Opinión

Una cartografía crítica de la guerra de Irán

El discurso mediático ya construyó un relato verosímil para lo que contemplamos en Irán. No se trata solo que los “ayatollahs” son nefastos por su autoritarismo -relato que no surte efecto- como que asistimos a una “tercera guerra del golfo”, que hay una “guerra con Irán”, que, en último término, se trata de un conflicto aislado entre Estados Unidos e Israel y la República Islámica de Irán. Palestina se invisibilizó, a pesar que Israel sigue amontonando cadáveres palestinos por doquier y que ha asolado a la población del norte del Líbano con nuevas campañas y terror.

La apresurada e irreflexiva izquierda “denuncia” (porque ya no tiene “propuestas”) el intento por parte de Estados Unidos por surtirse del petróleo mundial y entonces representa este conflicto como siempre lo ha hecho: un intento de apropiarse de las materias primas sin ofrecer matices, contextos o preguntas.

A su vez, la narrativa de la derecha sionista (porque todas las derechas hoy, no son más que “fundamentalismo sionista”) rápidamente ofrece el clivaje autoritarismo-democracia donde el primer polo se identificaría al islam de los “ayatollahs” cuyo avance “cultural” constituiría un peligro para “nuestros valores” occidentales.

De ahí su sionismo: en base al modelo israelí, es necesario no solo intensificar los dispositivos de seguridad, bombardear y hacer caer al régimen iraní sino montar la escena de una antigua “cruzada” que muestre al mundo cómo se lucha “contra el islam”, a pesar que a las petromonarquías se les considere el “buen salvaje”, musulmanes domesticados que pueden ser “amigos” mientras nos proveen de petróleo, gas y participen de las grandes firmas del capital financiero.

Pero las cosas son mas complicadas que la simple apropiación de “petróleo” o que la mera “batalla cultural”.  Ante todo, porque la cuestión iraní hoy no está escindida de la cuestión palestina; por tanto, ésta es parte del colapso generalizado del imperialismo occidental que puede imponer dominación, pero sin ejercer hegemonía.

Todo análisis debería iniciar en Gaza. Donde el genocidio no se detiene es el lugar que ha funcionado como “laboratorio” para la destrucción de otras zonas densamente pobladas, tanto en Líbano como en Irán[1]. Si Gaza es el paradigma, ella no lo es sólo respecto de la forma genocida que Israel pone en juego para aplastarla sino también respecto de las formas de resistencia que han irrumpido.

En la actualidad, tanto Estados Unidos como Israel proyectan una verdadera “escatología”, esto es, un discurso orientado al cumplimiento del ordenamiento del capital, a la realización de una obra que implica la devastación de los pueblos de la región y el fortalecimiento de la oligarquía multimillonaria global que tiene a sus dos empleados (Trump y Netanyahu) haciendo el trabajo necesario.

Se trata de una voluntad imperial -que duda cabe- pero, a diferencia de otras intervenciones imperiales ésta no solo parece ser sin fin sino que implica una mutación del orden imperial como tal: la emancipación del capital de la mascarada democrática implica regir los destinos del planeta en base al ejercicio de la fuerza y, en este sentido, iniciar un nuevo proceso de apropiación y repartición de la tierra entre grandes potencias mundiales que disputan su dominación imponiendo formas de vasallaje o zonas de influencia que se regirán enteramente bajo su sombra.

Cada potencia controlando un área del planeta, cada potencia rivalizando con otras. Para el caso de Medio Oriente, la mutación imperial está intentando convertir a Israel en la potencia indiscutida, cuya rivalidad única y última es Irán.

La conversión de Israel en potencia y su realización como “Gran Israel” pone en juego el involucramiento de 4 grandes proyectos a gran escala que surcan la región y que pretenden convertirlo en su dueño y señor. 

El primero de ellos es el IMEC (India-Middle East-Europe- Corridor), anunciado en septiembre de 2023 en la reunión del G 20[2]. Este consiste en la construcción de un conector ferroviario y marítimo desde Mumbai hasta Haifa que pasaría por los territorios de algunas petromonarquías y Jordania. El elemento clave del intercambio es también la industria de la Inteligencia Artificial entre India e Israel.

El segundo, es el famoso canal Ben Gurión, un anhelo israelí desde hace décadas que se alimentó de la guerra de 1956 cuando Nasser nacionalizó el Canal de Suez y que, según los cálculos, debería pasar desde el golfo de Aqaba para desembocar en Gaza y así competir con Suez y superarlo en importancia para el capital mundial[3].

