Nelly Richard: Escritura de extramuros
Por más de cuatro decenios Nelly Richard, ha cultivado un régimen escritural que ha sabido esperar, discernir y evaluar los nudos entre arte y política, memoria y feminismo -escenas de avanzada- en distintos pasajes modernizantes, imputando todo continuum de sentido y descifrando los modos de producción del presente.
En días marcados por fatigas de lo póstumo, trayectorias genuinas, galardones en transiciones corporativas, y postulaciones de stakeholder que develan las permutas de la indexación, irrumpe en nuestro aplomado panorama cultural un último “pliegue crítico”.
Por más de cuatro decenios Nelly Richard, ha cultivado un régimen escritural que ha sabido esperar, discernir y evaluar los nudos entre arte y política, memoria y feminismo -escenas de avanzada- en distintos pasajes modernizantes, imputando todo continuum de sentido y descifrando los modos de producción del presente.
El deseo de intervención de Richard es una política afirmativa que entiende las formas hegemónicas -no archívales- son fijaciones temporales del sentido. Desde Márgenes e Instituciones (1986/2007), Crítica y política (2013/2023), Fracturas de la memoria. Arte y pensamiento crítico (2007), Residuos y metáforas. Ensayos de crítica cultural sobre el Chile de la transición (1998), La insubordinación de los signos: cambio político, transformaciones culturales y poéticas de la crisis (1994), Masculino/Femenino (1993) y Tiempos y Modos (2024) -por nombrar unos pocos libros- Richard nos hace recordar una afirmación de Beckett, “las poéticas [son] primeras “respecto de la filosofía, porque el anudamiento entre mundo y lenguaje es ante todo un vínculo metafórico, creador, más cercano al canto que al concepto” (Beckett 1983, 19).
Desde la “Escena de Avanzada” (1977) Richard se sirvió intersticialmente de desmontajes retórico-discursivos, respecto a ideologías dominantes y estéticas marciales de la Dictadura.
En suma, técnicas del fragmento, ensamblajes de violencia, donde los desencajes buscaban repolitizar el arte y fracturas de representación en un clima represivo de hipervigilancia. Escribir es inventar dentro de la lengua una lengua nueva, una lengua extranjera en cierta medida. En efecto, movimientos de minorización que implican un trabajo de transvaloración sobre la lengua mayor.
He aquí un mérito expansivo de Nelly Richard. En los tiempos de transición pactada, emplazó creativamente los catálogos numéricos de la modernización pinochetista. De un lado, rupturas y disensiones con la “gubernamentalidad visual” —consensos concertacionistas— y, de otro, desmontajes político-culturales con las economías adaptativas de las ciencias sociales— “pactos cognitivos de la transición”.
El argot glorificante de los servicios, desregulación, commodity, consumo conspicuo y episteme crediticia de los años 90’, fueron tempranamente retratadas como Paradojas de la modernización en el informe PNUD de 1998. Tal hito impulsó a Richard a reflexionar sobre cuerpos y voces disidentes, para recusar las simientes del «modelo terciario», y las “fábulas celebratorias” del dispositivo crediticio (1990-2011).
Los flujos del ensayo no conciben el trabajo intelectual tras la sucesión de alguna progresión argumental, sino como pliegues y experimentación en torno a un conjunto de “fricciones” del humanismo crítico. Tal disyunción, o hendidura —a modo de paradoja— abraza las formas oposicionales del descalce, que no responden a las tribunas de la indexación y las barreras jerarquizantes de géneros.
En su travesía ornamental Richard abraza una exigencia de las paradojas entre texto e imágenes, gestos y ademanes. Lejos de toda sutura del sentido, no ha cedido a los saberes domiciliados en “formatos circunspectos” -masculinizantes-, ofertando “regímenes de expresión”, “pulsiones de escritura” (“tintes de inteligencia”), ante la hegemonía de los saberes profesionalizantes que, en su frenesí por un «imperialismo lingüístico», han abjurado de todo acontecimiento escritural.
