Piratas del Orinoco: para comer sin que te asalten
Y, desde luego, la forma ideal de la ideología de este capitalismo global es la del multiculturalismo, esa actitud que -desde una suerte de posición global vacía- trata a cada cultura local como el colonizador trata al pueblo colonizado: como «nativos», cuya mayoría debe ser estudiada y «respetada» cuidadosamente.
SLAVOJ ZIZEK.
Durante la antesala a las elecciones municipales, seguimos endieciochados con una socia y su marido. Pero teníamos compromisos pendientes con un rubro, cada vez más abierto a intereses extranjeros: piensan que deben internacionalizarse para ser reconocidos. Fuimos invitados a un evento cultural, junto a Tichi Rioseco Del Corcho y compañía; su gordo.
Con olor a pickle, después del lanzamiento de un catálogo en un museo privado, con ni tan ocultos intereses detrás de sus fetiches brillantes, nos dejamos caer con gente agazapada: a un otrora entrañable boliche: limítrofe entre Providencia, Santiago y Venezuela. El catálogo de la exposición era tan frívolo como nuestra noche anterior. Ya no teníamos tiempo para lujos innecesarios; debíamos componer la resaca.
“¡El Baquedano, de Plaza Italia!”: pensé para mis adentros, con no poca nostalgia fetichista. Para la caña no hay mejor receta que un buen plato de comida chilena: cargado hacia las proteínas y la grasa, maridado de un refrescante schop para calibrar los venenos nocturnos. Siendo sábado al almuerzo, aún teníamos trabajo pendiente: quizás nos excedimos en ser corteses con un garzón de ese país, más ocupado en repartir cócteles a granel, que en apaciguar el hambre de los comensales.

¡Lengua con agregado, por favor!
Como uno andaba con olor a chancho, no era conveniente volver al otro lado. A pesar de las recientes Fiestas Patrias: celebradas como corresponde, en conocimiento de los antecedentes del caso Hermosilla y el fin al CAE; en Octubre no venía mal hacerle homenaje a otros países hermanos, que también comenzaron a autonomizarse en septiembre. Dicho y hecho: por el Grito de Independencia Mexicano, pedí una michelada picantita para sacarme el olor a mortadela, y gozar del aliento a chile.
Quisimos aprovechar la oportunidad de pedir el plato de fondo –la lengua con agregado se veía contundente y económica–, pero el garzón venezolano nos ignoraba. Estaba más preocupado de seguir emborrachando a nuestros compatriotas; se trataba de plata, no de atender con cortesía. Aunque pedí michelada en cerveza rubia, en menos de que un pajarón hociconeara: “Vengo de Nueva York”, el garzón venezolano me chantó un schop michelado de torobayo en la mesa.
Para el paladar estándar, la michelada no estaba tan mal: refrescaba y tenía algunas notas a ácido cítrico industrial: nada de limón. Del picante ni hablar: se sentían apenas unas gotitas, no me quise imaginar de que marca. ¿Así le rinden honores a Moctezuma en la barra? No se basaron en el panteón azteca. El parámetro fue más infernal que celestial: la administración del inefable establecimiento, rebautizado como “Fuente”, desde Venezuela; en alianza con la ultraderecha, de Santiago de Chile.
Por segunda vez tratamos de solicitarle nuestros platos fuertes al mismo mesero; pero al parecer, el marinero de agua dulce insistía en que primero nos emborracháramos. No nos atrevimos a seguir bebiendo, por miedo a ofertas sospechosas.
El gordo es de armas tomar cuando se trata de saciar el hambre de Tichi; lo otro, si es que lo he visto: no me consta. A la tercera tuvo que erguirse, levantar el índice izquierdo y espetar: “¡Queremos probar la lengua, con agregado de papas mayo!”. Cuando la ocasión lo amerita, el gordo se pone algo rústico; pero nunca deja de ser inteligente: la ensalada del tubérculo en cuestión le vendría de perillas a la temperatura correcta del subproducto vacuno.
