Opinión

Los fascistas

Israel funciona como el dispositivo de autorización del crimen masivo.

Los fascistas están obsesionados con el fascismo. Más aún, los fascistas están contra el fascismo. A partir de un revisionismo histórico miran el nazismo y afirman dicen que este habría sido una invención del comunismo; no solo los fascistas de hoy no solo no parecen ser “antijudíos” porque abrazan explícitamente el sionismo al erigir a Israel como su modelo, sino que se plantean como no racistas porque no creen que haya un problema de “razas” dado que negros, asiáticos o latinos de toda índole pueden asumir el programa “blanco”, tal como ha ocurrido con Trump y en otras partes del planeta, donde negros, asiáticos y latinos votaron por su nombre. No solo eso, al igual que los Estados Unidos, que se presenta como el primer imperialismo que no se denomina a sí mismo “imperio” (el último fue Gran Bretaña), los nuevos fascistas no se denominan a sí mismos bajo el término “fascistas”. Esa denominación sería un cliché “izquierdista” que tacharía a la gente y a estos movimientos con un nombre del pasado, que no corresponde, en la medida que ellos, a diferencia del fascismo, estarían por la libertad y la democracia.

En este sentido, los fascistas de hoy no se dicen como tal precisamente para diferenciarse del fascismo histórico. Así, a diferencia del fascismo histórico que tenía como dispositivo clave la figura del Estado que debía supeditar al Capital, el fascismo contemporáneo invierte los términos y supedita al Estado bajo la égida del Capital. Asistimos, por esto, a un verdadero parricidio en que los fascistas de hoy matan a los fascistas de ayer para poder situarse en su lugar. 

Así, al igual que el histórico, el fascismo actual ingresa como un dispositivo de “aceleración” que activa nuevas formas de acumulación capitalista más allá de los límites establecidos por el orden liberal ya en ruinas. Esta inversión de los términos también implica una mutación del racismo: el fascismo histórico era racista en el sentido de plantearse a partir de un “racismo biológico”.

El fascismo contemporáneo es racista, pero desde el punto de vista “cultural”. Toda lucha es codificada bajo la égida “civilizatoria”. Por eso, no dejan de repetir que, sea el espectro musulmán o el comunista, ponen en cuestión “nuestros valores”, esto es, un mito que, como tal, destella invariante, más allá de toda historia, en la forma de una esencia del mundo en que vivimos.

El racismo biologizante dio paso a un racismo culturalista, el cual, se encuentra en una larga tradición de pensamiento reaccionario que también impregna a Hayek cuando en “fundamentos de la libertad” sostiene que la esencia occidental pasa por la cuestión de la “libertad” que habría sido descubierta gracias a la praxis humana y su evolución. Por eso, la obsesión por la “batalla cultural” (ya no por la “guerra de razas”). 

Pero, sobre todo, el fascismo actual está completamente enamorado del Estado de Israel: en él ve el modelo de esa lucha “cultural”, la segregación y control de las poblaciones, así como la aceleración sobre la indiscriminada apropiación de tierras (formas de “acumulación originaria”). Es Israel el que precisamente permite a los nuevos fascistas lavar su imagen y cometer genocidio sin tener que reconocerlo ni mucho menos, responder por él.

En otros términos, Israel funciona como el dispositivo de autorización del crimen masivo: puedo deportar a miles, perseguir a miles, aniquilar a miles, pero jamás seremos “nazis” porque precisamente estamos por Israel y a favor de los “judíos”. En este sentido, el enamoramiento fascista de Israel, su “filosemitismo” (como inversión del antiguo “antisemitismo») permite mostrar que lo que está en juego es una apropiación del vocabulario liberal triunfante en la Segunda Guerra Mundial que hoy juega de manera invertida. Nótese: todo el universo lexical del nuevo fascismo es liberal. Odia a los nazis, quiere afirmar la “libertad” y combate por la humanidad contra todo aquello que sea sospechoso de cuestionar dichos valores.

En este sentido, la “inversión” fascista operada contra el liberalismo, en realidad, muestra el reverso del propio liberalismo en lo que este tenía de colonialista. En otro sentido más provocador: los fascistas de hoy no se dicen tales porque se identifican plenamente al liberalismo; si se quiere, se trata de un liberalismo consumado, que solo puede actuar en la forma axiomática del capital, es decir, sin contrato y remitiendo todo al “reino de la fuerza”. 

Hoy ese colonialismo que, para el liberalismo clásico, funcionaba hacia el exterior de las colonias simplemente se introyectó y comienza a operar no desde la metrópolis hacia las colonias sino desde las colonias hacia la metrópolis en un flujo que termina por difuminar tal distinción (metrópolis/ colonias).

Bien advertía Aime Cesaire que el “hitlerismo” no era más que la burguesía europea colonialista que los nazis introyectaron en la propia Europa.  Y bien deberíamos advertir nosotros, que la tesis de Cesaire debería ser intensificada para pensar el modo en que el neoliberalismo fue manufacturado a partir de la imbricación entre técnicas liberales y fascistas a la vez, es decir, dispositivos metropolitanos y coloniales compuestos e introyectados en una misma maquinaria. 

Esa maquinaria es la que enfrentamos en el fascismo del siglo XXI. Imperio es el nombre que Hardt y Negri le dieron a esa máquina; pero, me parece, ellos pensaron su fase puramente “democrática”. Su deriva “fascista” está hoy a la luz del día, mostrando la implosión de un liberalismo para el cual un “individuo” solo puede sobrevivir en la forma del “individualismo” pequeño burgués, para el cual la “libertad” solo puede sobrevivir a través de la restitución de la jerarquía y la competencia más desenfrenada entre los seres humanos (donde prevalece el más “fuerte”) y para el cual una “política” solo puede sobrevivir produciendo enemigos absolutos todos los días y desplegando así múltiples dispositivos policiales de una “seguridad”.

En esos términos, el fascismo del siglo XXI es un liberalismo hipertrófico, autoritario, que se ha desprendido del juego contractual para dejarnos en la desnuda axiomática del Capital que requiere de la “aceleración” y no de la “estabilidad” como nueva forma de contención y neutralización de las multitudes. 

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Sobre la autora / el autor
Rodrigo Karmy
Doctor en Filosofía. Académico de la Universidad de Chile.

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