Warnken y los fanáticos que dicen no serlo
Estamos frente a gente que defiende una ideología, o que entiende acordar por imponer o acatar lo que se estableció hace casi cincuenta años como la realidad. Por lo tanto, estaríamos ante fanáticos que dicen no serlo; ante predicadores que dicen estar en contra de las prédicas; y ante extremistas que dicen que su esquina es el centro.
Debido a un manifiesto viralizado por redes sociales, nos enteramos que existe un movimiento articulado llamado “Amarillos por Chile”, que encabezan el entrevistador Cristián Warnken y Mariana Aylwin, ente otros.
En dicho manifiesto se lee una preocupación por el ánimo refundacional que los firmantes ven en la Convención Constitucional. Dicen que, en la historia patria, lo que ha salvado al país del acabose ha sido la fortaleza de quienes se autodenominan amarillos; o lo que podríamos llamar “el orden”, aquel que el historiador Francisco Encina, en su Historia de Chile, identifica con Diego Portales y el régimen portaliano que conscientemente reinó hasta la crisis de 1891, e inconscientemente hasta nuestros días.
Pero sería bueno salir un poco de los eslóganes y preguntarse qué es ese orden en estos días. O mejor, qué es ese amarillismo que algunos levantan casi como una bandera en sus mentes, en medio de un terreno derruido. ¿Es acaso ese ancho camino al medio al que muchos quieren subirse para parecer sensatos y dueños de la realidad democrática? Según ellos, sí, y reivindican los llamados “acuerdos” de los noventa para fundamentar su posición.
La pregunta fundamental es si esa lógica política de aquellos años es realmente algo opuesto a un extremo. Si bien la idea de acordar cosas con el otro es propia de las democracias y, por ende, quien se considere un demócrata no puede estar en contra de ello, hay que saber si lo que algunos ven como la mejor época reciente de nuestra realidad nacional, fue realmente la confluencia de la representatividad democrática, o una imposición política y económica a la que algunos terminaron cediendo y finalmente sintiendo propia.
Si fuera como los “Amarillos por Chile” dicen, entonces todo lo que ha venido pasando en los últimos años ha sido una gran bravata sin sentido. Sin embargo, si uno entiende la transición posdictatorial y sus reflujos como un régimen político que acalló las controversias reales y logró que éstas se encauzaran mediante el mercado, podría ver que lo que ellos defienden como la “sensatez” fue más bien una derrota ideológica, la consolidación de un extremo que hoy se busca cambiar por los mismos productos de ese extremo, aunque digan ser lo contrario.
¿Es la forma en que se quiere cambiar la más correcta? Esa es otra discusión. Lo que hay que dilucidar acá ( y es lo que este texto intenta) es si ciertas certezas y premisas sobre las que se levantan manifiestos de estas características son reales. Si es que “lo posible”, que para ellos es la base argumental de todo su nuevo movimiento, es lo realmente posible (debido a que en toda democracia hay cosas que no se pueden hacer), o lo que se instaló como lo que podía ser por ese miedo que se transformó en conveniencia, y luego, en “el orden”.
Si es esto último, que es lo más probable, entonces estamos frente a gente que defiende una ideología, o que entiende acordar por imponer o acatar lo que se estableció hace casi cincuenta años como la realidad. Por lo tanto, estaríamos ante fanáticos que dicen no serlo; ante predicadores que dicen estar en contra de las prédicas; y ante extremistas que dicen que su esquina es el centro.
Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.



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