Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales: falogocentrismo, histeria y porvenir
Bengoa es un intelectual, no un mercader de la academia.
Un premio genérico
De las 18 veces que se ha otorgado el Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales (en adelante PN), a la fecha solo se lo han adjudicado tres mujeres: Carla Cordua, Sonia Montecinos y Elizabeth Lira. Esto, por cierto, quiere decir algo y es relevante.
La diferencia es demasiado amplia y evidente como para no dar con la disparidad de género. No sé si se trata de un sesgo arbitrariamente intencionado, maquinado en cuartos oscuros en los que industrias masculinas reproductoras de una episteme hegemónica han conspirado, pero sí como una tendencia cultural y genérica a lo que Jacques Derrida llamó “falogocentrismo” (noción aparecida por primera vez en el texto El Factor de la verdad de 1975), interviniendo aquello que Lacan rotuló, a su vez, como “falocentrismo” en su conferencia de 1959 “La significación del falo”.
De manera muy general y resumida, por falogocentrismo entendemos a la producción trascendental, parcial y arbitraria de los significados; la imposición de una forma de hacer la historia y la realidad inteligible desde un tipo de dominación fáctica y específica. Falo + logo + centrismo: imposición de la racionalidad occidental centrada en sí misma. Entonces, todo esto va de un significante primordial asociado a nuestra cultura y que es resorte de lo que Lacan llama, en la conferencia señalada más arriba, la “Ley paterna”. Así, el falogocentrismo operaría como “[…] la erección del logos paterno (el discurso, el nombre propio dinástico, rey, ley, voz, yo, velo del yo-la-verdad-hablo, etc.) y del falo como ‘significante privilegiado’” (Derrida, Tener oído para la filosofía, 1973).
Ahora, y aunque la cuestión del falogocentrismo es mucho más compleja, ciertamente, y apunta a cuestiones de diferenciación y clasificación de género asociadas a la subalternización de la mujer en la historia a todo orden, no será impertinente preguntarse –dado que el Premio Nacional es una suerte de trofeo ofrendado al uso de una cierta “razón” (logos) que viene a premiar a quien en mayor medida le habría dado un uso superlativo a la razón misma, distribuyendo conocimiento ahí donde no lo había y, entonces, llenando un espacio vacío y por consecuencia ampliando el perímetro del saber en torno a cuestiones que tienen que ver con la cultura, la sociedad, el mundo, lo histórico y lo contingente– si el PN no es, precisamente, un dispositivo-turbina del saber-poder falogocéntrico.
En el entendido que las mujeres “premiadas” aparecen como una nítida excepción en la secuencialidad de los “laureados”: ¿no estamos en presencia de uno más de los artefactos culturales elaborados, conscientemente o no, para sostener una diferencia?
Si 15 de 18 veces el Premio Nacional lo han obtenido hombres ¿no hay acaso, en esta suerte de iteración, una fractura que se desplaza a modo de magma subterráneo y arcano, primero, sintomatizando y después cristalizando institucionalmente el lugar que ocupan las mujeres productoras de conocimiento, aparato crítico, epistemologías disidentes, en fin, en la academia chilena o fuera de ella? ¿no se deja ver en el Premio Nacional el hiato, la elipse, la cesura, el intervalo extendido, exagerado y excluyente al momento de favorecer –en una sucesión casi perfecta– a la ‘‘hermenéutica de los hombres”?
José Bengoa
Todo lo anterior no tiene que ver ni de asomo con dejar de reconocer la grandeza de pensadores que han obtenido el Premio Nacional (que sin embargo no ha estado exento, también, de errores derivados de permutas políticas o cuoteos urgentes para estetizar la “pluralidad” del laurel). Pienso en Manuel Antonio Garretón, Humberto Giannini, Roberto Torretti, Tomás Moulian, entre otros –no todos–.
Y claro, el recientemente galardonado José Bengoa; intelectual de una enorme trayectoria cuyos aportes –no solo a la antropología, o a la historia del pueblo mapuche, de suyo excepcionales, sino también al estudio de la Reforma Agraria y a lo que él mismo denomina “La revuelta campesina”, sin dejar de lado sus múltiples y profundas reflexiones en torno a la educación en Chile– han significado no únicamente la lectura vindicativa de un pueblo cuya relación con occidente comienza con el desate de un genocidio, sino que, y con la misma fuerza, su generoso trabajo en la formación de generaciones de estudiantes que aprendieron de él no solo “las palabras claves” de la antropología, sino que al mismo tiempo de la generosidad en el traspaso del conocimiento; un articulado de gestos deconstructivos que desautorizaban el saber canonizado, estabilizado.
Gracias a su forma de enseñar era posible comprender el pensamiento occidental (sin dejar de ser el suyo un pensamiento completamente occidental) no solo como la pontífice plataforma posible de interpretación del mundo. Un profesor que operaba en el aula nunca obturando la comprensión de “las palabras y las cosas” de cada cual, sino que practicando una filosofía, también, de la amistad, del buen trato y reconociendo en cada una/o la diferencia o la palabra discordante, la idea peligrosa, en fin.
José Bengoa tiene una obra inmensa que está escrita y archivada en sus libros y será leída para siempre pero, y es seguro, impresa en todas y todos las/os que fuimos, alguna vez, sus estudiantes. “Pepe” Bengoa representa la figura del intelectual en serio, influyente en el mejor de los sentidos; el de la gran obra y que escribe en su fuero radical para intentar purgar injusticias históricas, no para ponerse en vitrina.
