Progresismo y conservadurismo unidos: La presidencial ya la ganó la seguridad
El triunfo de la lengua de la seguridad significa destruir el encuentro entre cuerpos y la reducción de la política a un asunto puramente policial.
Las elecciones presidenciales en Chile ya están decididas. Independiente de la coalición que gane, de su vestir, su retórica, su respaldo, sus banderas, rojas o azules, si será de la autodefinida izquierda o derecha, lo cierto es que habrá ganado la policía.
Función securitaria por antonomasia, la policía, es la única candidatura que triunfó y todo aquél que intente alzar su nombre para ponerse en la papeleta presidencial tendrá que hablar su lengua y vestir su uniforme.
Durante estos 4 años, ha sido precisamente esa lengua –la de la “seguridad”- la que ha unificado completamente a la totalidad del espectro político. Se dirá que no hay alternativa a la policía porque las condiciones de inseguridad se han profundizado a tal punto que solo la policía resuelta plausible. Pero, la “seguridad” no tiene por objetivo resolver la “inseguridad” sino producirla para alimentarse de ella y acrecentar sus tentáculos.
La inseguridad es la condición de la seguridad no el “mal” que ésta última venga a “resolver”. De ahí, el carácter mitológico de la seguridad: la seguridad se alimenta de la inseguridad produciéndola incesantemente una y otra vez. Que la seguridad sea nuestra mitología no quiere decir, por cierto, que ésta “no exista”, sino más bien, que su forma de existencia se anuda en el despliegue de múltiples mecanismos de control irrigados en todo el campo social.
Frente a ello, el otro aparece inmediatamente como una amenaza existencial y, en este sentido, el énfasis en la seguridad solo pone de relieve la bancarrota ética del país que no ha sido capaz de hablar otra lengua más que la de la violencia.
Justamente los que criticaron fuertemente la supuesta violencia “octubrista” no tuvieron ningún problema en clamar la instalación sin contrapesos de la violencia securitaria. Así, la política no quedó sin otra lengua que no haya sido la de la seguridad y, en este sentido, todo aquél que postule a la presidencia, independiente de sus progresistas intenciones, de sus historias “contra la dictadura”, de sus garantías de “democracia”, no podrá sino hablar la lengua policial, porque es precisamente ésta la única lengua impuesta.
En otros términos, la presidencial ya la ganó la seguridad bajo el alero de la función policial y su violencia. Y fue precisamente la función policial la que tuvo la capacidad de restituir el consenso de la propia clase política frente a la potencia de la revuelta popular de 2019 que amenazó con romper el pacto oligárquico de 1980: progresismo y conservadurismo unidos contra una amenaza que, según dicen, resulta ser “exterior”.
Pero las cosas son más complicados y menos ingenuas: no hay más “exterior”, el otro al que todos los días se nos llama a aniquilar y a combatir, en rigor, es “interior” a nosotros mismos porque hemos devenido extraños a nosotros mismos. Nos miramos al espejo y toda nuestra imagen redunda quebrada.
El Chile “modelo”, el Chile “jaguar”, el “mejor alumno” de la región sucumbe a sí mismo, se agota frente a la imposibilidad de soportar su propio ideal, aquél instalado en y bajo el yugo de la transición.
Frente a las ruinas, el fascismo ofrece la ilusión de que nada está roto devolviéndonos una imagen de nosotros mismos entera y completa: la invariabilidad del orden de las cosas que un “mal” ha osado destruir: los “comunistas”, “migrantes”, “feministas”, en suma, todos los demás. Frente al mundo de los “demás” que amenazan con destruirlo todo, el fascismo se erige como la protección benévola, único espacio de resguardo frente al bombardeo de una era.
Aquí nos encontramos con el verdadero legado de 2019: si en él se articularon dispositivos jurídico-político cristalizados en una intensificación de la policía frente a la posibilidad del encuentro entre cuerpos, junto a dispositivos biomédicos que prometieron prevenirnos del contagio virológico que acontecía en ese mismo encuentro, justamente lo que está en juego en la política de seguridad, hoy totalizante y totalitaria, es la conjura del encuentro entre cuerpos y, en este sentido, la destrucción de toda relación con otro, destrucción, por tanto, de toda ética común.
Evitar contacto, impedir la relación con otro, convirtiendo al otro única y exclusivamente en una amenaza. Así, el fascismo convierte toda relación afectiva con otro en una encarnizada guerra por la sobrevivencia. Por eso, no es casualidad –tal como observó Wilhelm Reich en 1933- que el discurso fascista tenga un carácter estructuralmente individualista.
El triunfo de la lengua de la seguridad significa destruir el encuentro entre cuerpos y la reducción de la política a un asunto puramente policial. Como decía un jurista en los años 60, la policía no es “nada apolítico”, sino más bien, es lo más político de nuestro presente. Por eso, la elección presidencial ya está decidida. Porque gane el candidato que gane, necesariamente habrá ganado la policía.
Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.



Deja una respuesta