Toma de San Antonio: La resistencia de los “sentidos comunes” y la crueldad del capital
En la toma de San Antonio viven los que sobreviven y, también, los que resisten (desde que nacen) la violencia de un sistema que los castigó y castiga por el mero hecho de “no ser nadie”.
Una toma es en sí misma un acto de resistencia. Se resiste desde mucho antes que se dicte y llegue el inminente desalojo (des-alojo, quitar el resguardo; desproveer del lugar donde se habita o permanece) ordenado por el Estado, privados o cortes de apelaciones. El impulso original de la toma es ya resistencia; resistencia a las políticas neoliberales que en su defensa a ultranza de la propiedad privada engendran la necesidad de una acción colectiva disruptiva que responde a una urgencia de habitabilidad y vitalidad; de poder residir y vivir en una sociedad que los desprecia y condena a reproducirse más allá de los bordes de la mentada estratificación ¿en qué estrato social ficha una persona que no tiene casa?
¿es A, B, C, 1, 2, 3 o no tiene letra ni número al pie? Más allá del eufemismo de “las personas en situación de calle” (esa suerte de ruinosa categoría socioeconómica que permite el conteo de “los que sobran”)
Entonces nada podría ser más prístino en su vocación contra-capital que una toma de pobladores. Es la desarticulación, en la irrupción, de la territorialización fisiócrata y el logaritmo básico del capitalismo; la toma recopila solidaridades y se apuesta todo en la reunión de subjetividades con un propósito y un objetivo claro, articulado. En esta línea, por ejemplo, la toma se aleja de la noción de “multitud” de Toni Negri, la que supone la reunión de subjetividades aleatorias que se dan espontáneamente encontrando su potencia en la diferenciación.
Por el contrario, en la toma la intersección tiene que ver con individuos que comparten posiciones comunes y se reconocen en una cierta sociología de lo residual. Su potencia no es la alternancia de propósito sino la precisión del propósito. No hay espontaneidad ni multiplicidad proliferando a modo de particularidades contrahegemónicas. No, en principio en la toma todos buscan lo mismo y la heterogeneidad desaparece en favor de un principio homologable a todos los des-provistos; tampoco la cuestión va de un proletariado obrero-urbano-industrial o de la totalidad del “pueblo” expresándose en un movimiento espacial-político.
La toma es una comunidad de seres humanos que –asumiendo el más allá del margen como la condición biopolítica a la que han sido relegados– se colectivizan y avanzan, juntos, en la resistencia, sabiendo y asumiendo los riesgos que se corren, también, colectivamente. En ella nadie resiste solo.
Son hombres, mujeres, niñas, niños, ancianos y ancianas los que dicen “no” al borramiento no solo del derecho humano a la vivienda, sino al de estar con otros instituyendo sentidos comunes. Porque el temor a volver a la intemperie y a la calle como ecosistema brutal de reproducción del margen es la pesadilla cotidiana, el martilleo que construye un inconsciente colectivo perforado por el pánico no solo, se insiste, a perder un techo, sino que, y quizás con mayor intensidad, la tristeza de quedarse aislado, sin compañeros con los que se ha construido un tiempo, un lenguaje y un mundo de la vida.
Con todo, la toma viene a ser un cuerpo hecho por “cuerpos que no importan” –interviniendo el título de un libro de Judith Butler–; subjetividades que se encuentran en el tránsito de un sistema que, de no estar juntos, terminará por devolverlos, sin soluciones de ningún orden, a ese “afuera” solitario y desértico, peligroso y frío, en el que se disuelve la alteridad cotidiana con la que se elaboraba un relato del sí mismo en sincronía con alguien más: en esa afuera hay pura “sobrevivencia privada”.
En definitiva, se trataría del miedo a la pérdida de la comunidad y a la constatación de que se volverá a ser individuos invisibles, náufragos en una sociedad y cultura que los tacha y no le importa la re-pauperización de sus vidas. En la toma se sobrevive juntos, de lo contrario, se desaparece solo.
