Opinión

Pornovenganza: la vergüenza que no es nuestra, más allá del caso Camila Flores

La psicóloga y doctora en Estudios de Género y Política, Verónica Aravena Vega, reflexiona sobre la violencia sexual digital y el papel que la vergüenza sigue desempeñando en el control social de las mujeres.

Empiezo por lo obvio. Camila Flores es senadora por Renovación Nacional. Su sector firmó un requerimiento al Tribunal Constitucional para frenar partes de la Ley Integral contra la violencia hacia las mujeres, esa misma que hoy le sirve para denunciar a su exmarido. Ella misma ha hecho carrera oponiéndose al feminismo en Chile, a las leyes que el feminismo ha empujado durante años, a la idea entera de que la violencia contra las mujeres es algo más que un asunto privado. Me parece una figura nefasta en la política chilena. No la voy a defender.

Y aun así, esta columna no va contra ella. Quiero hablar de algo más grande que ella, y francamente más interesante.

Porque lo que le pasó a Camila Flores le pasa todos los días a mujeres que no son senadoras y que nadie va a nombrar.

Las fotos íntimas, difundidas sin permiso. La denuncia, la prensa, la palabra que se eligió para nombrarlo: pornovenganza. Es una palabra pésima. Confiesa la estructura que finge denunciar. Venganza implica que ella hizo algo. Que su sexualidad, su deseo, su decisión de irse, fueron una afrenta que amerita represalia. La palabra ya está del lado del agresor antes de que empiece la frase. Mejor llamarlo por lo que es: violencia sexual digital.

Y más allá del nombre, hay una pregunta que casi nadie hace. La pregunta no es por qué pasa; despecho, control, todas esas cosas que se dicen. La pregunta es por qué funciona. Por qué difundir fotos de una mujer desnuda sigue siendo, en pleno 2026, un arma. Por qué le hace daño a ella y no a él. Por qué la que aparece desnuda en una pantalla siente que hizo algo malo, y el que la fotografió y la subió no siente nada parecido.

La respuesta está en la vergüenza. Pero no en la vergüenza como emoción. La vergüenza como sistema.

A las mujeres nos enseñaron a sentirla mucho antes de tener algo de qué avergonzarnos. Cuerpos que se cubren, piernas que se cierran, voces que bajan, deseos que se esconden, fotos que no hay que sacarse y que si te sacas tampoco hay que mandar y que si mandas, allá tú. La vergüenza llegó antes que la regla. Llegó antes que el primer beso. Era el aire de la casa, de la tele, del colegio, del confesionario para algunas, del consejo materno para casi todas. Cuídate. Esa palabra que les dicen a las mujeres y nunca a los hombres. Cuídate de qué. Cuídate de ellos. Y si no te cuidaste, ya sabes.

A los hombres se les enseñó lo contrario. Que la vergüenza era cosa de mujeres, de maricones, de débiles. Que un hombre que se humilla deja de ser hombre. Que la única forma de seguir siendo hombre cuando algo te humilla es devolver la humillación al doble. Mejor a una mujer, que para eso están. Mejor en público, que se note. Mejor entre amigos, que vean.

Por eso la vergüenza no es una emoción. Es una moneda. Algo que circula entre cuerpos. Y como toda moneda tiene productores forzosos y administradores privilegiados. Las mujeres la producimos. Los hombres la mueven.

Cuando un hombre difunde fotos íntimas de su ex, no le habla a ella. Rita Segato lo escribió hace años a propósito del violador: no le habla a la víctima, le habla a sus pares. Acá pasa lo mismo. No la quiere humillar a ella. O sí, también, pero eso es el daño colateral. El destinatario son otros hombres. Está diciendo: «Miren lo que tengo, miren lo que pude, miren que sigo siendo dueño aunque ella ya no esté conmigo». Es un mensaje entre hombres escrito sobre el cuerpo de una mujer. Ella es el papel. Por eso no le importa hacerle daño, porque no le está hablando. Por eso, cuando lo cuente entre amigos, va a ganar estatus en lugar de perderlo. En el lugar donde a él le importa el juicio, ese gesto se lee como masculinidad recuperada.

Eso es lo que ninguna ley va a desmontar. Las leyes pueden castigar al que difundió. Y deben hacerlo, claro. Pero la economía que hace que difundir fotos de tu ex sea fuente de prestigio entre varones no se desarma con una pena. Se desarma con otra cosa. Más lenta y difícil.

Y mientras tanto, la mujer carga con todo. La que aparece en la foto no hizo nada y se siente como si hubiera hecho algo. La vergüenza se le instala sin que nadie tenga que explicársela. Le llegó como nos llegó a todas, antes de que pudiera defenderse. Hay una chica de quince años en algún liceo de Chile que mañana va a entrar a clase sabiendo que medio curso vio una foto suya, real o falsa, da lo mismo. Va a sentir que el cuerpo es suyo y a la vez ajeno, va a sentir que algo se le rompió aunque no sepa qué, va a querer no existir un rato. Esa chica no es Camila Flores y a esa chica no le va a hablar ningún ministerio.

A esa chica habría que decirle que no hizo nada. Que el cuerpo no es una promesa que se le hace a nadie. Que las fotos no son ella. Que si quiso sacárselas, bien hecho. Que si quiso mandárselas a alguien, bien hecho también. Que el problema no es el cuerpo desnudo en la pantalla, es la cabeza llena de basura del que lo mira y decide que eso es un arma. Y que la basura no la puso ella.

El feminismo lleva décadas peleando para que la vergüenza cambie de bando. Para que el estigma caiga sobre el que difunde, no sobre la que aparece. No ha pasado. La vergüenza es muy vieja, muy bien construida, muy interiorizada. Pero se puede dejar caer. Se le puede quitar valor a la moneda. Se la puede mirar y decir, esto no es mío, esto me lo pasaron, y soltarla.

Eso, y no la solidaridad transversal con una senadora que hoy se ampara en el feminismo y mañana volverá a votar contra nosotras, es lo que protege a la chica del liceo. La violencia sexual digital no se va a terminar con una pena más dura. Se va a terminar cuando los hombres que reciben el reenvío sientan asco en lugar de complicidad.

Que aprendan a avergonzarse de lo que hacen.

Nosotras ya tuvimos suficiente.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Verónica Aravena Vega
Sobre la autora / el autor
Verónica Aravena Vega
Verónica Aravena Vega es psicóloga, doctora en Estudios de Género y Política por la Universidad de Barcelona. Cuenta con un Máster en Masculinidades y Género, un Máster en Recursos Humanos y un Máster en Psicología Social y Organizacional.
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