El tercer asunto es el proyecto inmobiliario presentado sin mayor empacho por los multimillonarios en Davos recientemente a cargo de Jared Kushner y donde la idea es convertir a Gaza en un Dubai, una “Riviera” donde los palestinos sino son expulsados, encarcelados o aniquilados, servirán para “trabajar” en paz y armonía en el complejo[4].

El cuarto proyecto, remite al descubrimiento de Gas por parte de Israel desde hace unas décadas en las costas de Gaza, donde Tamar y Leviatán han comenzado a extraerlo para venderlo a Jordania y Egipto hace varios años y donde se proyecta la posibilidad de que Israel se convierta en una potencia extractora de gas que pueda reemplazar a Rusia en surtir a la pobre y vieja Europa[5].

Este pequeño cuadro permite trazar una mínima cartografía de los intereses imperialistas en juego y explica porqué Israel impulsa con fuerza su arcaico proyecto (ya presente desde 1948) del “Gran Israel” pues, estos 4 proyectos yuxtapuestos solo pueden darse si Israel se vuelve en la única superpotencia de Medio Oriente. Nueva repartición de la tierra, nuevas anexiones que permitan constituir la fuerza del capital global sin ningún impedimento, sin ninguna restricción.

Pero para esto, Israel necesita de un dispositivo de normalización de relaciones: los Acuerdos Abrahámicos[6]. Impulsados por la primera administración Trump, dichos acuerdos apuntan exactamente a promover el intercambio en materias de seguridad y económicas con las monarquías del Golfo, acuerdos que se hallan en suspenso gracias a la insurrección de las milicias palestinas el 7 de Octubre de 2023 que puso un paréntesis a la consolidación de dicho acuerdos que Israel necesita para “normalizar” la región.

Sin embargo, el proyecto israelí de transformarse en la única potencia de la región y consolidar al Gran Israel que pivota los cuatro proyectos yuxtapuestos ante señalados, se topa con un problema: dicha posibilidad solo puede realizarse si arrasa con el pueblo palestino, si conjura la resistencia libanesa (Hezbollah), si determina los destinos de Siria (ya logrado) y si debilita enormemente, lo que más pueda, a Irán. La “tercera guerra del golfo” no es sino una reconfiguración de las lógicas del capitalismo global y la reestructuración total de Medio Oriente bajo la imposición del nuevo orden mundial basado en la fuerza.

El problema para que Israel consume su posición es, ni más ni menos, los focos de resistencia que se esparcen por la región. Focos que no surgen de la nada, sino precisamente, del mismo proyecto imperial que intenta imponer la devastación de los mundos a la luz de los proyectos en curso. Ergo, la contradicción es evidente: Israel solo puede realizar su cometido si acaba con la resistencia, pero, a la vez, ésta última, surge precisamente a propósito del intento del proyecto sionista de realizarse. Mientras más Israel se potencie mas devastación producirá en los pueblos que le circundan.

En otros términos, la transformación de Israel en potencia regional solo puede darse a través del genocidio, tal como está ocurriendo en Palestina, Líbano e Irán donde los primeros ataques aniquilaron una escuela de niñas en Minab. Por eso “la paz por medio de la fuerza” fórmula con la que Netanyahu orienta su política es extremadamente explicita: es necesario realizar genocidio y asesinar a poblaciones completas como un medio para lograr el fin esperado, la obra realizada. La “escatología” israelí es, por eso, una escatología de la muerte. 

Bajo este contexto, la “cuestión iraní” resultó ser mas complicado que un conjunto de cálculos mal habidos de los empleados de Davos: el cálculo imperialista era que, una vez se asesinara a Ali Jamenei, todo el régimen experimentaría una implosión interna. Sucedió otra cosa: el régimen, que ya venía debilitado por las protestas internas debidas a la precarización de las clases medias iraníes producidas tanto por las reformas neoliberales implementadas por el propio régimen como por la profundidad de las sanciones estadounidenses, terminó fortalecido.

La presuposición estadounidense-israelí de que quienes protestaban podían favorecer la posición occidental en desmedro de su propio país terminó refutada por el propio devenir de los hechos. Otra vez, tal como sucedió en las revueltas árabes: las protestas no son ni simple incursión “terrorista” (como acusó el régimen) ni impulso “pro estadounidense” (como pretendió el Sha y, seguramente, la camarilla de Netanyahu).

