Los funcionarios públicos y congresistas no tienen familiares
Recurriendo a cosas como “yo como hijo”, Macaya olvidó que apelar a la familia puede servir en campaña, pero que cuando se es parlamentario y presidente de partido, todo tipo de corporativismo debe ser dejado de lado. Más aún si el familiar que se quiere defender es condenado judicialmente..
Cuenta la leyenda que allá por los años noventa un ministro de la Concertación fue a una universidad a dar una charla, y que en esa casa de estudios era alumno uno de sus hijos, quien se acercó a él con un “hola, papá”, a lo que el político respondió: “Yo no tengo hijos”. A primera vista, esta pequeña anécdota podría verse como una fría relación familiar e, incluso, como la triste historia de un padre renegando de su hijo, sin embargo, es mucho más que eso. Es la responsabilidad política y pública cuando se es autoridad.
El personero de gobierno no renegó de su familia, sino que entendió, según lo que podemos leer de este hecho, que había algo superior, en ese momento, que era su trabajo. No cualquier trabajo. Un trabajo público.
Y es que cuando se es parte de una administración o del Congreso de un país, existe una labor que está por sobre los deberes personales para con los suyos. ¿La razón? Porque, ante cualquier tipo de problema, siempre tendrá que velar por algo más grande que la seguridad de su núcleo familiar, más aún si uno de sus participantes cometió una imprudencia o derechamente un delito.
Cuando se es autoridad y se representa a un grupo de electores, lo cierto es que no existe eso de “hoy hablo como hijo, padre o hermano”. Por más que suene lindo para el discurso de quienes ven con ternura las relaciones parentales- más aún en un país tan familiero como Chile, donde pareciera más importar si compartes un lazo de sangre que un lazo ciudadano-no hay excusas cuando lo que está en juego es una comunidad, una sociedad y un país entero.
Esto ha costado entenderlo. Lo vimos con Michelle Bachelet y su hijo Sebastián Dávalos. La expresidenta comprendió, en medio del caso Caval, que no era tan fácil ser madre y mandataria a la vez. El cargo principesco de su hijo, en el que hacía las veces de primera dama, se convirtió en un problema para su gobierno y Michelle debió darse cuenta de que la familia no es siempre algo positivo, ya que no por querer mucho a alguien se debía sacrificar la estabilidad de una administración democrática.
Eso Sebastián Piñera, en cambio, nunca quiso verlo, principalmente porque nunca quiso comprender la diferencia entre ser presidente, especulador, ni mucho menos padre.
El gran ejemplo de ello fue cuando llevó a sus hijos a China a sentarse a la mesa con los grandes inversionistas de ese país, para que fueran parte de una negociación entre Estados y, de paso, pudieran sacar réditos para su empresa personal. Hasta el último día negó algún tipo de conflicto en aquello y, de paso, sólo culpó al resto de malas intenciones con él y con los suyos, como si no existiera lo público más allá de lo propio.
En el caso de Javier Macaya vemos algo parecido en estos días, debido a que el senador olvidó todo tipo de formas al creer que no habría ningún problema con ir a la televisión a defender a su padre, Eduardo, condenado por abuso de menores.
Recurriendo a cosas como “yo como hijo”, Macaya olvidó que apelar a la familia puede servir en campaña, pero que cuando se es parlamentario y presidente de partido, todo tipo de corporativismo debe ser dejado de lado. Más aún si el familiar que se quiere defender es condenado judicialmente.
Pero ¿cómo puede comprender algo así alguien que cree que los valores de la familia son más importantes que los de las normas de una sociedad? ¿Cómo podríamos hacer entender a un sector que dice que los padres son más importantes, sin importar sus errores o sus vicios, que un Estado o toda ley o regulación de las relaciones familiares? Es difícil.
El ahora expresidente de la UDI olvidó- o simplemente no lo sabe- que no existe desdoblamiento posible cuando se habla en público y se es una figura con responsabilidades más grandes que la de hijo.
Cayó ante ese discursito bonito pero falaz en el que se supone que el grupo familiar es el eje organizacional de toda sociedad democrática, cuando, si es que vamos un poco más allá, las estructuras familiares muchas veces no son más paredes macizas entre el padre, hijo, hermano y no solamente el servicio público, sino también la ciudadanía misma, ya que un pariente parece creer tener deberes hacia el grupo de pertenencia antes que hacia una comunidad completa.
Así que, por mucho que se intente hablar del dolor de un hijo- como he escuchado a mucho periodista por estos días decir-, lo cierto es que eso es materia de trabajo psicológico más que de política contingente. Porque, de lo contrario, sólo tendríamos personas defendiendo a los suyos y pasando por encima de un mínimo funcionamiento democrático.
Al igual que ese político mencionado al comienzo, lo que debe hacer quien quiera representar a algo más que a su propia sangre, es decir, ante todo: Acá, en esta plaza pública, yo no tengo familia.
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