Muy lejos de los que venden humo como académicos con factor de impacto y que se consideran exitosos porque indexan sus pálidas publicaciones a bases de datos nutridas de ingentes colaboradores; académicos que se promocionan en plataformas multimediales y que tienen, después, el mal gusto de arrojar sus CV’s a la galera a modo de berrinche porque no se adjudicaron un premio que nunca, insisto, “nunca”, se merecieron; acusando impericia del jurado, injusticia etaria o “falta de pluralismo” en su conformación.
Por más que hayan “delirado” con que corrían fijos y aferrados a la sublimación, de nuevo “delirante”, de que pasarían a la historia, pues la historia misma no los premiará ni les regará el ego de condecoraciones por más que sea el mismo Heráclito quien les redacte una carta de apoyo. Bengoa es un intelectual, no un mercader de la academia.
Nelly Richard
Junto a María Teresa Infante, Nelly Richard fue una de las dos mujeres, entre los 6 postulantes hombres, candidata al PN. La diferencia está a la vista y no es necesario insistir en lo que es un desequilibrio evidente.
Lo importante aquí, para este texto, es que Richard tenía tantos o más pergaminos que José Bengoa para adjudicarse el premio. Son trayectorias distintas, ambas superlativas, sin embargo, Nelly no aplica en los saberes disciplinares que tienden a esquematizar, no sin sentido y con toda legitimidad, lo que descubren y divulgan. Ella no es solo una escritora de una fineza y lenguaje fuera de toda serie en el concierto de las y los intelectuales chilenas/os, es y fue, además, una fuerza de intervención performativa y crítica en los tiempos donde hacerlo era una cuestión de vida o muerte.
Fundó revistas, practicó la subversión contra la censura desde el movimiento de Avanzada cultural y no se replegó un solo instante de cara a una tiranía feroz. Desde aquí surge uno de sus títulos más reconocidos: Márgenes e Instituciones. Arte en Chile desde 1973, publicado por primera vez en el número de 1981 de la revista italiana Domus.
Curadora, esteta, feminista y ensayista de calibre grueso, Richard ha dejado una huella imborrable no solo en Chile, sino que es reconocida en el mundo entero. La suya es una obra que se desplaza nómade por los diferentes pliegues que articulan eso que denominamos cultura; siempre amplificando las posibilidades interpretativas; nunca jugando el vil juego de la sutura y destituyendo con la elegancia de su pluma cualquier saber protocolizado y normativo.
Ella es una fuerza política/estética que habitó siempre en un margen respecto de lo institucional, porque su imaginación difícilmente podía quedar atávica a algo así como a una malla curricular.
La elaboración de sus saberes responde a un mosaico heterogéneo, múltiple e irreductible a cualquier borde caracterológico y en el que no se escribe mirando a las patrullas cognoscentes que desfiguran el rictus y salen a insultarla cuando se dan cuenta de que jamás serán capaces de trepar un solo peldaño que los acerque a la resuelta belleza del pensamiento cuando no se reconoce parametrizado sino que, por el contrario, desestructurante y llano, siempre, a pensar en la aporía, a no evitarla, sino a situarse en ella y crear en la insólita e inédita región de lo sinsentido aparente.
Nelly Richard es una artista que deviene intelectual (o al revés) generando en este cruce fugas de pensamiento que, al fin, se transforman en rizomas que son herencia; rizomas que hay que continuar. Nelly se deja impactar por lo que circula a su alrededor capturando en una brutal operación semiótica/intelectiva aquello que no es del orden del habla reconocida para, justamente, decirlo y replicarlo en amplitud modulada a la sociedad y a la cultura completas.
Su mero andar por el mundo, su sola lectura y desenlace escritural son el andamio en el que se dinamiza una deconstrucción siempre siendo, siempre ahí y que, por supuesto, es percibida como un riesgo; un virus patógeno que amenaza la farmacéutica bien cuidada y categorizada donde los anestésicos disciplinares devienen el infierno de lo mismo; conocimientos rotundos y calificados nada más que por la excusa sistémica y rentable de la solvencia empírica. La misma que, tantas veces y en lo deletéreo de sus hablas cuadriculadas, la ha tratado de “delirante”, siendo éste un insulto no solo dirigido a ella, sino que al lanzar algo así lo que se declama sin filtro es una perorata imbuida de complejos contra el pensamiento mismo.
Mi pregunta es cuándo fue que creyeron que denostando a Nelly Richard podrían, siquiera, escribir la primera letra de una de sus obras, todas ellas, insisto, herencia y piedra eyectada al porvenir.
Al final y nuevamente, nada contra el Premio Nacional para José Bengoa, tiene el respeto de la historia. Sin embargo, y a pesar de él, el jurado reproduce la erección del logos, tal como lo apuntaba Derrida. Y aunque el premio es justo, el falogocentrismo sigue su reinado a la espera de que, tal vez, en otro tiempo y en otro país, el significante se invierta y dé paso a las poéticas del margen que resisten, muchas veces, sin nada y que lo hacen con rostro de mujer.
Escrituras de guerra sin más armas que el descentramiento del mundo que toca al ojo.
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