Por otras lenguas (Salvemos el fuego)
Entre nosotros
“Sólo existe el monstruo vivo”, sostuvo Georges Canguilhem en su conferencia sobre Lo normal y lo patológico en 1942 en Clermont-Ferrand.
Y consideramos “vivamente” esta frase porque el monstruo, esa desfiguración radical de lo normal que no es mutación ni transformación, sino que deviene completamente otro, deambula entre los vivos, comercia, transa, nos condiciona. El monstruo es lo que no tendría ninguna representación posible sino hasta que aparece.
En este sentido, por ejemplo, un amor que quiebra todos los protocolos puede ser monstruoso. No lo esperábamos, no lo vimos venir y llegó por la espalda sin anunciarse. Y quizás siempre estuvo ahí, vivo, y nosotros sin tener noticia; entonces se revela en toda su inmensidad porque el monstruo no puede sino ser descomunal (desborda lo común). La persona que amamos antes de amarla era un monstruo. Recordemos que la palabra viene del latín monstrum que quiere decir “prodigio” (prōdĭgĭum) que a su vez significa “presagio”. En fin, es aquello que podemos presentir, mas nunca calcular su llegada.
Ahora, ese monstruo que nos hereda Canguilhem, existe, va siendo en el tráfago incesante de una cotidianidad cargada de rutinas y de certezas; de todo a lo que nos aferramos para construir un mundo, el nuestro; ceremonial y ritualista mundo sin el cual estaríamos en la niebla más espesa, perdidos o sonámbulos –ni completamente dormidos ni completamente despiertos–.
Necesitamos al monstruo que también puede ser, en su concepción más folclórica o religiosa, lo demoníaco, lo deforme, lo que hay que castigar porque no es imagen ni semejanza de algún dios. No es humano; monstruo discriminado e ignominioso; cinematográfico o literario al cual los héroes apolíneos combaten y someten, aunque, a veces, el monstruo da batalla. Como Tifón, el más terrible de todos, inmensamente poderoso que estuvo a un tris de derrotar a Zeus. O de plano triunfan, como las sirenas, esas criaturas híbridas que con sus cantos magnéticos imantaban a los marineros hacia la muerte.
Como sea, hay monstruos que podemos amar o que nos aman y otros que nos odian u odiamos; algunos dan sentido a nuestra existencia y otros nos persiguen no como desfiguraciones de lo “normal” o nodo patológico, sino que como “lenguaje” adquiriendo temperamento en la palabra. Y aquí sí que nos encontramos con el acontecer de monstruos despreciables.
Palabra
En lección inaugural de La cátedra de semiología y lingüística del Collège de France (7 de enero de 1977), Roland Barthes suelta una frase tan brutal como impugnadora y que, tal vez, solo ahora podamos comprender (ahora que comenzamos a habitar un tipo de monstruo que creíamos desterrado; en este instante en que el presagio se cristalizó en un “hoy” y en un porvenir), dice Barthes: “La lengua, como ejecución de todo lenguaje, no es ni reaccionaria ni progresista; es simplemente fascista”, y un poco más adelante: “[…] y lo es porque el fascismo no consiste en impedir decir, sino en obligar a decir”.
Colegimos en esta línea, primero y parece evidente, que el fascismo opera como un lenguaje antes de ser violencia desatada. Se abrevia en la palabra o en un conjunto que da por resultado una coreografía única de la lengua; una suerte de estribillo que deberá imponerse, después, como realidad y por cualquier medio o, más bien, sin prescindir de ninguno.
Aquí operaría con cierta claridad lo que Lacan apuntaba en la revista italiana Panorama: “Solamente las palabras dan un sentido cabal a la esencia de las cosas. Sin las palabras, nada existiría ¿Cuál sería el placer sin el intermediario de la palabra?” (diciembre, 1974).
Entonces si el fascismo ha encontrado en la historia sus condiciones de posibilidad, estas no pueden sino quedar prendidas de las palabras, suspendidas como hojas en el gris árbol de su ideología fóbica. Palabras que a quienes las escuchan le producen una fruición, es decir complacencia, goce, pero, del mismo modo, necesidad; urgencia de ser tocado por esa lengua que desplegada como lenguaje le inyectará un sentido de presente y de futuro –e incluso de pasado… en gran medida de pasado– a subjetividades que ya fueron colonizadas y que estarán dispuesta a todo en la aquiescencia de la subordinación.
