Vargas Llosa: entre la belleza y “mercado libre”
Vargas Llosa: entre la belleza y “mercado libre” | FRANCISCO FLORES SEGUEL/AGENCIAUNO
¿Cómo congeniar una novela de la magnitud y genialidad de Conversación en la Catedral (recién la tercera novela de Mario Vargas Llosa y a mi juicio el mejor libro del famoso «Boom latinoamericano») con una posición política declaradamente defensora de un modelo que triza, ahorca y destruye? Boom latinoamericano, muy mal nombre además para una generación; un intento europeizante por dar cuenta de un cierto despertar de las letras en América Latina, como si antes de este “estallido” no hubiera habido nada, ni Sarmiento, ni Mistral, ni Rodó, ni Mariátegui, en fin.
«¿En qué momento se jodió el Perú?», se pregunta Zavalita dando inicio a un texto extraordinario.
Siempre Vargas Llosa me produjo esa contradicción y lo leí con un recelo, con una culpa; mirando hacia los costados evitando que nadie me viera leer al “traidor”. Pero luego me consolaba en mi disputa interna diciéndome: «entonces no podríamos leer ni a Heidegger, ni a Céline, ni a Pound, ni a Tocqueville, ni a Baroja, ni a Unamuno, ni a Borges, en fin», el etcétera es interminable.
La izquierda de Sartre llamó fascista a Camus por oponerse al estalinismo en el momento más estrambótico y criminal del dogma soviético. Pero, y aunque Sartre recompone la imagen y estética del intelectual que en lo personal más rechazo me provoca, tampoco puedo ir contra su enorme imaginación ni negar su grandeza, sobre todo en sus novelas y obras de teatro.
Entonces, ¿qué pasa con Vargas Llosa? ¿Lo enviamos al paredón de la historia por ser un liberal a ultranza defensor de todos los valores más despóticos del libre mercado que supo, también, generar un mercado editorial a su alrededor tan brutal como obsceno? O, por el contrario, ¿reivindicamos al narrador fabuloso? La otra alternativa es entenderlo en su «justa medida», es decir como una mezcla de ambas vidas, la literaria y la política, mas ¿dónde está el hiato, el espacio, la tregua entre la obra de un escritor y su posición política que, en casos extremos como el de Heidegger o Céline, abrazaron al mal radical?
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Vargas Llosa no fue Nazi, estamos claros, pero sí un cónsul del neoliberalismo en el mundo entero, y el sistema encontró en él a uno de sus representantes más insignes y conspicuos.
Sin embargo, y a pesar de todo el lustre que le sacó al modelo promocionándolo en cada esquina del planeta, yo me quedo con la magia; con el escritor fabuloso que leí en la entrada de mi juventud y que me hizo llorar con la Ciudad y los perros; sentir los primeros espasmos eróticos con La tía Julia y el escribidor; el contador que me llevó a imaginarme la insondable espesura del Amazonas en El hablador y que, con Conversación en la Catedral, despuntó como uno de los más grandes en lengua española del siglo XX.
Prefiero quedarme con la literatura, me abrazo con toda a la belleza; traiciono y soy traicionado en nombre de la imaginación. Me inscribo en la rebelión de la letra y soy soldado de La guerra del fin del mundo.
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