Nuestro cuerpo de mujer jamás ha sido nuestro
El proceso de coescribir un capítulo del libro junto a Carmen Ibarra me llevó a varias preguntas: ¿Algún día tuvimos derecho a nuestro cuerpo? ¿Algún día realmente ese pedacito de piel me perteneció? Aún no. Van a pasar los años y lo más probable es que –tal como a mi abuela– ingresen miles de catéteres intravenosos, introduzcan sondas, y serán nuevamente otros quienes decidan por mí.
“Cuerpo propio: para ser propio, el cuerpo debe ser extraño, y así encontrarse apropiado”58 indicios sobre el cuerpo, J.L.Nancy
Este fin de año se ha vuelto paradojal. Hace apenas unas semanas en el lanzamiento del libro El cuerpo y la infancia de Carmen Ibarra hablábamos sobre lo que puede o no ser considerado la corporalidad. Poco después mi abuela fue diagnosticada con tres tumores. Recurro a la palabra paradojal y me quedo corta
Entre visitas a la clínica, vómitos, mareos y un sinfín de aparatos que se introducen en su cuerpo, me dice una frase que queda tan fija en mi cabeza que he llegado a soñar con ella: “este cuerpo ya no es mío”
Me pregunto desde una perspectiva filosófica, pero también a nivel de ley y de Estado, si nuestro cuerpo en algún momento es realmente nuestro. Soy mujer y nací con una vulva entre las piernas; me acuerdo de cómo amaba subirme a los árboles cuando pequeña, correr desenfrenada por la calle para ganar una carrera que me hacía sentir los pulmones explotando por el poco aire. Amaba la sensación de mi propio cuerpo, me sentía viva, sentía la vida de esa infancia de barrio jugando en la plaza o en cualquier esquina donde entre risas pasábamos la tarde entera.
En aquel tiempo el sol golpeaba fuerte precisamente en el cuerpo y, sí, sentía que me pertenecía. Pequeña y todo creía tener decisión sobre él. Ese pedacito de piel pequeño, ese pelo liso y los dientes bastantes grandes para mi boca, parecían míos. Creía decidir con los músculos, con la transpiración, con las piernas, con los brazos y con cada articulación que me permitía experimentar el mundo. Un mundo donde mi cuerpo era el cuerpo de una niña, que hoy se enmarca en un cuerpo de mujer. Los tiempos vuelan y en un abrir y cerrar de ojos el cuerpo de niña, el cuerpo de mujer y el cuerpo de anciana son uno y el mismo.
Qué paradojal (vuelvo a ocupar esta palabra) son las cosas en un Chile donde en esta historia tan personal lo político pareciera meterse en la casa o, como muy bien lo tituló en 1970 Carol Hanisch, “lo personal es político”.
El 17 de diciembre pasado tuvimos un proceso electoral para manifestarnos a favor o en contra de un proceso constituyente. Un proceso que reafirmaba que nuestro cuerpo de mujer jamás ha sido nuestro. Puedes decidir dónde invertir el dinero, puedes decidir qué casa comprar, pero no te animes ni a pensar en decidir por lo que vive o deja de vivir dentro de ti.
Los tiempos vuelan. Ese cuerpo de niña, rápidamente se ha transformado en un cuerpo de mujer. Quizás pueda cerrar los ojos y verme con las manos completamente arrugadas. Quizás este cuerpo supuestamente propio se vuelve nuestro frente a derechos y deberes. Quizás este cuerpo de niña, de mujer y de anciana continúa resistiendo por el derecho a decidir sobre la vida y la muerte dentro de nosotras mismas.
Ahora, ¿por qué es tan importante escribir sobre el cuerpo de una mujer? Vuelvo al libro El cuerpo y la infancia. Es muy diferente nacer niña que nacer niño.
El proceso de coescribir un capítulo del libro junto a Carmen Ibarra me llevó a varias preguntas: ¿Algún día tuvimos derecho a nuestro cuerpo? ¿Algún día realmente ese pedacito de piel me perteneció? Aún no. Van a pasar los años y lo más probable es que –tal como a mi abuela– ingresen miles de catéteres intravenosos, introduzcan sondas, y serán nuevamente otros quienes decidan por mí. Serán nuevamente otros quienes establezcan los márgenes de acción para mi cuerpo de mujer, otros quienes determinen la vida y la muerte. Otros quienes me digan e impongan el derecho y el deber.
Quizás nuestro cuerpo no sea nuestro. Lo más probable es que la corporalidad de una niña-mujer se vea ahogada por cánones y reglas, por una cultura que en su base principal tiene al patriarcado como Padre. Un padre que aprieta la materialidad, pero que olvida que nuestro cuerpo de mujer es mucho más que materia.
Abrir una ventana hacia la reeducación del cuerpo de una niña es expandirse al territorio de las emociones y el sentir. Permitir-se, explorarse y resistir serán corporalidades a descubrir. Como muy bien escribe Carmen, no hay modos ni manuales para vivenciar la corporalidad. La reflexión, la vida y la naturaleza dialogan junto a nuestros vínculos en búsqueda de una apertura hacia afectos e igualdades. El cuerpo y la infancia nos invita a experimentar otros modos de sentir con infinidades de pliegues y repliegues que muchas veces quizás no encontrarán palabra sino más bien el ejercicio de habitar un cuerpo vivido.
Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.



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