«Sobreviví a Schoensttat»: Crónica sobre un movimiento ultraconservador
Una crónica acerca de la experiencia en un colegio Schoensttat. Una mirada crítica y reflexiva.
Tenía ocho años cuando presencié esta escena. Íbamos llegando a uno de los santuarios de Schoensttat (que en alemán significa “lugar bonito”) y aunque todo se veía como siempre, habían voces susurrando cosas que no entendí bien y muchas miradas incómodas.
Ahí estaba ella, parada fuera de la reja del epicentro apostólico de la mater, con ropa sucia, frazadas colgando desordenadas y solo miraba, no pedía nada, solo estaba ahí. Creo que la miré más de lo normal, al igual que las demás niñas con peinados perfectos y uniformes impecablemente planchados. Los adultos caminaban rápido y se acercaban a la hermana encargada apenas entraban. “Hay una persona afuera, hermana”—decían, e incluso recalcaban el hecho de que no tenía que estar ahí».
Mis compañeras de colegio y yo mirábamos toda la situación con interrogantes, buscando en los ojos adultos alguna respuesta, pero solo nos encontrábamos con silencios, con el implacable orden alemán y la gestión sigilosa de llamar a la fuerza policial.
No hubo escándalo, no hubo alboroto. En mi cabeza no se comprendía la idea de que una sola presencia moleste al nivel de suspender la misa diaria y dejarnos a todos esperando que “lo que molestaba” se fuera, y pronto.
Esa tarde hablaron del amor, de ayudar a los otros y ver a Jesús en los demás, de consagrarse a la mater, la madre de todos y la protectora favorita del movimiento. Aunque mi edad era corta pero el pensamiento crítico alto, cada palabra que pronunciaba el sacerdote dentro de ese pequeño santuario adornado con mucho oro, cosas brillantes y abundancia económica, se contradecía con la imagen de la mujer pobre de la entrada, esa que sacaron muy prontamente con los carabineros.
No pregunté nada sobre mis dudas, ya que la última vez que lo hice me obligaron a escribir en alemán 300 veces: no debo preguntar tonterías.
Nadie me pidió la opinión cuando arbitrariamente me inscribieron en el único colegio del movimiento de Schoensttat que había en Santiago. Mis papás, católicos y practicantes, pensaron que un lugar así podría darme una formación sólida en valores y espiritualidad, además del rigor alemán que por los años 80 y 90 tenía bastante buena reputación.
Ya las salas de pre kínder anunciaban lo que años más adelante iba a ser la normalidad; los espacios de esparcimiento era una pequeña cocina y, si te portabas bien, tenías derecho a ocupar el teléfono de madera, como si esa pequeña “distracción” de las labores fuera un premio al trabajo bien hecho.
Cocinar, lavar, planchar, coser, hacer bastas en pantalones de hombres, coser botones en chaquetas…cada actividad de este colegio me recordaba la misión primigenia de una fémina; estar al servicio de todos. La fuerte presión social de aquel círculo, con los aros de perla y la ropa establecida, me llevó a participar en una subtrama de todo este universo, los llamados “apóstoles de María”.
Mi carácter rebelde, la voz fuerte y mis preguntas incómodas debían aprender a pertenecer a este mundo, donde nos enseñaban a ser instrumentos de la mater, a ser dóciles, a cumplir nuestra “labor” (la que la sociedad nos dio al hacernos mujer, decían).
Campamentos, canciones con toques de pop y muchos cuadernos de actividades inundaron mi vida por esos años. Había una constante idea de que éramos las elegidas, las especiales por estar ahí, que teníamos una misión y que nuestro pañuelo celeste indicaba en el nivel de compromiso que nos encontrábamos con el movimiento.