Además el hombre no es nada leso: no pediríamos más comida, sin antes pesquisar atentamente los sabores con que la nueva administración del Patrimonio Cultural, ha estado cocinando gastronomía chilena. Quisiera creer que “tradicional”, pero a estas alturas…
Recién cuando nos quedaba un tercio del schop, el mismo que nos atendió con displicencia, nos trajo el plato para compartir: reconozco que lucía excelente, se sabe que la comida entra primero por los ojos. De olor tampoco estaba nada de mal, pero Tichi algo raro percibió: antes de arriesgar la hipertensión de su gordo, me solicitó a mí que probara el primer bocado.
En el clásico plato extendido para estos menjunjes, se disponían tres lonjas del animal rumiante: en formato apropiado para calmar la muela. No entendimos porqué tanta arveja y un par de zanahorias, aunque honestamente: no le venían mal, a la vista.
La lengua pasó la prueba del tenedor: se sentía blanda al tacto; procedí a masticar. Aunque la proteína no era de mala calidad, había unos aliños algo anisados que no permitían degustar al vacuno como debe ser. Nada de sabor chileno tradicional había allí. Seguí por las papas mayo: por instinto, comprendí que debía limpiar mi paladar, para no prejuzgar al Orinoco.
No estaban crudas, si recocidas. Tanto, que al separarlas un poco, se formaba un puré entre mayonesa de envase plástico, papas de pésima cosecha y zanahoria cruda rallada. No creo que en el Orinoco, Chicureo o el domicilio de Evelyn Matthei sirvan esa cochinada.
La posible candidata presidencial podría considerarse una mujer, elegante dentro de sus costumbres algo rústicas. También es astuta, y no le gusta esa comida ni sus cuerpos racializados, pero le fascina que voten por ella: podría ofrecer un concierto de piano para homenajear a Simón Bolívar; a chuchada limpia. Quizás esa pieza musical sea apropiada para los reos de Colina. De eso sabe un alcaldito que asumirá en diciembre.
Irse de lengua ¿para que te ofrezcan combos?
La pregunta detrás de la llamada “batalla cultural” que estaría dando la ultraderecha, en complicidad activista con esos inmigrantes –la mayoría irregulares, aún– podría formularse en virtud de la violencia directa que expresan, cuando se les solicita lo que es justo y mínimo. En un local que sirve comida chilena, aunque despojada de buenas tradiciones, uno todavía es sujeto de derecho, y por cierto: un cliente más.
Nos tuvimos que acompañar con el gordo, Tichi estaba impactada y no le gusta ver sangre derramada con injusticia. Solicitamos la cuenta: nos quedó claro que no era el lugar apropiado para personas que se respetan a sí mismas. Quien estaba a cargo de la caja, también estaba revisando los platos y no precisamente con la mirada. Nos pasó una cuenta que no correspondía: Plateada arvejada con agregado y 3 schop michelados.
Solicitamos nuevamente nuestra cuenta, y la comanda expresaba “Lengua arvejada con agregado y 3 schop michelados”. Volvimos a insistir, ahorrándonos el rostro. Nunca pedimos arvejas, zanahorias ni “sazón venezolana” en nuestra: LENGUA CON AGREGADO DE PAPAS MAYO.
Después de vernos obligados a exigir por enésima vez que se nos cobrara lo que pedimos, y no lo que el administrador venezolano le ordenara al cocinero de quien sabe que cosas, se pusieron a instigarnos con un insolente “mamahuevos”. Los schop ya fueron comentados, y el picante que se lo metan por el Orinoco, porque ya mandaron a su gente a que nos rotearan el Mapocho.
Afortunadamente la única persona que no estaba agazapada, calmó cortésmente la situación. Pagamos con débito, e inspeccionamos la boleta. Dudamos del destino real de esos recursos, habría que preguntarle a la alcaldesa de Providencia, al alcaldito entrante, y a unos sujetos sospechosos que habrían ingresado después de los resultados electorales del domingo… al Palacio Consistorial de Santiago.

¿Nuestros lectores sabrán a qué se dedica la organización “Vente Chile”? Por los colores, con Tichi asumimos que podría tener relación con “Vente Venezuela”. Su gordo anda en otra, celebrando.
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