Pedro, maestro
En exclusiva para la Voz de los que Sobran, texto de Claudio Narea sobre Lemebel en el libro «Las Viudas Odiosas de Lemebel», editado por Víctor Hugo Robles.
A fines de los 90 recibí una invitación para ir a conversar al programa Cancionero, en Radio Tierra, conducido por el escritor Pedro Lemebel. Yo no tenía idea quién era Pedro, pero ahí estaba: muy femenino e histriónico. Hablamos de lo típico, Los Prisioneros y cosas por el estilo, pero en algún momento mi entrevistador comenzó a leer una crónica sobre la banda, que más adelante me enteré, aparecía en su libro “De perlas y cicatrices”. Fue entre incómodo y emocionante escucharlo. Entendí a través de su texto que Pedro tenía una sensibilidad especial, veía bajo el agua. Estaba más atento a los detalles que el común de los mortales. Luego, antes de que terminara la entrevista, me puso en aprietos. Nada grave, pero me sentí un poco tonto con aquella pregunta sobre los homosexuales. ¿Qué podía opinar yo sobre los homosexuales? No tenía ninguna cercanía con el mundo gay ¿Debía acaso tener alguna opinión? En ese momento solo podía responder una estupidez y eso fue exactamente lo que hice. Pedro me miró y dijo con delicadeza: Tienes mucho que aprender todavía.

No pasó mucho tiempo desde aquella entrevista cuando comencé a juntarme con Pedro, entablando una amistad. El primer encuentro tuvo lugar en su casa de Bellavista, donde pude darme cuenta que en su agenda, tenía una gran foto de mi cara pegada en la portada. Alucinante me pareció. Loco porque, recordé de inmediato la crónica que me había leído en la radio, en donde él y yo terminábamos bailando apretados. Paré las antenas. Chistoso me parece contarlo ahora, porque Pedro nunca me declaró nada amoroso, en cambio, desde ese primer día, Lemebel se convirtió en confidente mío y yo también escuché con interés sus historias de amor. Fue bueno también enterarme que habíamos sido casi vecinos en San Miguel. Seguramente nos cruzamos muchas veces en la feria de los días domingo o incluso en el paradero de la 11 y medio de la Gran Avenida, la micro que yo tomaba para irme al Liceo 6 por las mañanas.
Un día lo invité a almorzar a mi casa en Maipú, donde fue agasajado cariñosamente por mi familia. Fuimos a comprar al supermercado mientras Pedro me hablaba de Gladys Marín, su amiga Secretaria General del Partido Comunista de Chile, y de lo mucho que le gustaría presentármela. Poco después, durante la reunión de Los Prisioneros (2001–2003), lo invité a un concierto en el Estadio Víctor Jara. Finalizado el evento fuimos con mi familia a dejarlo a su casa, aunque no alcanzamos a llegar porque, cuando ya estábamos en su barrio, divisó a un conocido por la ventana y se bajó del auto olvidándose de nosotros. Se olvidó del mundo en realidad. Aunque con el correr de los años Pedro recordaría algo de esa noche.
Sucedió que a fines de septiembre de 2014 di una entrevista en canal La Red, y mientras los televidentes estaban entre sorprendidos y escandalizados por mi relato sobre lo que viví al interior de Los Prisioneros, Pedro me envió un breve correo, esa misma noche, recordando el momento en que conoció a Jorge González en el Estadio Víctor Jara: Me odió… me tiró una mala onda, aunque le gustaba lo que yo escribía, pero él sabía que tú me gustabas de antes… o sea, eran celos jajaja, me escribió Pedro en tono cómplice.
Recuerdo haber tenido muy lindas conversaciones con Pedro. Nos vimos muchas veces. Él fue una de las primeras personas a la que le conté mi historia. Me ayudó durante una época difícil y también con su experiencia durante la preparación de mi libro “Los Prisioneros. Biografía de una amistad”. Pedro fue un muy buen amigo. Lo visité en el hospital y fuimos juntos también a Villa Grimaldi, él a leer en público, y yo a cantar. Estuve en sus performances y también en sus cumpleaños. En su casa tenía la costumbre de oficiar de DJ, poniendo buena música y de los más variados estilos. Siempre me sorprendía con sus elecciones musicales. A su penúltimo cumpleaños fuimos muy poquitos, pero para el último hizo una gran fiesta.
Pedro tenía muchos amigos y yo apenas conocía a algunos. Fue por eso que estuve solo gran parte de la noche tomando vino y mirando cómo bailaban los demás. Desde mi lugar veía a Pedro feliz bailoteando de un lado al otro del departamento, hasta que por fin se dio cuenta que yo estaba en esa esquina solitaria, y se acercó sonriente para decirme, como si fuera un secreto: De aquí en adelante así serán todos mis cumpleaños.
De no tener una opinión sobre los homosexuales, al inicio de nuestra amistad, pasé a conocer a un grande, a uno que brillaba por donde pasara, y cuya humanidad y generoso corazón dejó una huella importante en mi vida. Tengo una bufanda que me regaló, que la uso y la cuido como hueso de santo, y también la fortuna de que cuando me dijo: tienes mucho que aprender, significaba en realidad que, desde ese momento, él iba a ser el profesor y yo el alumno.
Gracias por todo Pedro, maestro.
Claudio Narea es guitarrista, cantante y compositor chileno de rock, integrante de Los Prisioneros, considerada como una de las bandas más importantes e influyentes de Hispanoamérica.
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