Ah, pero para poder ascender en esta hermosa escala espiritual que nos encomendó el padre José Kentenich, había que pagar por unos materiales que solo vendían en el colegio y que para la época, costaban muchísimo dinero. Ya en la última etapa y un poco más madura, me demoré en pagar la cuota y fui inmediatamente desvinculada del movimiento vip al cual pertenecía. Ya no más risas y juegos en los campamentos, ya no más dinámicas representando al fundador, ni los grupos exclusivos de cahuín donde se hablaba de mujeres de sexualidad libre.
Todo eso se terminó para mí, pero seguía inmersa en este movimiento que, aunque se disfrazaba de amor profundo al prójimo, no hacía más que apuntar a las que nos salíamos de la norma, a las “libertinas” como alguna vez me calificaron.
Nunca se me acabaron las preguntas porque cada máxima que se supone que nos entregaba la mater, era más arcaica que la anterior. Estábamos entrando a un nuevo siglo y ellos seguían repitiendo que es mejor callar, que no hay que hacer preguntas ni cuestionarse tanto, solo seguir las enseñanzas del señor Kentenich, que a esa altura era visto como un gurú salvador y perfecto moralmente hablando (años después se descubrió que abusaba de las hermanas de María, las monjas).
Con el tiempo aprendí las reglas sin que nadie las dijera, sobre todo pensando en el gran galardón que el colegio entregaba a quienes encarnaban el modelo: el premio anual a la feminidad. Un reconocimiento sumamente anhelado por todas nosotras en aquel entonces.
Siempre me quedaba observando a esos modelos de pureza, niñas igual que yo (incluso muchas de ellas componen hoy el gabinete del gobierno de Kast), pero que se comportaban o sabían cómo moverse en este sistema perverso donde la docilidad era clave y yo no estaba dispuesta a seguirla.
Con la adolescencia llegaron las dudas más críticas, los pensamientos más pocos schoenstattianos que podían existir y aunque ya no sentía esa presión angustiante por pertenecer, no me cabía en la cabeza que niñas adolescentes tuvieran un pensamiento tan añejo como el que nos estaban inculcando hasta ese momento, por lo que un día decidí hablar de “temas polémicos”.
No recuerdo a raíz de qué, pero pregunté sobre el aborto a mis compañeras. Les conté una situación común lamentablemente, donde una niña es violada por un hombre mayor y debe parir a ese niño. El silencio fue ensordecedor, un tenso momento donde sus caras de horror delataban que había dicho algo considerado peligroso.
El estupor pasó muy rápido y el tema se resolvió de manera educada, como nos habían enseñado, cerrando la incertidumbre y conteniéndola antes de que se transformara en algo más grande, como una discusión.
Ya en ese punto me percaté que no había vuelta atrás; el movimiento estaba hecho para repetir y callar, asumir, agachar la cabeza, no salirse de la línea imaginaria de lo “correcto”, de la doctrina que la mater con su infinito amor había llenado en nuestros inocentes corazones. Así mismo como aprendí a moverme en ese mundo lleno de reglas y normas establecidas, también asimilé algo que nadie me enseñó; hay un abismo de diferencia entre lo que se muestra y lo que realmente se hace.
El núcleo fundamental de este movimiento no está en sus hermosas palabras, las que hablan de amor y solidaridad, está en mantener esa imagen en el tiempo, sin necesariamente hacer algo al respecto. Ellos decía lo que debían, lo que era “correcto”. Y el amor al prójimo es más fácil anunciarlo que hacerlo en la práctica. Todas las enseñanzas estaban envueltas en un lenguaje tan correcto y pulcro que la evidente contradicción en la práctica, apenas se hacía visible a los demás.
Chile no está dentro de ese exclusivo santuario lleno de lujos, Chile es la señora que estaba en silencio afuera de la reja, la que molestaba y no combinaba con la estética alemana perfecta, porque la pobreza, lo sucio y lo desigual no pertenece a la vida schoenstattiana. Y la forma de cómo “solucionar” este “problema” es la misma que vi en los 90; hablar mucho sobre el amor al prójimo pero sacar lo feo, lo que desentona.