Las protestas son un tercer espacio irreductible a las dinámicas de la dominación geopolítica, un “devenir-revolucionario” de los pueblos que se incrustan en las estructuras institucionales y las trastocan, profanan, destituyen incluso. Hoy Irán está mas cohesionado que antes, aunque su futuro está marcado por la incertidumbre.

Bien ha dicho el analista Bassam Haddad que habría que considerar algunos ámbitos importantes a la hora de analizar qué ocurra en Irán[7]: en primer lugar, la situación interna iraní, en segundo lugar, el campo de la “batalla regional”, en tercer lugar, la cuestión del sistema energético y financiero mundial, que pasa por Ormuz y, finalmente, la competencia entre potencias que yo marcaría bajo el peso de la mutación señalada: no hay derecho internacional operante como “tácticas” globales entre las potencias orientadas a reconfigurar el espacio geopolítico mundial.

En una breve columna, el analista Mohammed Hashemi subrayaba que, en el escenario del capitalismo global, sostenido en base a una lógica postfordista que requiere de Ormuz como su: “(…) válvula aórtica de la producción globalizada.”[8] El cierre declarado por Irán del estrecho, su certero ataque a las bases militares estadounidenses en territorio de los países del Golfo, así como las acciones de las milicias iraquíes, los atentados Huthíes contra barcos israelíes, europeos y estadounidenses por su territorio marítimo y la reaparición de Hezbollah en el sur del Líbano (Hezbollah que Israel decía que había sido debilitado) abren un conjunto de focos que interrumpen la escatología del capital en la región.

Irán es un foco más al interior de esta cartografía pero que no puede ser pensado de manera aislada sin lo que ha significado Palestina como la punta del iceberg de una multitud sublevada.

Por ahora, deberíamos atender un aspecto que resulta crucial: la temporalidad. La multitud sublevada y el régimen iraní, tiene todo el tiempo del mundo, Estados Unidos e Israel no: la presión de las monarquías del Golfo para normalizar la situación, sea para realizar los proyectos en curso e impedir la sublevación al interior de su propia población; la presión interna al propio Trump con un MAGA que ha comenzado a criticar la extensión de la guerra y su política en Medio Oriente (en la medida que ve que está movida por el lobby israelí), las elecciones en el próximo mes de noviembre donde el mandatario tendrá que enarbolar algún triunfo de toda esta campaña, y la presión del sistema financiero global sobre los precios del crudo que impactan directamente la economía cotidiana de las poblaciones; todo esto sin contar con la crisis que existe en Israel al interior de sus tropas, configuran un conjunto de fuerzas que hacen que la tarea de Trump y Netanyahu sea más difícil cada día que pasa.

Irán tiene todo el tiempo del mundo (incluso Rusia ha comenzado a vender crudo a los EEUU, beneficiándose de la guerra y convergiendo en el interés por alargarla), en cambio, EEUU e Israel no. Esta es, por ahora, la ventaja de los más débiles, de los que han sido amenazados de muerte por la intensificación del capital y sus nuevos proyectos que pretenden erigir a Israel en la gran potencia regional como una pieza más en la nueva repartición global de la Tierra.

La administración del tiempo requiere de sabiduría. Quizás, no sea casualidad que el estrecho en cuestión, lleve por nombre Ormuz (Ahura-Mazda), la deidad persa de origen zoroastriana, Dios de la sabiduría, la luz y el orden cósmico. Quizás, sea justamente ese orden el que parece haber sido quebrado y el orden que, en sus diversas formas, los sublevados, pretenden restituir.


[1] https://www.aljazeera.com/opinions/2026/3/26/as-a-palestinian-i-stand-in-solidarity-with-the-iranian-people-heres-why

[2] https://www.aljazeera.com/news/2026/2/26/india-israel-axis-what-are-the-imec-corridor-i2u2-grouping-modi-spoke-of

[3] https://www.middleeastmonitor.com/20250917-gazas-genocide-the-ben-gurion-canal-and-the-politics-of-reconstruction-erasure-by-design/

[4] https://www.bbc.com/mundo/articles/c5y33yv2ldjo

[5] https://www.obela.org/analisis/Gas-Leviathan-Guerra-Gaza

[6] https://2017-2021.state.gov/the-abraham-accords/

[7] https://www.jadaliyya.com/Details/47231/How-Might-the-United-States-and-Israel%E2%80%99s-War-on-Iran-Fail

[8] https://www.aljazeera.com/opinions/2026/3/27/the-strait-of-hormuz-is-not-just-an-oil-chokepoint

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Sobre la autora / el autor
Rodrigo Karmy
Doctor en Filosofía. Académico de la Universidad de Chile.

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