Opinión

Nelly y Jacques, el micrófono y el agua (ARCIS)

Miro esta foto en modo madrugada, como un argonauta en búsqueda del vellocino de oro, sin saber qué es lo que vendrá como palabra suplementaria; agregado al aéreo sentimiento de la escritura cuando se alcanza a percibir en su devenir; lanzado al río heracliteano, viéndome desde los ojos desterrados del cuerpo de Demócrito, o como Safo de Lesbos llamando a Afrodita:

“Desde Creta ven, Afrodita, aquí
a este sacro templo […]

Ven, chipriota, aquí…”

Es decir un grito que llama a lo imposible. Afrodita nunca irá al templo de Safo; zona de lujuria, exceso y amor sin pertinencia alguna para un futuro; el amor más inocente es el más orgiástico, el que nada busca y nada exige, solo cuerpos imantados el uno por el otro en la persistencia de un deseo que únicamente irá por más deseo. O parafraseando a Derrida en la Película D’ailleurs de Safaa Fathy (1999), el amor como un ebrio goce ininterrumpido.

Miro la imagen y veo de izquierda a derecha a una mujer y a un hombre. Y la ubicación cardinal puede ser una bella jugada de eso que Pascal llamó, en su intercambio epistolar con Pierre de Fermat  en 1654, “La geometría del azar” (Aleae Geometria); porque Nelly siempre estuvo a la izquierda de Jacques, no solo en lo político sino como esa mano izquierda que va escribir de otra forma, desde otra latitud; tal vez tensando a la derecha en su hegemonía –casi todas/os son derechos/as–, pero a la vez disfrutando de su margen, del zurdo florecimiento ácrata que no se emparenta con ningún peregrino ánimo de destrucción, sino que, insistimos, con la constatación de que esa izquierda, su izquierda, no niega a la derecha sino que la ama, como se ama aquello que nos explica total y absolutamente.

Pero del mismo modo Jacques, el derecho, la droiture; el ir derecho a la filosofía sin tener derecho alguno a ella, en principio, por su origen (palabra no prohibida pero sí rechazada en su léxico: no hay origen, solo prótesis): Jackie Élie Derrida que fue expulsado de su escuela de El-Biar en la Argelia ocupada por los nazis, claro, por ser judío; pero que en esta foto, en esta mesa, en este artefacto fantasma, está a la derecha de Nelly porque así lo intuyó esa anti-ley que es la ley del discurrir aleatorio del río; bien que ambas/os sean la belleza del pensamiento, quizá –“Y no hay categoría más justa para el porvenir que la del ‘quizá’” (Derrida, Políticas de la amistad, 1998, p. 45)– esa ubicuidad es la correcta porque nadie la calculó, la pre-meditó o la puso en cultivo; es el lugar del acontecimiento y esta lámina que viene de otro tiempo así lo deja traslucir. Es ella, es él, son las y los dos habitando lo absolutamente imponderable que hoy rebota como vibrato espectral pletórico de sentido; una foto arrebatadora, milagrosa. Pero “milagrosa” no entendida desde el folclor que arrastra esta palabra (como Jesús haciendo caminar a los paralíticos o dándole visión a los ciegos, por ejemplo), sino en su etimología que, por ahora, habilita nombrarla; del latín miraculum, derivada del verbo mirari, que significa “admirarse”, “contemplar con asombro” o “estupefacción”.

Ambos se admiran en su anillo afásico, aunque no se miran directamente a los ojos; la fotografía no habla en el tenor sonoro del verbo, pero dice, es resonancia; eco de un lejos que se despliega como querella filosófica y literaria, política y feminista; eco de la deconstrucción que nos llega como hemorragia significante de lo ausente que en este hoy parapetado en lo ominoso de un mundo sin órganos –sin corazón– es sinónimo de una justicia que siempre se va anunciando sin nunca hacerse presente.

Sin embargo, esta ciudad del eco, nos dice Nelly en su intemporal Residuos y metáforas:

[…] abre una dimensión privilegiada para imprimir visualmente la imagen de un paisaje en descomposición, reducido a un basural de recuerdos, cadáveres, escombros, vestigios de experiencia, a los que se suma una serie de desechos culturales compuestos por ilusiones perdidas, narraciones obsoletas, estilos pretéritos, tradiciones caducas” (1998, p. 80)

Nelly está viva, respira y deambula entre nosotros exhalando significados que se fraguan en su disputa cotidiana con la escritura que (la)ama; ella es el pulso de una herencia que va siendo, y si es así no cesará en deconstruirse a cada instante porque ese es el llamado, la invocación, el litigio del relámpago que la fotografía reflecta como “ilusiones perdidas” o “narraciones obsoletas” pero que, y solo en tanto perdidas y obsoletas, esas ilusiones y esas narraciones son la pulsión delirante de lo que se exhibe como ruinas. Mas son ruinas que hay que recorrer y temer como a un laberinto, el mismo del que no sabremos si tendrá o no salida, pero que estamos obligados a atravesar.

Jacques está muerto, biológicamente muerto; su cuerpo es un “paisaje en descomposición”. Sin embargo, el muerto le habla a la viva; en el flujo incesante del silencio que se eterniza a cada segundo (“El tiempo es una imagen móvil de la eternidad”, Platón, Timeo) lo que recepcionamos son los ruidos del que no está; latencias que son máquinas distribuidoras de cartas postales que salen expedidas –o no– sin remitente, sin destinatario, entregados por un recadero-cadáver que, luego, se reintegra a los vivos desde la inmensurable potencia de ese mismo silencio que se estrella con el mundo animado para estremecerlo todo.

No es un teatro el de Nelly y Jacques, no es una imagen inmóvil de la eternidad este archivo recuperado de la universidad ARCIS en 1995. No, es la sobrevida, la vida más allá de sí misma en sí misma; el locus inhallable y sin perímetro de dos voces acariciando el éxtasis de la vida y la muerte en un solo y mismo amago de amor que se resiente como un misterio: un misterio arrebatador.

Entre ambas/os un micrófono que parece operar como un sintetizador homofónico, como el callado receptor de abrevia la palabra de Nelly y Jacques. Tiene ese privilegio en tanto cosa inanimada que no sabe lo que pasa, que desconoce la función que cumple, y aunque parece ser una frontera entre los dos, es lo contrario: la realización imposible suspendida para siempre en la longitud de una temporalidad tan inactual como contingente. A la izquierda de Jacques –pensemos en que esto tampoco es una simple casualidad– el agua, la inestable plasticidad que puede tomar cualquier forma; lo que escurre y discurre como la deconstrucción misma, porque sí: la deconstrucción es agua. Todo pasando y quedando retenido en el significante ARCIS, otro fantasma, otra criba, otro temblor que se recupera en un grabado que no es solo una imagen, sino la reverberación viva de una historia de amor y degradación.

Quien quiera morir que muera, quien quiera quedarse aquí siempre encontrará la hospitalidad de la nada en espera: “Lego la nada a nadie”, escribe Borges en su poema “El suicida” (La rosa profunda, 1975). Pero la nada es todo y nadie es el mundo entero.

Nelly y Jacques, el micrófono y el agua, el ARCIS y sus ruinas aullando desde la garganta del tiempo para instalar su desacato en el cuerpo quebrado de nuestros anhelos.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Sobre la autora / el autor
Javier Agüero Águila
Dr. En Filosofía. Académico Universidad de los Lagos Fondecyt Regular nº 1260178.

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