No conviene hacer una Constitución del 80 de izquierda
Hay que saber cuál es el propósito de una Constitución. Claramente, muchos al interior de la Convención lo tienen claro; sin embargo, hay un viento infantil que logra darle la razón a esa derecha que nunca quiso que este proceso existiera; hay cierta marea que parece creer que este es el momento para juntar un montón de reivindicaciones y lograr, casi por decreto, una justicia universal inmediata con todo lo que el Antiguo Régimen tiró bajo la alfombra y no solucionó. Pero lo real es que así no se logra construir una nueva institucionalidad tan ansiada.
Foto: Agencia Uno
Algunas resoluciones de comisiones de la Convención Constitucional, sumando la crítica salida de quien fuera hasta la semana pasada la directora de comunicaciones de la instancia, han puesto sobre la mesa noticiosa todo tipo de preguntas y cuestionamientos acerca del funcionamiento y las prioridades de muchos de los constituyentes. Si bien en medios de derecha la sola existencia de la Convención ha sido, desde un comienzo, algo así como un pecado de origen, hoy, desde la izquierda, el progresismo, o lo que sea, urge estar más atentos a lo que sucede en su interior.
Es cierto que el momento histórico y las características de la ciudadanía posmoderna no podían entregar otra cosa que una dispersión de colores, propósitos, exigencias de todo tipo de certezas individuales y colectivas que debían hallar su confluencia. Verdad también es que todas esas causas e inquietudes, sin un trabajo estructurado, sólo logran profundizar las grietas y las diferencias. Una sociedad que no logra verlas, masticarlas, palparlas, no puede darle cauce político y aterrizarlas. Pero hay que admitir que la adoración por estas grietas está dificultando que haya cuestiones que lleguen a terreno.
Si bien hablar de plurinacionalidad o de unicameralidad es interesante porque desafía lo que históricamente hemos experimentado como sistema político, vale la pena ir más allá de lo interesante que resulta lo novedoso, lo popular, y saber qué tanto esto soluciona políticamente un problema de las características del que vive Chile con las diferentes culturas que lo habitan; como también intentar comprender, más allá del panfleto y la coyuntura, si es que una sola cámara logra que haya leyes juiciosas, pensadas, y que pasen por el sano y juicioso contrapeso democrático.
Para ello, hay que saber cuál es el propósito de una Constitución. Claramente, muchos al interior de la Convención lo tienen claro; sin embargo, hay un viento infantil que logra darle la razón a esa derecha que nunca quiso que este proceso existiera; hay cierta marea que parece creer que este es el momento para juntar un montón de reivindicaciones y lograr, casi por decreto, una justicia universal inmediata con todo lo que el Antiguo Régimen tiró bajo la alfombra y no solucionó. Pero lo real es que así no se logra construir una nueva institucionalidad tan ansiada.
Para lograr darle cauce a un nuevo proceso de normalización, en cambio, lo que hay que hacer es garantizar esa universalidad para todos y establecer certezas amplias que no den espacio para grandes cuestionamientos a algo común de lo que todos se sientan parte. Porque luchar contra Guzmán, Pinochet y todo el relato construido por la institucionalidad de la Constitución del 80, es hacer lo opuesto y no lo mismo desde otra mirada. Es hacer que quienes odian la sola idea de que haya un nuevo orden constitucional, se sientan, a la larga, representados por éste desde el primer hasta el último párrafo. Que sientan suyo lo que en un comienzo quisieron torpedear, y que, en el futuro, apelen a ese mismo texto para exigir el respeto debido como ciudadanos.
Porque triunfar ideológicamente no es vengarse, saciar los deseos más recónditos, ni obligar al adversario a que haga lo que uno haría, como dijo el ideólogo gremialista, sino edificar una estructura tan sólida que ese adversario la sienta propia, porque lo será de igual manera. Para que su derrota no consista en perder, sino en ganar; en sentirse parte de algo.
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