Los pueblos: La destitución de la máquina portaliana
La expresión “los pueblos” destituye al concepto de “nación” estipulado en el citado Artículo 5 de la Constitución de 1980. Lo desplazan y exponen que el trono del que gozaba es múltiple, plural y, por tanto, común. Otra forma de lo común que no pasa por la uniformización de una representación situada en una forma “nacional”, sino por la multiplicidad de “pueblos” que no caben dentro de ella.
Prestemos atención a la fórmula que encabeza el texto del Reglamento recientemente propuesto por la Convención Constitucional y contrastémosla con el Artículo 5to del Capítulo 1 de la actual Constitución de 1980-2005: “La soberanía reside esencialmente en la Nación. Su ejercicio se realiza por el pueblo través del plebiscito y de elecciones periódicas y, también, por las autoridades que esta Constitución establece. Ningún sector del pueblo ni individuo alguno puede atribuirse su ejercicio.” Que la soberanía resida en la “nación” significa que solo en ella recae el ejercicio del “poder constituyente”. En esta fórmula, el pueblo deviene expresión de la nación, y esta última su sustancia.
Así, la nación se erige como sustancia y el pueblo su expresión. Sin embargo, que la nación devenga sustancia del pueblo y, por tanto, lugar de la soberanía, implica una territorialización precisa, un conjunto de fronteras determinadas por un imaginario común, homogéneo a todos que encuentra su razón última en la politización de la vida biológica (la natio, de donde proviene “nacimiento”) en la medida que –como el propio texto constitucional lo formula- dicha vida se inscribiría inmediatamente al interior de un territorio y sería índice de “nación” precisamente porque nace en dicho lugar. El poder originario es expresado, por tanto, en la forma de una soberanía nacional y justamente por eso, es capturado, imposibilitado de abrir las potencias de los pueblos que no han dejado de habitarle.
En cuanto soberanía, el término nación representa así la ficción de un fundamento sobre el cual se erige la República –es decir su violencia. La República designa, por cierto, el poder constituido, la “nación”, en cambio, el “poder constituyente”. Y la disputa que abre la Convención refiere precisamente al estatuto de dicho “poder constituyente”: ¿se circunscribirá a la uniformidad de la “nación” o se abrirá a la multiplicidad de los “pueblos”? ¿Cómo podría un “fundamento” o, si se quiere una “soberanía” constituir una realidad múltiple?
La expresión “los pueblos” destituye al concepto de “nación” estipulado en el citado Artículo 5 de la Constitución de 1980. Lo desplazan y exponen que el trono del que gozaba es múltiple, plural y, por tanto, común. Otra forma de lo común que no pasa por la uniformización de una representación situada en una forma “nacional”, sino por la multiplicidad de “pueblos” que no caben dentro de ella.
República designa el armatoste “constituido” que produjo un determinado tipo de subjetividad, un tipo de “ciudadanía” que, por serlo, tenía capacidad de interlocución. De ahí que gramática y poder vayan de la mano: todo ciudadano debe saber “hablar” y expresarse en el pleno “español” al que el Estado chileno declaraba ser fiel. Una República por décadas “masculina”, “blanca” y oligárquica que no admite la voz de mujeres, indios, locos.
Así, nación y república se definen por ser los términos constituyente y constituido respectivamente, sobre los cuales se articuló una maquinaria de poder desplegada durante 200 años que trabajó sistemáticamente para borrar la multiplicidad de lenguas, voces, cuerpos. Una máquina que podemos llamar “portaliana”: autoritaria y oligárquica que midió su peso político a partir de la articulación entre la soberanía de la nación y la gestión que de ella hacía la república con su división de poderes.
Sin embargo, se trata hoy de una maquinaria siniestrada por la irrupción de la multiplicidad de los pueblos que ha expuesto su carácter colonial cuyo trabajo consistió en hacer desaparecer sistemáticamente dicha multiplicidad, las formas de vida que excedían –sino fisuraban- la presuposición impoluta de “nación”.
Sin embargo, los pueblos que, en virtud del mandato genocida del colonialismo debían haber desaparecido de la faz del territorio, irrumpen hoy intempestivos, en el mismo sitio en que las pinturas del Palacio Pereira los representa subsumidos al esplendor del poder español y posteriormente republicano (militar): ¿cómo no ver la desaparición de indios en la desaparición de chilenos durante la dictadura pinochetista?
Como la mancha de los cuadros, el imprevisto que no cabe en la pintura que se había identificado con un cierto Chile, la expresión los pueblos asalta la imagen que había enarbolado la oligarquía durante 200 años de República. Que la Convención no se deba a la República significa justamente que ella surge y se debe a los pueblos, sus formas de vida. Su lealtad está con el acontecimiento que suspendió a la maquinaria y no con la República misma que, por siglos, impidió su aparición.
En otros términos, los pueblos no pueden identificarse a la “nación” porque son formas expresivas que no caben en ella. No son sustancia, sino gesto, no devienen fundamento, sino abertura o, como diría Hannah Arendt, en ellos no se juega la violencia del “principio” sino la esperanza del “comienzo”.
La expresión los pueblos no invierte simplemente la ecuación estipulada en el Artículo 5 de la Constitución de 1980 para cerrar su intempestividad. Más bien, la declaración del Reglamento anuncia que la expresividad de los pueblos ingresa transfigurando los marcos la República. Por eso, la expresión no solo trastoca a la República, sino a la misma noción de “poder constituyente” que la sustrae a cualquier identidad clara y distinta como la de “nación” que presupone la Constitución de 1980, abriéndola a la expresión de las formas de vida que irrumpe bajo la expresión los pueblos.
Para la maquinaria portaliana, los pueblos devienen la amenaza de la Convención: ¿cómo leer el patético disfraz de “huaso” (la nación) con el que se vistió el “constituyente” del distrito 17 Alfredo Moreno Echeverría (curioso que porte el apellido “moreno” y no “rubio”) el día inaugural de la Convención sino como la trinchera simbólica que desesperadamente intenta alejar a los indios más allá de la frontera del Bío Bío y restituir así el peso de la excluyente idea de nación? ¿Cómo leer el boicot sistemático por parte de la oligarquía chilena y su desahuciado partido neoliberal contra la Convención sino como la intensificación de la singular dictadura comisarial que asesta múltiples y permanentes golpes que no han dejado de operar durante los últimos (200) 30 años de máquina portaliana?
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