No fue un episodio aislado, es una forma de orden y control, un manera de sostener el mundo donde todo parece coherente y perfecto, siempre y cuando las cosas “feas” queden afuera. Valores de solidaridad en teoría y relato, pero que cuando una mujer pobre se para afuera de uno de los lugares con la gente más rica del país, hay que hacerla desaparecer sin violencia, sin caos, en silencio y con una disciplina germana que recuerda formas de poder dictatoriales, no por nada el movimiento nació en la primera guerra mundial.
Chile se parece más a eso que quedó fuera que a quienes están adentro predicando sobre el amor, y dejando afuera a algo que no tiene lugar y que hay que sacarlo porque estéticamente, no calza con los valores que el padre José Kentenich creó especialmente…por amor.
Después de vivir toda esa experiencia que formó un gran trauma en mi día a día y me alejó de toda religión o creencia, puedo afirmar con convicción que lo fundamental de este gobierno schoenstattiano y del movimiento en sí, más allá de un discurso lleno de frases hechas y lugares comunes, es la relación incómoda que tienen con lo diferente. Todo aquel que se desvíe del molde estético, moral e identitario, es corregido (si se puede) o expulsado con una sutileza violenta pero amable, porque no tiene cabida ningún tipo de disidencia, donde “lo otro” incomoda, molesta, y corresponde a una desviación del camino correcto.
Estuve bastantes años sintiéndome como ellos querían que lo hiciera; que me costara encajar, que no perteneciera a ninguna parte, que básicamente sintiera que era mi culpa ser diferente, por lo que aprendí a la mala que aunque el discurso se llene de amor al prójimo, si ese prójimo se sale del encuadre, es dejado a un lado porque la imagen es más importante que la palabra, algo así como desplazar a un trabajador del casino de la Moneda para que las cámaras te vean sirviendo a los demás, algo que por supuesto haría la mater.
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Que terrible! Yo también pertenecí a Schoenstatt años. me salvé del colegio Schoenstattiano porque en mi región no había. Participé como apóstol de María un tiempo, después fuí pre aliada y aliada, pasé por todas. Hice la alianza de amor con la mater (se me perdió la medallita a la semana jajaja, era una señal). Fuí dirigenta de apóstoles!! Yo les enseñaba a unas pobres niñas a ser pequeñas María, que me perdonen!! Nunca estuve ahí como por fé o espiritualidad, lo tomaba como un extra programatico del colegio, era entretenido en su momento, organizar cosas, juntarte con gente que no conoces, socializar. Nunca me interesó mucho pertenecer menos mal, pero igual me miraban raro, no calzaba mucho, no estudié en los colegios más cuicos de mi región, venía de un colegio «flyte», «picante» para ellos. Fui a picarquín a la junta nacional de aliadas, creo que fue en 2009, ahí me encontré con las cuicas más cuicas, ahí si me discriminaron e hicieron bullying, me encontraban fea y flyte supongo, con otros intereses, era rara pa ellas que eran todas iguales. Tuve la «suerte» de no sufrir tanto personalmente como aparece dicho aquí, no se me generó un trauma, igual es brígido porque estuve casi toda mi vida, igual tengo recuerdos buenos, me encantaría odiar más a Schoenstatt jajaja pero hasta me he visto defenderlos de los legionarios de Cristo y Opus dei. Yo llegué por un amiga y decepcioné a mi familia comunista jajaja recapacité menos mal. Nunca fui facha por estar ahí, fuí criada en la izquierda, no conocía otra cosa, no conocía lo facho. Debí haber sido la única roja de Schoenstatt de mi ciudad y no es broma jajaja Pero en fin, si he conocido gente que lo paso pésimo en Schoenstatt y empatizo mucho y es válido todo sentir. Claramente estos movimientos católicos que trabajan para la iglesia están llenos de redflags, tanto pa los chicos y las chicas. Te cuentan una historia linda del proceso y el nacimiento del movimiento pero al final es todo Kakast igual! Ni que fueran fundaciones!