Nos Matan: Sobre impotentes, técnica y sublevación popular
Nos Matan no es la consigna de una simple “impotencia” en sentido pasivo; sino el gesto que visibiliza el esqueleto de la complicidad entre la nueva técnica (el capital) y los antigua (la militar): porque en un sentido histórico y político, el golpe de Estado de 1973 no fue más que eso: fuerza soberana y biopoder unidos, articulación de violencia militar que catalizó la violencia del capital.
En una reciente columna titulada “La plaza de los impotentes” publicada en el diario La Tercera hace unos días, el filósofo Hugo Herrera hace una observación clave. Frente a la remoción de la estatua del general Baquedano observa que, una vez retirado dicho monumento, permanece el otro monumento que excede al vetusto General, el edificio de Telefónica que se construyó con forma de “celular”: “(…) caen los héroes militares –dice Herrera- (…) pero queda incólume el poder anónimo de la técnica y la empresa desmesurada (…)”, aquella que ha barrido con el paisaje y ha terminado por devastar al Chile de los últimos 50 años[1].
La observación es aguda porque, como he señalado en otras columnas, la actual Plaza Dignidad es sobre todo un lugar en el que se juega la arquitectura del poder en Chile: en el subterráneo, los ciudadanos condenados a trasladarse en el Metro, en la superficie el dominio militar y, en los cielos el inconmensurable poder del capital financiero (la “técnica” –como le llama Herrera), en un edificio gigantesco en forma del teléfono celular. A tales monumentos, por cierto, se agregan otros tantos que circundan el sector (entre ellos la misma Facultad de Derecho de la Universidad de Chile).
Sin embargo, la aguda observación de la columna de Herrera frente al triunfo, aparentemente incontestable de la “técnica” resulta insuficiente cuando no observa que la remoción de la estatua de Baquedano ha dejado expuesta, en la aridez del cemento que constituye a una de las rotondas de la Plaza, la expresión Nos Matan pintada en la reciente marcha feminista. Parece que la intensidad feminista no entrara en la dimensión “telúrica del pueblo” y, menos aún, el desgarrador mensaje Nos Matan que adviene gesto frente al anónimo poder de la “técnica” –que también podría llamarse “capital”.
El teórico del “pueblo telúrico” nota el detalle del triunfo del monumento de la técnica, pero oculta la radicalidad de un pueblo que removió a Baquedano justamente para enfrentarse de manera directa al “poder anónimo” de la “técnica y la empresa desmesurada”, dejando a esta última sin el pivote militar que le sostuvo. Así, Herrera termina su columna señalando: “Mientras abajo siguen agitándose impotentes grupos disconformes.” En su lectura, se trata de una “masa” absolutamente “impotente” no del “pueblo” con su dimensión “telúrica” –como a él le gusta llamarlo- sino de simples “grupos disconformes”. ¿Impotentes? ¿No ha sido la (im) potencia popular misma la que nos ha conducido hasta aquí y que hoy, en su extrema lucidez, puede derrocar al General para despejar el camino y enfrentarse directamente a la sordidez de la “técnica” y Sillicon Valley?
Años de ocultamiento en el subterráneo del Metro, el 18 de Octubre implicó la emergencia de la potencia popular hacia la superficie. Y llegar a la superficie implicó un castigo: enfrentarse a la fuerza paramilitar denominada elegantemente “Carabineros de Chile”. Ese proceso, articulado sin una lógica predecible, con ritmicidades poliformes, sin vanguardias o liderazgos identificables destituyó a la Constitución de 1980 y, junto a ello, pudo derribar a un pivote fundamental de dicha Constitución: el pivote militar. Y cuando lo derrumba escribió: Nos Matan visibilizando lo que ha sido la larga historia del “abuso” institucionalizado que no se cifra solo con el golpe de Estado de 1973, sino que ésta deviene un hito decisivo de una “larga violencia” –a decir de Guadalupe Santa Cruz- que ha sido preparada desde los inicios de la República. El teórico del “pueblo telúrico” parece no escuchar el gesto popular que escribe Nos Matan reduciéndoles a ser un “grupo de disconformes” absolutamente “impotentes”.
Pero es justamente la “impotencia”, en sentido positivo lo que ha destituido al orden político, a la episteme transicional impuesta por militares y empresarios, tal como lo conocimos estos 30 años. La “impotencia” popular deviene el contra-movimiento destituyente –gesto, si se quiere- que aún mantiene a los intelectuales del orden en vilo, preguntándose ¿qué sucedió? Y esgrimiendo hipótesis como la de Alfredo Joignant que, después de una muy pobre performance cientificista en el programa dominical “Mesa Central”, concluía directamente que esta acción no había que pensarla políticamente sino calificarla de simple “vandalismo”. No habría aquí “política” –ni para Herrera, ni para Joignant- porque la noción misma de la “política” no juega sin liderazgos, conciencia, vanguardias o partido. Es decir, no juega bajo el horizonte moderno -¿oligárquico?- de la política.
Pero, ¿y si estuviéramos en un momento de radical transfiguración de lo político, en que ésta deja de articularse en base a esa modernidad marchita e irrumpe con el desenfado de la revuelta u otras formas de articulación? Una política experiencial y no institucional, una política que rebasa los límites del modernismo y que, precisamente por eso, parece ser la única capaz de enfrentar a la “técnica” apostada en múltiples nodos irrigados globalmente, a la luz de un poder anónimo por el que juega, incansable, el capital. La única, en tanto el capital deja a los pueblos abandonados a su suerte (convertidos en simple población). Herrera ve el triunfo de la “técnica” pero oculta la potencia martiriológica que le resiste, alcanza a percibir los contornos del poder en la nueva época, pero invisibiliza las nuevas modulaciones de sublevación.
Nos Matan no es la consigna de una simple “impotencia” en sentido pasivo; sino el gesto que visibiliza el esqueleto de la complicidad entre la nueva técnica (el capital) y los antigua (la militar): porque en un sentido histórico y político, el golpe de Estado de 1973 no fue más que eso: fuerza soberana y biopoder unidos, articulación de violencia militar que catalizó la violencia del capital.
Así, destituir la estatua del general Baquedano implica destituir unos de los pivotes de la máquina golpista que condensa a toda la maquinaria colonial del Reyno de Chile, y, de la misma forma que LasTesis cantaron “el violador eres tú”, la consigna Nos Matan expone la verdad del capital al capital. Miles de cadáveres quedan expuestos cuando se saca la estatua: ¿no es acaso esos cadáveres los que la policía intenta ocultar en el horror vacui que experimenta? ¿el no querer saber nada de los muertos, el “negar” nuevamente, como siempre, sus crímenes?
Cuando Herrera –el supuesto intelectual del pueblo telúrico- no visibiliza el gesto popular, la potencia martiriológica devenida, y solo muestra al “incólume el poder anónimo”, la columna de Herrera no hace más que celebrar lo que critica, alabar “negativamente” a la “técnica” y convertirse así, en su mejor amigo sin pretenderlo. Al situar, por un lado, al extremo poder en la técnica y, por el otro, a la impotencia de la imaginación popular, Herrera devela que, al parecer, solo puede hablar del carácter “telúrico” del pueblo olvidándose de él.
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