Opinión

Teletón, el gran rito ideológico

La Teletón es el gran estandarte de esa ideología que establece que lo público es aquello que no necesita al Estado para organizarse. Es el corazón de lo que se quebró en la forma 2019, pero sobrevive en el fondo, porque el ciudadano que alaba o critica esta fórmula político económica es (somos) parte esencial de ella.

                         

En las sociedades los ritos muchas veces sirven como formas de ocultar controversias, darles un cauce o simplemente quitarles sentido; cuando en estos subyace un relato implícito casi tan fuerte como el explícito, entonces resulta que crean un terreno social y político que no les sea adverso.

El rito de la Teletón es un gran ejemplo. La ida al banco a depositar con la familia, los discursos llorosos de Don Francisco y la idea de que esta instancia está por sobre cualquier diferencia que se pueda tener en otro día, es lo que la sostiene ideológicamente y lo que ha dado resultado por años. Y sucede porque ha sido capaz de construir una cultura que está por sobre las opiniones en su contra.

Lo vimos durante estos días; pareciera como si, de un momento a otro, el relato de la causa se hubiera rehabilitado, sin embargo, lo cierto es que siempre estuvo ahí, no ha dejado de funcionar nunca, potente, fuerte, parado sobre la idea penetrante de que la solidaridad, en lo simbólico, es obligatoria, pero en lo concreto es únicamente voluntaria.

Es un contrato social imaginario, sin otra gran obligación real que repetir frases que mantengan vivo el pacto.

No es casualidad que esta ceremonia televisiva sirva para desarticular, aunque sea momentáneamente, las crisis simultáneas en las que estamos sumergidos. Es un bálsamo para el alma patria del chileno medio el hecho de que no haya un Estado entre su voluntad y la institución que ayuda si es que quiere o no.

Si hay algo en lo que se funda el discurso de esta obra es la ausencia del aparato estatal como eje organizacional de la comunidad; es la sociedad civil la que se establece como el factor principal, como si no hubiera más que un programa de televisión para hacer visible el pacto ya mencionado.

Quienes somos críticos de esta manera de pensar la solidaridad y la relación entre los ciudadanos, debemos tener conciencia de que hay una construcción material y simbólica más fuerte de lo que podemos pensar. Material porque los hechos, los resultados, están ahí, a la vista; y simbólica porque a raíz de esos resultados se fortifica una mirada que, a pesar de todo, como dijimos más arriba, está ahí, inquebrantable.

Podremos patalear, podremos espantarnos con la chabacanería, con la búsqueda de la emoción fácil de los animadores y los empresarios donantes; pero no hay nada más fuerte y organizado que aquel pacto, porque creció de la mano de la llamada “modernización capitalista” y fue la que le dio el contenido.

La Teletón es el gran estandarte de esa ideología que establece que lo público es aquello que no necesita al Estado para organizarse. Es el corazón de lo que se quebró en la forma 2019, pero sobrevive en el fondo, porque el ciudadano que alaba o critica esta fórmula político económica es (somos) parte esencial de ella.

¿Puede ahora este ciudadano reclamar ante los datos dados a conocer por Ciper sobre el uso de los dineros de esta iniciativa? ¿Puede alegar algo parecido a un “deber público” de esos dineros? En las formas, claro que sí. Pero en lo concreto, no. Porque no existe ninguna obligación real con reglas públicas más allá de las buenas intenciones y los notables resultados de la causa. Eso es la Teletón: una obligación simbólica que no compromete necesariamente un deber específico con lo público.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Sobre la autora / el autor
Francisco Méndez
Analista Político.

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