Así, y volviendo al extraordinario discurso de Barthes, se nos revela que “[…] el fascismo no consiste en impedir decir, sino en obligar a decir”. Podemos decir todo lo que queramos, hasta sentirnos libres en la palabra; percibirla como un espacio sensible a la emancipación y también como el perímetro en que se ecologizan todos nuestros antiguas atadura.: Ya somos libres de salir de la afonía y gritar sin complejos “soy pinochetista”.
La palabra fascista llega limpia, cristalina, higienizada y absolutamente transparente en sus indicaciones. Y la repetimos una y otra vez hasta que se transforma en mundo; ese que el fascismo quiere que habitemos. Palabras que sin darnos cuenta nos producen placer pero que lanzamos sin pensar, sin consciencia, sino que como el itinerario de una plegaria que no sabemos si tiene o no un destino o alguna entidad sobrenatural que la acoja.
Esto porque el fascismo en versión de lengua, lenguaje y palabra juega con, se insiste, la repetición; sirviéndose de nuestro marasmo e incapacidad para leer de otra forma lo que nos rodea e interpretando en un inédito coro planetario: “seguridad, seguridad, seguridad; miedo, miedo, miedo; migrante, migrante, migrante; capital, capital, capital”.
Entonces el monstruo vive, toma figuración y Canguilhem siempre tuvo la razón; razón de tiempo y espacio en el que lo político se vuelca radicalmente a las tareas que se mandatan, dejándose desmantelar por la palabra autoritaria, aunque ésta esté vacía o no sea verdad (“Las palabras vacías son malvadas”, escribió Homero en La Odisea).
Es en lo arcano de la palabra misma o la salud del monstruo; de cara a su condición atlética y en plena forma para comenzar una carrera maratónica que, veremos, si se encuentra resistencia (hoy mismo y en este inciso temporal de paniqueo total) a modo de contrapalabra, y entonces la venida de otro monstruo que sea su némesis; una palabra anárquica respecto del decir totalitario; una que pueda, en algo, interrumpir el desfile triunfante de la tropa de la lengua que respira gracias a la sutura de cualquier otro-decir.
Fuego
Escribía Jean Cocteau en un aforismo soberbio: “Mi casa se estaba quemando y sólo podía salvar una cosa. Decidí salvar el fuego”. Esto es, pienso, lo que queda como resto; ardiente huella; el fuego de una palabra por encontrar, de una promesa por abrazar; de una izquierda que atraviese su duelo antes de ecualizar cualquier alianza que se funde, de nuevo, sobre una pura circunstancia.
¿Será impertinente pedir convicciones y sostenerlas sobre la base de una estrategia que, también, vaya en busca de la hegemonía perdida? Nosotros, “las y los intelectuales» ¿no seremos capaces de bajar el tono, relajar la sofisticación del argot y la arqueología semántica (que yo mismo practico en este texto) y mimetizarnos con el tiempo del margen y de los desterrados? ¿hasta cuándo, me pregunto y autoimpongo, con la infro,micro,bio otánato política?
Si no redirigimos la escritura y la palabra a favor de alguien más que de nosotros mismos y nuestro círculo “pensante” proclive pues, creo, que seguiremos entregándole proteína a una extrema derecha cuyos intelectuales –oportunistas muchos, oligopólicos otros, indignantes en su falta de rigurosidad y ausencia de decencia para con el pensamiento como Axel Kayser– están en todas las tribunas, y aunque sus mensajes nos parezcan de la náusea, pues hacen su punto; mienten y denostan promoviendo algo así como posverdades, es cierto, sin embargo tributan a un proyecto más grande que sí mismos; proyecto que nos tiene en la esquina del cuadrilátero aflojando las rodillas.
Si nos vamos a dirigir a la sociedad, pues habrá que buscar nuevas lenguas. No es renunciar a los cruces, pliegues o formas imaginales de escritura, sino hacerlas legibles, sino para todos, al menos para unos cuantos muchos otros.
Hoy la casa se quema, salvemos el fuego.
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