Opinión

¡Tania Bruguera Go Home! Mucho ruido y pocas nueces

La artista se asesoró por la misma persona que le dio la idea de imprimir videos al diputado Schalper. Resulta curioso, a propósito de que a la pobre e inofensiva Bruguera no la dejan tranquila con su arte comprometido con la libertad de expresión y los DDHH en democracia, que gran parte de los recortes sean de periódicos de la calaña de El Mercurio y La Segunda.

La diferencia entre una democracia y una dictadura consiste en que en la democracia puedes votar antes de obedecer las órdenes.

Charles Bukowski.

El sábado 7 de octubre del año recién pasado se inauguró Magnitud 11.9, exposición de Tania Bruguera curada por Joselyne Contreras. A grandes rasgos, la muestra propone una reflexión sobre la fragilidad de la democracia, a través de diversos lenguajes artísticos que tematizan las violaciones a los derechos humanos en el Chile dictatorial, la prisión política en Cuba actual, y también, las repercusiones mediáticas de la estadía de la artista en el contexto de los 50 años del Golpe.

El relato visual de la exposición fue el resultado de un proceso de residencia llevado a cabo por la cubana. La estadía de Bruguera en Chile –prolongada desde el 5 de junio al 5 de julio– provocó una serie de repercusiones mediáticas, ya que su postura crítica al gobierno cubano resultaría inapropiada en el contexto de las conmemoraciones del 11 de septiembre de 1973; sobre todo, pensando en que la exposición sería acogida por el Museo de la Solidaridad Salvador Allende (MSSA).

Se presagiaba que la inauguración de Magnitud 11.9 causaría gran impacto. Después de cuatro meses de cobertura periodística, defensas corporativas a la libertad de expresión, dimes y diretes con figuras públicas de la talla de Daniel Jadue y el nieto del presidente Allende, más la investidura de una artista que se jacta de sus extensas credenciales internacionales, era de esperarse que la exposición fuera directamente proporcional al exhibicionismo de su autora. Más aún, cuando el miedo institucional a supuestos intentos de cancelación llevó a manejar el evento con cautela.

No fue anunciado públicamente y para asistir era necesario inscribirse. El ingreso estaba custodiado por un carabinero y dos funcionarios pasando lista. Los discursos se llevaron a cabo en la explanada trasera del edificio, donde se esperaba al público con cervezas y vino para capear el calor, la sed, y sobre todo, la larga espera a la apertura de las puertas.

Pocas personas asistieron en comparación a las concurridas inauguraciones del MSSA, cuando taquillaban políticos, actores de TV y escritores best seller que honraban con su presencia al miserable gallinero del campo de las artes visuales, donde a lo sumo llegan dos pelagatos con un pandero. Cuando ya caían los patos asados, Claudia Zaldívar –directora designada y vitalicia del MSSA– se dirigió a las menos de cien personas que estoicamente se mamaron más de una hora para  ver la exposición más anunciada del año. Como ya se ha hecho costumbre, la Ministra de Cultura brilló por su ausencia. Para protegerse del posible escarnio, decidió enviar un medio pollo en su representación.

La exposición ocupaba cinco salas y un pasillo del segundo piso. Al subir las escaleras, en la nave central, lo primero que se veía eran cinco teselados amojonados a ras de suelo en forma de cruz. En cada de ellos estaba grabada la inscripción “NUNCA MÁS. A 50 años del golpe civil-militar de 1973”, acompañada de diversas numeraciones de avenida República que otrora acogieron al cuartel general de la Central Nacional de Informaciones (CNI). En uno de los muros aledaños se indicaba que inicialmente esas obras iban a ser instaladas en plena calle. Sin embargo, se excusaron de no poder hacerlo, debido a problemas que no vienen al caso.

Los dos muros más vistosos acumulaban una cantidad grosera de prensa local, internacional, e incluso pantallazos que documentaban lo polémico de la visita de Bruguera a Chile. La artista se asesoró por la misma persona que le dio la idea de imprimir videos al diputado Schalper. Resulta curioso, a propósito de que a la pobre e inofensiva Bruguera no la dejan tranquila con su arte comprometido con la libertad de expresión y los DDHH en democracia, que gran parte de los recortes sean de periódicos de la calaña de El Mercurio y La Segunda.

¿Estará enterada Bruguera del rol que cumplieron y siguen cumpliendo esos medios respecto a la historia política nacional? Da la impresión de que ni la artista ni la curadora conocen las andanzas de Agustín Edwards por Estados Unidos, cuando se dedicó a boicotear al gobierno de la Unidad Popular, en complicidad con Nixon y Kissinger. Es inconsistente y farsante su discurso activista, si sostiene su argumento en los mismos periódicos que encubrieron el terrorismo de Estado y censuraron voces disidentes incluso después de dictadura.

