Opinión

Momento zombi

En las izquierdas predominó la candidatura de Jara en las primarias, que expresó la derrota de los 30 años que cristalizaban las candidaturas de Tohá y Winter.

De una perdida isla, alguna vez colonizada por los franceses y sus empresas esclavistas, surgió la palabra zombi para designar a los muertos vivos, aquellos que deambulan por el mundo presos de una pesadilla eterna, sin rumbo ni destino. En creol, la profunda lengua haitiana, el zombi designa a los extraños resurrectos, aquellos que vuelven de la muerte a la vida pero permanecen enteramente muertos en ella.

En Chile, quizás no exista un término equivalente proveniente de los ritos populares, pero en su fantasmática tradición política, aquella que aún le ofrece sacrificios a su dios Portales, surgió la noción “el peso de la noche”: en su carta del 16 de Julio de 1832 dirigida a Joaquín Tocornal, Diego Portales escribe: “El orden social se mantiene en Chile por el peso de la noche y porque no tenemos hombres sutiles, hábiles y cosquillosos, la tendencia casi general de la masa al reposo es la garantía de la tranquilidad pública.”

Por supuesto, el “peso de la noche” que Portales contempla como un fenómeno natural de la masa chilena, en rigor, es el efecto de un arte de gobierno que propende a la masa a su punto cero y que funciona como una fuerza frenante que impide el advenimiento de grandes convulsiones sociales. La masa se halla, entonces, en un estado vivo y muerto a la vez. Vive como muerta, trasunta por el mundo sin rumbo, a expensas del arbitrio del patrón.

Podríamos decir, entonces, que el “peso de la noche” es la fórmula para designar nuestra experiencia zombi donde la resurrección funciona exactamente inversa a como lo hace en la tradición cristiana: si en esta última la resurrección implica el acontecimiento de la vida como aquella que irrumpe y emerge desde la muerte (Lázaro), el peso de la noche será precisamente aquella donde la muerte devora casi por completo al conjunto de los cuerpos vivos.


Precisamente, nos hallamos en medio de un orden político y social siniestrado. Ni vivo ni muerto o, más bien, un cuerpo vivo que actúa muerto, que vive su un agotamiento constitutivo que ninguna fuerza política parece poder restituir. ¿Quién podrá liberar al orden político de los zombies? Antiguos rostros vuelven como candidatos, viejos referentes de la política exponen su intención de postular al gran negocio de la política.

Pero rostros que son solo caras y redes sociales sin pueblos, que los grandes proyectos de antaño han abandonado, arrojándoles al único estatuto que Chile conoce: huachos. Todos huachos –o más bien todos pymes–, sin la potencia de la palabra ni menos la radicalidad de la acción. Cuerpos que sobreviven en la administración mínima del negocio propio, flotando en el hundimiento de un orden. 
Todo el sistema devino zombi: el poder judicial, el legislativo y el ejecutivo, funcionan como máquinas sin pensar, cuerpos sin alma, vidas sin formas.

Todo está en orden precisamente porque el peso de la noche devoró al sistema político convirtiéndolo en zombi. La inexistencia de aquellos “hombres sutiles” —imposible siquiera nombrar a las  mujeres en el marco de la discusión de la Constitución de 1833— es lo que asegura el reposo y refuerza la gravitación nocturna.

Es su ausencia la que garantiza el orden; es la exclusión de quienes podrían perturbarlo lo que constituye el fantasma que aún ronda la política chilena. No hay “hombres sutiles”, incluso, quien porta un apellido así, un bruto empresario del sector, sólo alcanza a anunciar que el reino de la fuerza (la dictadura) no fue tal ni tan grave. Precisamente, nada parece ser tan “grave”. Todo permanece en flotación. Las cosas no pesan, la gravedad es cero y así la palabra nula.

Las fuerzas políticas dirán que están vivas. Que tienen programa. Pero hasta un computador tiene programa. Basta un prompt para producir, repetir y maquinar consignas a gusto del algoritmo. Otra cosa es un proyecto, otra potencia es la imaginación que no puede reducirse jamás al esquema técnico de un programa.

En medio del momento exhausto de las fuerzas, acusamos la existencia de un gran duelo no asimilado, la pérdida del momento transicional de los 30 años que fue destituido por la revuelta de 2019. Una pérdida que la restauración conservadora triunfante desde el 4 de septiembre de 2022 no ha podido cerrar porque, bajo su deriva inercial, propia del “peso de la noche”, ha permanecido el mismo sistema político muerto bajo la ilusión zombi de estar vivo.

Justamente, frente al vacío en el que la revuelta convirtió al sistema político, en las izquierdas predominó la candidatura de Jara en las primarias, que expresó la derrota de los 30 años que cristalizaban las candidaturas de Tohá y Winter; en la derecha, las cosas han sido similares: los defensores de los 30 años representados por Chile Vamos están siendo brutalmente desplazados por la nueva asonada fascista liderada por la candidatura de Kast y seguida por sus fascistas menores (Kaiser y Parisi).

Los 30 años ya no van más y, sin embargo, están vigentes como orden político y social, e incluso como añoranza de sectores del progresismo que surgieron desde su crítica. Nostalgia de la transición. Duelo diferido que se esconde en la vieja fórmula de “la política se hace sin llorar”. De ahí el momento zombi en el que nos encontramos.

Entre un pasado agotado en su fuerza mitológica y un presente saturado de ruinas que impiden pensar sobre la situación sin salida en la que estamos. Se podrá esgrimir que el diagnóstico que hacemos es exagerado. Que la “fiesta de la democracia” sigue su curso con una multitud de candidaturas y un electorado que votará por ellas.

Seguramente, pero todo ello realizado sin “alma”: electores que van para no ser castigados por una multa, y candidatos que ofrecen palabras sin discurso, cuerpos sin vida. Candidatos que han hecho de su candidatura una pequeña o mediana empresa, que se suman a pactos por temor a que se les cierre el negocio. ¿Qué son los partidos políticos sino eso?

No nos perdemos. No se trata de gritar “que se vayan todos”, como alguna vez fue una vía posible para los movimientos sociales de las últimas décadas, pero tampoco asumir la posición conservadora -y gastada- que nos ofrece el progresismo neoliberal de los últimos 30 años (de optar por los 30 años Jara perderá).

En este sentido, tomar partido, tomar parte, exige dejar de esconder nuestros cadáveres bajo la alfombra y conjurar a los zombis que se multiplican por doquier. “Volver” a los 30 años, así como  la derecha promete “volver” a Pinochet sólo expresa el momento zombi en el que aún vivimos puesto que, en ambos casos, el retorno se dirige hacia un mito, lengua que aún permea nuestro presente.

Un “nuevo estallido” aparece en la lengua sociologizante del malestar como inevitable, la misma lengua que negó en su momento la potencia destituyente y que luego redujo la derrota de 2022 a la cómoda explicación de que, en realidad, a Chile le gustaba el neoliberalismo.

Misma lengua que proclama el orden en que desaparece la palabra pueblo, y celebra el emprendimiento y la seguridad como garantía democrática. Misma lengua, lengua de lo Mismo –lengua mítica– que, en nuestro precario Reyno tiene un solo nombre: Portales. Si hoy, esa lengua está en crisis —si es precisamente la lengua portaliana la que ha entrado en un momento zombi, es decir, la lengua del capital— no habría que intentar restaurarla sino destruirla definitivamente. Un proyecto de izquierdas habrá de abrazar esa tarea que es, ante todo, tarea de invención.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

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