, confeccionaron un catastro de instancias comunitarias que apuntan a la alimentación popular. La plataforma comprende un registro de iniciativas de toda la Región cuya información prontamente será actualizada en un mapa interactivo a partir de Google.

“Muchos análisis de estos últimos treinta años generaron una membrana que cubrió y no dejó ver lo que estaba ocurriendo en los territorios. Un ejemplo es que entre Viña y Valparaíso se concentren la mayor cantidad de campamentos de Chile, y para ello se requirió articulación y acciones colectivas como respuesta a un Estado incapaz de resolver las necesidades básicas (…) La olla común de los garzones en calle Serrano es un actuar colectivo con un objetivo puntual: responder a la precariedad que ya tenían pero que hoy se siente más fuerte. La mayoría estaba sin contrato y vivían de las propinas», explica Castro.  A su juicio la prontitud con que se levantaron las ollas comunes y otras actividades similares no reviste sorpresa alguna.

Carlos Vergara, Sociólogo de la Universidad de Valparaíso y Máster en Estudios Territoriales y de la Población de la Universidad Autónoma de Barcelona, también tiene entre sus principales líneas de trabajo la Sociología Urbana y la Geografía Humana. Por esta razón participa en organizaciones comunitarias, es secretario del Club Villa Berlín y parte de la Asamblea del Cerro Placeres.

En ambas instancias hoy se está trabajando en pos de ayudar a los más afectados por la crisis y se realizan las ollas comunes.

“La organización va marcando la pauta y hay que ser pragmáticos. Si la municipalidad ofrece recursos, pues que se tomen pero eso no significa que se deposite la representatividad, las esperanzas y los deseos de transformación en una figura. De ser así no sería bueno para el movimiento popular”, explica respecto a la relación de estos espacios con la autoridad municipal.

Desde la sociología, ve que existe una potencia organizativa inusitada e interesante en cuanto a las lógicas del trabajo comunitario, popular y político.

«Una compañera, Bárbara Quilodrán, se preguntaba cuál es el futuro de la olla común dada toda la fuerza que porta. Además no existen condiciones para pensar que en diez años más vamos a estar mejor si seguimos con este modelo económico en el que el progreso de la masa depende el chorreo de la riqueza.  Es momento de establecer organizaciones populares sólidas y que se proyecten en el tiempo, por lo que Bárbara decía que las ollas comunes tienen que pasar a ser comedores populares estables y con trabajo asociado, en oposición al asistencialismo oportunista», concluye.

Al término del recorrido, el equipo que acompaña al Sharp se ve algo exhausto por las actividades acumuladas a raíz de la emergencia sanitaria. El alcalde seguía en conversaciones con los vecinos.

Próximo a bajarse de la camioneta para ir a almorzar, reflexiona sobre la experiencia. “Al final tratamos de construir una relación en base a la humanidad y esto que viste hoy –su despliegue y el de su equipo– no fue porque estuviste tú, sino porque somos así», dice antes despedirse.

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