El siguiente módulo de la exposición intentaba dar cuenta de la cantidad de presos políticos en Cuba: 1862. Miles de nombres horadaban las paredes, escritos a mano, como si se tratara de un recinto carcelario rodeado de garabatos. Bajo los nombres de los reos se consignó la condena de cada uno, adherida en plotter de corte blanco e ilegible. No se entiende el motivo de dicha decisión cromática, si el objetivo de la artista era sensibilizar a los espectadores sobre la prisión política. Eso, iluminado de temperatura fría, más un cubículo al centro donde podían oírse voces, evocaba una atmósfera tremebunda. La obra es mezquina simbólicamente, ya que reduce las identidades de esos sujetos a mera cifra. Más que afecto, produce indiferencia.

En la próxima sala se ubica la instalación más llamativa, visual y olfativamente de toda la exposición, cuestión que se agradece, ya que el olfato no es precisamente el sentido más explorado en el arte contemporáneo. La obra, titulada Exempli Gracia, emula el gabinete de un museo histórico. En este caso, la artista recrea un salón de CEMA Chile; fundación dirigida por Lucía Hiriart, dedicada al bienestar social de las mujeres. Para tal cometido, Bruguera escenificó un regado banquete lleno de licores, repostería y ostras. Del bivalvo en cuestión emanaba un nauseabundo olor que contaminaba todos los rincones de la sala, y funcionaba como alegoría a la corrupción política en esos años.

Aunque la potencia estética de la instalación resulta difícil de cuestionar, si es cuestionable la supuesta investigación histórica, puesto que carece de anclaje suficiente en imágenes de época. Más que recrear la estética de CEMA Chile –chillona, naif y “femenina”–, parece el set de una película de Pablo Larraín sobre la dictadura, donde los pobres chilenos parecen personajes de cine arte polaco.

No vale la pena gastar palabras en el siguiente módulo de la exposición, ya que Bruguera se limitó a colocar unas pantallas para reproducir el contenido digital de un instituto creado por ella misma, nuevamente haciendo gala de su exhibicionismo y megalomanía patológicos.

La última parte del recorrido de Magnitud 11.9 es sin lugar a dudas la más julera, y a la vez más representativa de la muestra. Mucho ruido, y pocas nueces. En el umbral de acceso se advierte a los visitantes del contenido sensible que verán a continuación. Se sugiere la presencia de un adulto responsable en el caso de ingresar con menores de edad. El espacio está casi en penumbra absoluta, salvo por la proyección del video de un ojo en tinta alusivo a quienes perdieron la vista en el estallido social. Junto con la pieza audiovisual, la intervención de la artista es mínima: consistió en maquillar la habitación para que luciera desvencijada, húmeda y tétrica.

Nuevamente la artista dándose color. En una sociedad donde la violencia está naturalizada no solo a través de la crónica roja que copa la agenda de los medios de comunicación masiva, sino que también mediante las sinfonías de balazos que a diario se escuchan en barrios populares, ese ojo en tinta es apenas un pelo de la cola.

La última pieza de la exposición se consignó como una desclasificación de archivo. Al fondo del pasillo más feo y estrecho de todo el Museo, están pegadas a muro dos páginas impresas de la Ley de Amnistía que Bruguera sacó de internet. Es una burla que una cubana viaje desde EEUU, apoyada económicamente por una Universidad Yanqui, para enterarse de que aquí hubo borrón y cuenta nueva para quienes torturaron y asesinaron a sus compatriotas.

La exposición no logra hacer visibles sus premisas y contradice su propio tollo curatorial.  No se puede sacar a El Mercurio y La Segunda al baile para luchar por la democracia. Respecto al proceso de investigación y residencia, para así vincularse con la comunidad y el territorio, se trata de cuestiones igual de ineficientes que la curadora de la exposición. Más bien, parecen palabras vacías consignadas únicamente para demostrar que se está haciendo la pega que realmente no se hizo. Aunque siendo justos, no se puede negar que Bruguera hizo trabajo comunitario y territorial. La pregunta aquí es con quienes y donde se llevaron a cabo esas tertulias.

El último día de su residencia en Santiago de Chile, Tania Bruguera publica una fotografía posando con Chico Zaldívar, luego de conversar sobre transición a la democracia. Nada mejor para conmemorar los 50 años del Golpe que sacar del sarcófago al papito golpista de la directora del Museo. Para la próxima podría haber ido a cenar donde Pablo Zalaquett. Eso es la democracia que promueve el MSSA a 50 años de la muerte de Allende: un gobierno de matriz oligarca, neoliberal y bananero, donde el lobby y el boicot se disfrazan de arte contemporáneo.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Sobre la autora / el autor
Antonio Urrutia Luxoro
Escritor y crítico cultural.

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