¿Quién cuida a quienes nos educaron?
La fotografía de Doris Cooper, brillante criminóloga y socióloga, pidiendo “salir de esta cárcel” desde su residencia de personas mayores, no solo es una tragedia personal, es el roto espejo de un país que desecha a sus intelectuales cuando dejan de producir papers o marcan puntos de rating.
La entrevista publicada por Víctor Hugo Robles en este medio nos revela el infierno de una intelectual que, tras décadas analizando la mente criminal en televisión, y en la academia, formando generaciones, termina declarada interdicta y abandonada por su única hija, para, supuestamente, arrebatarle el patrimonio. Doris, transitó de un Hospital Militar a diversos hogares desde donde fue expulsada por no pago, llegando finalmente a un hogar desde donde las visitas son restringidas.
El caso de Doris no es el único, es sintomático. Nos hace mirar esta realidad incómoda: la familia, a veces, deja de ser refugio y se convierte en verdugo. Y cuando el vínculo de sangre fracasa ¿Quién cuida a quienes nos educaron?
Y es que el silencio de la institucionalidad atropella. Las universidades chilenas, públicas y privadas, tienen una maquinaria muy eficiente para jubilar a sus profesores, pero no se asume ninguna responsabilidad ética con ellos después del retiro. Que por cierto hace parte de las leyes laborales. Docentes que entregaron su vida a la academia, formando profesionales que hoy contribuyen al desarrollo del país, enfrentan la precariedad, soledad y, como Doris, el abandono.
Nuestros académicos no son material de descarte. Es imperante repensar el rol de la comunidad educativa/universitaria más allá de la vida laboral activa.
Por esto, plantear la creación de residencias universitarias para exprofesores no es un acto de caridad ni asistencialismo: es un acto de justicia histórica. Espacios dignos, gestionados o apoyados por las mismas casas de estudio que se enriquecieron con el prestigio de estos docentes, donde puedan vivir su vejez con pares, con acceso a cultura, salud, pero sobre todo, protegidos de la depredación patrimonial o el olvido.
Hacemos una invitación a todas las universidades del país, como comunidades educativas a demostrar que ese vínculo no se rompe cuando se deja de firmar la planilla de sueldos.
Necesitamos una sociedad empática y solidaria para que todos los y las académicos que hoy, en silencio, están presos del olvido tengan un buen pasar donde puedan seguir soñando, creando y contribuyendo a nuestras comunidades educativas.
Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.



Deja una respuesta