Así, la toma no es una expropiación porque no resiste encuadres jurídicos; tampoco se trata de un plan siniestro maquinado por una suerte de “burocracia popular” que organice tropas para la ocupación.
No son legiones de soldados romanos los y las que están ahí; se toma un lugar no para expandir un imperio ni para extender el dominio más allá de las fronteras originales porque, justo, no hay fronteras originales en la vida de quienes no poseen más espacialidad que la errancia; no hay límites visibles en aquellos que son sin latitud y que deambulan sin cardinalidad. No hay demarcaciones para una vida que se fagocita a cada instante en la desesperación de lo indestinado.
La toma es un salto desesperado hacia la nada donde lo único claro es que se corren riesgos, incluso de muerte; riesgos que se evidencian toda vez que se sale del “sí mismo” enclaustrado en el margen para ir en búsqueda de una fusión en lo común.
Entonces la toma se mueve en el registro de una desobediencia, de la incursión en el ámbito de lo que no tiene estatuto jurídico: es marginal respecto de la ley; un desplazamiento de comunidades que no atienden al precepto de la propiedad privada y que, sin más opciones, ocupan, toman, permanecen y resisten. Ahora, no se trataría de desobedecer como la acción de un grupo humano simplemente caprichoso que un día tuvo la ocurrencia de hacerse de un terreno que no les pertenece “legalmente”. Es probable que nadie quisiera vivir en una toma, no es “una opción de vida” ni lo que se esperaba para los hijos.
Se desobedece no solo a las políticas segregadoras del Estado y el mercado, sino que a la miseria, a la pobreza en sus niveles patéticos, a la crianza callejera, a la inhumanidad e indolencia de los que sí tenemos un lugar para vivir porque entramos al sistema, “dimos el pie” y pudimos mostrar que cumplimos con ese fetiche tiránico que se exige casi como mantra o título de nobleza en Chile que es “la casa propia”. La resistencia de una toma en esta línea es por sobrevivir; se resiste para continuar, pese a todo, sin importar, de nuevo, la consecuencias que de seguro llegarán –y con violencia–.
La Corte de Apelaciones de Valparaíso fijó para el próximo 27 de febrero el comienzo del desalojo de la “megatoma de San Antonio”, en la que viven más de 10 mil personas. Según los datos, el 33% son niños, niñas y adolescentes, el 13% son población extranjera y el 90% de las personas que ahí viven nunca ha tenido subsidios habitacionales y pertenecen a la población más pobre del país. No se ha llegado a ninguna solución.
El gobierno de Gabriel Boric (que prometió en campaña que ninguna persona sería desalojada de una toma sin antes tener una solución habitacional concreta) no ha podido negociar con los privados que aparecen como los “legítimos” dueños de las 260 hectáreas tomadas. No me referiré a los obvios problemas que traerá el desalojo en diversos órdenes (impacto urbano, caos en el puerto, los más de 1500 efectivos de fuerzas policiales que se requiere para erradicar a una población de esta magnitud y que se enfrentará a pobladores que no se dejarán desalojar; la violencia que sin duda estará presente, en fin).
Lo que sí es importante, según lo veo y quiero entender, es que en la toma de San Antonio (así como en cualquiera de las 1400 tomas que hay en Chile) y por encima de cualquier implicancia jurídica, están los que nunca están; los que no queremos ver; ese apéndice bizarro –patético a ojos de los que estamos “dentro– que activa nuestra indolencia y del que solo tenemos noticia ahora que los medios sensacionalizan lo que “puede ocurrir”.
En la toma de San Antonio viven los que sobreviven y, también, los que resisten (desde que nacen) la violencia de un sistema que los castigó y castiga por el mero hecho de “no ser nadie”. También en la toma se incendia la vergüenza que debiera sentir un país que ha hecho de la pobreza el flujo sacrificial necesario del que se alimenta el sistema y pulso neoliberal; zona de sacrificio en la que se expían los “pecados capitales” de una sociedad ciega de no querer ver lo que realmente es.
Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.



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