Pepe Mujica y la izquierda de las frases hechas
Nadie podría estar en desacuerdo con lo que Mujica proponía, y tal vez es ese el principal problema de su discurso: no generaba debate, sino un consenso más bien ficticio en torno a cosas que todo el mundo piensa, pero nadie realiza.
Muere José "Pepe" Mujica, expresidente de Uruguay, a los 89 años
La muerte del expresidente de Uruguay, el frenteamplista Pepe Mujica, ha impactado al mundo, o al menos a Latinoamérica. Varios líderes de la región, especialmente de izquierda, han despedido al exguerrillero y combatiente de la dictadura de su país, recordando sus frases de los últimos tiempos, lo que no es tan difícil, porque si algo nos dejó Mujica son frases, y tal vez demasiadas.
Si uno recuerda a Pepe, más que su labor política o lo que pudo o no haber hecho por la izquierda, lo que se le viene a la cabeza es que viajaba en vuelos económicos o que tenía un automóvil antiguo, y que gran parte de lo que ganó como primera autoridad de su país lo donó. Por eso su figura no podía ser desagradable a nadie, ni siquiera a la derecha, la que miraba estas acciones más bien franciscanas como “lo que debía ser la izquierda”.
¿Pero debe ser eso la izquierda? ¿Debe seguir el ejemplo de un Pepe Mujica que se jactaba de no querer el poder y que veía la derrota con un romanticismo a veces exagerado? Es una buena pregunta que surge a raíz de su muerte.
Al menos quien escribe este texto cree que no, que llorar una utopía y hacer de ella un discurso romanticón e inofensivo es lo peor que puede hacer quien aspira a gobernar democráticamente un país. Porque de eso se trata, de gobernar, de tomar decisiones y de ver qué es o no posible en la acción política, transformando o adaptándose a las posibilidades al hacerlas propias, mediante la acción estatal y no la personal.
Es cierto, en algún momento él y su generación lo quisieron todo y no obtuvieron nada. Él aprendió, luego de estar preso más de una década y ser torturado, de la esterilidad de la lucha armada, reemplazándola por otra menos riesgosa y más inofensiva, la de transformar a su sector en una frase hecha, en un cúmulo de razonamientos que vestían la frustración de esperanza, lo que hará que sea recordado-ya lo es- como una buena personalidad para estampar en una polera, con una que otra cita rimbombante, pero nada más.
Dar ejemplos de sencillez enalteció a Pepe a categoría de figura pop porque su dignidad personal era una manera de darle la razón a sus adversarios políticos y recordarles que ellos habían ganado en todo. Frente a los rumores de desfalco del Kirchnerismo en Argentina y la actitud desafiante de Cristina y Néstor, el presidente uruguayo parecía más dócil, como los orientales han parecido siempre frente a sus casi hermanos, y eso incluso llegó a despolitizarlo, a quitarle sustancia a sus ideas y a transformarlas en refranes carentes de contenido más que otra cosa.
Nadie podría estar en desacuerdo con lo que Mujica proponía, y tal vez es ese el principal problema de su discurso: no generaba debate, sino un consenso más bien ficticio en torno a cosas que todo el mundo piensa, pero nadie realiza.
Sin lugar a duda fue un gran hombre, que tenía virtudes personales que lo hacían ejemplar para muchas personas, pero no sé si de eso se trata hacer política para cambiar la vida de las personas o al menos darles más certezas. Incluso creo que el haber puesto tanto énfasis en sus atributos como individuo, logró por un minuto que olvidemos que hay tareas más grandes, desafíos más enormes que instalar una buena frase que no genere mayor controversia. Porque todos sabemos que lo bueno es bueno y que lo malo es malo. La pregunta, tal vez, es por qué.
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