En una vocación de descalces -sin militancias- que implicaba religar los saberes entre sí con los discursos sociales (extramuros) mediante una zona franca -libre tránsito- de escrituras en diálogos, intercambios, contaminaciones, impurezas y confrontaciones, respecto de la Universidad metropolitana.
En su fina artesanía, abunda la variación salvaje, el fragmento, los márgenes, la vacilación vocálica, la pausa, lo minoritario, la impugnación de mapas y “códigos mainstream”, sin desatender la crítica situada y los modos de producción del presente. Ritmo, goce y transgresión de cuerpos disidentes que deben lidiar con un realismo reflexivo, o bien, atravesar algún “esencialismo estratégico”. Tras la “guerra de posiciones” -los afectos gramscianos- no es posible representar la totalidad del sentido, salvo una impugnación a la petrificación de la mirada que cancela toda trama deseante y biográfica.
La crítica es una forma de intervención en la realidad y la ensayista se ha mantenido observante de la monumentalidad heroica que migró en la revuelta chilena del 2019, pero también ha subrayado un campo de rupturas semánticas y conceptuales con el sociologicismo adaptativo (“cogniciones del orden y epistemicidios de la izquierda”).
Los fines del expediente ricardiano serían bordes, márgenes e intersticios de la cultura residual, desde donde interrogar al poder y encontrar puntos de fuga que conduzcan a imaginar formas de vida y potencias alternativas.
La economía de las opacidades organiza una poética de la interrupción que despeja territorios y organiza efectos situacionales e irradiaciones singulares. Richard persevera en la metáfora como un horizonte libidinal contra la máquina productora de “individuos normados”.
Potencia escritural compuesta de gestos, roturas, enlaces y fraseos paródicos. Y cabe recordarlo, Lemebel le solía replicar a Nelly, su afán por la distinción y la pasión por el detalle ¡Tanto que sospechas siempre! -le decía el escritor-. Pero el pathos feminista hace que Richard abrace el kitsch estratégico, la frivolidad táctica, y el destiempo de personajes suburbanos y sudacas.
La conversación con Pedro Lemebel que incluye en Abismos temporales da cuenta de esta tensión entre la seriedad estratégica de la neo-vanguardia modernista -CADA- y la carcajada desenfadada de la (pos) vanguardia sudaca de Las yeguas del apocalipsis.
Por fin, la economía de las opacidades organiza un diagrama de la interrupción que despeja territorios e irradiaciones singulares. La exacerbación retórica de su escritura, el fortísimo temporal (situado) de su hiperbolización, es una pasión por el presente.
La prosa richardiana, en sus intersecciones de sentido con el proceso político chileno, es un hito poco usual, porque no es fácil de entender las relaciones entre arte y política, memoria, feminismo y cultura, sin padecer creativamente el movimiento rítmico de sus taxonomías nómades. Por fin, contra toda adolescencia cultural, la plástica richardiana nos ha recordado que decir “todo es fuga” (Palinodia, 2022), no implica postular “una huida -un éxodo- fuera de los campos de poder”, sino abonar porosidad y atajos cognitivos a las complacencias con la revuelta chilena (2019). Aquel Deleuze de la “experimentación activa”, puede ser un imagode pensamiento que permite entender la vibración textual que su obra ha puesto en circulación.
En sus pulsiones de escritura, Richard, sostiene multiplicidades, nomadismos y tráficos de deseos, a saber, formas organizativas que dan cuenta de una micropolítica atravesada por la resistencia de los cuerpos. Ello como una forma de resistir al dictum normado (ruina argumental) de algoritmos escriturales -revelables por la IA- que ha confinado al pensamiento crítico a las mazmorras.
Justo hoy cuando se abre la posibilidad que el Premium derive hacia modelos gestionales y epistemes gerenciales, Nelly representa un vitalismo crítico que provee horizontes semánticos ante la Universidad de los índices. En suma, entramos en un momento suspensivo sobre los nuevos paradigmas intelectuales, tan suspensivo como nuestro capitalismo académico.
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