Un Consejo de Expertos que comienza a incomodar a la derecha
Tenemos claro que ante cualquier muestra de discrepancia o ruptura de cierta uniformidad simbólica, habrá mecanismos para opacarlas, aunque, si es que somos sinceros, hoy Chile poco o nada quiere saber al respecto; el Consejo de Expertos es mirado desde la ciudadanía (si es que realmente existe algo a lo que se le pueda llamar así) con cierto desdén pasivo y con una indiferencia molesta que, a lo mejor, será la clave de su éxito.
Foto: Agencia Uno
La primera gran disputa en el Consejo de Expertos de este nuevo-y afortunadamente aburrido- proceso constitucional a algunos interesados nos llamó la atención. La razón principal es porque, a pesar del tono señorial y de las corbatas que unos se ponen casi como si fueran un megáfono por el que le gritan al resto que son serios, la semana pasada vimos algo esencial para el ejercicio político entremedio de la uniformidad: la discrepancia, cierto antagonismo de criterio.
Esto sucedió porque se rechazó, por el momento, que hubiera un capítulo especial para las Fuerzas Armadas, cuestión que algunos querían para continuar con la tradición ideológica que marca la Constitución que se busca cambiar. La votación da un aire esperanzador a quienes creemos que la creación de una carta magna debe ser edificada luego de un camino de disputas, de controversias y concesiones de acuerdo al peso de una discusión, no así mediante el miedo o el sesgo ideológico.
A los que no les gustó mucho fue a los que creen que una discusión de tales características es mala e ideologizada si es que pierden. Es cuestión de echar una mirada a los medios del fin de semana. De pronto la existencia de un intercambio polémico, en medio de ese órgano que algunos creyeron diseñado para que no existieran polémicas, fue como si les desarmaran el organigrama sobre lo que debe ser el nuevo conjunto de reglas que nos rijan.
Pero la realidad es más compleja que los planes idealizados, y eso era lo primero que los señores del orden debieron aprender de la Convención Constitucional. Su principal debilidad, entre muchas otras, estuvo en que muchos en su interior creyeron (o quisieron creer) que una vez ganada una instancia, entonces, se ganaban todas. Y la política en tiempo real no funciona así.
Es malo para un debate imponer una mirada, o al menos lo es si es que no se hace de manera inteligente, sin hacer política; pero aún peor es creer que lo que se defiende no es una perspectiva ideológica, sino que lo que se piensa es simplemente el “sentido común”.
Cuando uno se hace propietario de ciertos valores como la bondad, la defensa de los derechos, por un lado, y de la sensatez, la cordura y la adultez, por el otro, de manera torpe, entonces la discusión se torna ficticia y se niega el antagonismo. Se niega al adversario, por lo que, en consecuencia, se niega la política.
Al igual que cuando se refirieron a la reforma tributaria, sectores de oposición prefieren deslegitimar la votación en el nuevo órgano constituyente antes que preguntarse por qué se rechazó una medida.
En vez de decir que están en desacuerdo, de inmediato recurren a poner en duda la capacidad de acuerdos en el futuro, lo que nos debería preocupar y llamarnos a hacer una pregunta de suma importancia: ¿qué entienden por acuerdos? La respuesta no es muy difícil: no acordar nada muy distinto a lo que harían sin que necesitaran acordar algo. Y eso es creer que de antemano la discusión está zanjada.
Es relevante recordar esto porque aún quedan temas centrales para discutir; uno de ellos es el Estado Social y Democrático de Derechos y por sobre todo qué es lo que se entiende, o qué es lo que entienden ciertos grupos por tal, ya que no hay claridad alguna al respecto. Algunos esperamos que, a diferencia de lo que muchos creen, el debate sea áspero, duro, fuerte, porque es la única manera de visibilizar aquellos contrastes entre los que avanzan o retroceden los conflictos políticos.
Sin embargo, tenemos claro que ante cualquier muestra de discrepancia o ruptura de cierta uniformidad simbólica, habrá mecanismos para opacarlas, aunque, si es que somos sinceros, hoy Chile poco o nada quiere saber al respecto; el Consejo de Expertos es mirado desde la ciudadanía (si es que realmente existe algo a lo que se le pueda llamar así) con cierto desdén pasivo y con una indiferencia molesta que, a lo mejor, será la clave de su éxito.
Pareciera que en el aire, salvo por ciertos sectores interesados, el tema constitucional es algo que debe ser resuelto solamente para que no sea tema. La crisis social, el quiebre político que vivimos desde 2019, ha venido de la mano de cambios de ánimo, de renuncias a lo que se enarboló hace meses, y hostigamiento con lo que en algún momento pareció heroico. El cansancio es generalizado, por lo que estas discrepancias sólo inquietan a los que quieren que la nueva y molesta pasividad vaya en favor suyo. A los que creen que en democracia las decisiones políticas se piensan o ejecutan sin arriesgar nada.
Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.



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