Opinión

Los creyentes del dogma concertacionista

Landerretche, quien no es vocero de la campaña de Carolina Tohá, sino Álvaro García- a quien se le ha escuchado menos- ha dicho en medios estratégicos que lo que espera de un gobierno de la exministra es que sea “algo parecido a la Concertación, pero no igual, porque la historia no se repite”.

Quien escribe estas líneas votará en la primaria del oficialismo por Carolina Tohá por una razón bien simple: es ella, más allá de sus énfasis políticos, quien ofrece mayor conducción a un sector que necesita fortalecerse, ojalá, de acá a la próxima década. Tohá es no sólo quien más experiencia tiene, como se ha dicho en múltiples oportunidades en el contexto de las elecciones de este mes, sino quien parece adecuarse a las circunstancias, sean estas favorable o adversas, y eso se debe claramente a su vida personal como al origen de su militancia política.

Dicho esto, parece importante hablar de los defectos de la candidatura de la exministra del Interior, que a mi entender tienen directa relación con lo que provoca en algunos de quienes la apoyan, principalmente los que quieren ver en ella algo así como la resurrección de pasiones pasadas, de un Chile idealizado en el que todo lo que pasó en octubre de 2019, finalmente, no tiene nada que ver con lo que se hizo al durante la transición.

Y es que hay muchos que no ven en Tohá el futuro, sino el pasado, o como una plataforma para anular a los que ayer quisieron anularlos a ellos.

Tras esta campaña hay quienes creen que la única forma de hacer andar el llamado “socialismo democrático” es bajo la premisa de que la era concertacionista fue no sólo la mejor época del siglo XX chileno, sino también la única manera de hacer política, aunque no haya un dictador ni tampoco los límites institucionales que marcaron el accionar de la Concertación durante los noventa. Y ahí no hay ninguna intención de adecuarse a nada de lo que sucede hoy, que es, repito, la fortaleza de la candidata, sino más bien una ceguera dogmática.

Algunos, como el curioso asesor de la campaña, Oscar Landerretche, están convencidos de que recurrir a la nostalgia noventera es traerle estabilidad al país y de que la única manera de acordar en política es una religión que se mueve según determinadas formas y cosas que deben y no hacerse, como si viviéramos en los años en que la Concertación estaba entre la espada y la pared.

Landerretche, quien no es vocero de la campaña de Carolina Tohá, sino Álvaro García- a quien se le ha escuchado menos- ha dicho en medios estratégicos que lo que espera de un gobierno de la exministra es que sea “algo parecido a la Concertación, pero no igual, porque la historia no se repite”. Y, digámoslo, esta es una curiosa esa definición porque no sólo es inconsistente, sino también errática.

¿Cómo se puede ser algo y no a la vez? ¿Cómo se puede ser algo parecido a la Concertación si, como lo afirma Oscar, efectivamente la historia no se repite? Es decir, ¿cómo se puede esperar que algo sea lo mismo que fue cuando las condiciones y circunstancias políticas no son exactamente las mismas de ese pasado idealizado? ¿Se puede ser algo, pero no tanto? No.

La política y “la medida de lo posible” que la constituye-frase en la que tanto insisten, pero tan poco aplican los que lloran a la Concertación- no es una religión. Hacer política en la medida de las circunstancias históricas es precisamente mirar el contexto y ver qué es posible realizar, y no, como creen algunos convenientemente, hacer precisamente lo que se hizo en un momento determinado por las imposiciones ideológicas de una oposición sumamente poderosa.

La Concertación murió junto con Pinochet precisamente porque su misión era presentar una alternativa democrática en medio de una institucionalidad coartada por un sinfín de cerrojos autoritarios y frente a una derecha orgullosamente pinochetista.

Además, si es que queremos recordar esta época de la historia, valdría la pena hacerlo con un poco más de exactitud y mencionar que esta coalición no fue una unidad monolítica. Parece importante acordarse de que durante el gobierno de Eduardo Frei hubo una discusión muy mencionada, y a la que se le toma poco el peso con el tiempo, entre los llamados autocomplacientes y los autoflagelantes, por lo que no siempre hubo una sola manera de ver cómo se enfrentaba el escenario político. Por lo tanto, si es que se quiere velar por el futuro del “progresismo”- ya no sé exactamente qué es eso- hay que considerar esto y no caer ante un discurso fácil que desdibuja todas las grietas o fisuras de épocas pretéritas, con tal de abrazar un periodo que ha querido mostrarse más virtuoso de lo que realmente fue.

Otra cosa que también habría que considerar, porque es otro lugar común de los concertacionistas que quieren traer el pasado de vuelta, es que en los noventa no hubo socialdemocracia. La inspiración socialdemócrata que muchos de quienes tomaron decisiones en esa década no puede confundirse con la acción socialdemócrata, la que implica un Estado más presente, un mayor protagonismo y una fiscalización severa del mercado.

Ni siquiera hubo ordoliberalismo, que es la verdadera “economía social de mercado” a la que algunos apelan para describir el sistema en el que vivimos, sino un intento, a veces con bastante éxito, de atenuar el neoliberalismo con una que otra acción.

Pero eso los creyentes en el dogma concertacionista no lo ven. Los recuerdos de glorias pasadas que, si es que somos sinceros, no fueron tan gloriosas como la memoria selectiva de muchos de los defensores de este dogma creen-principalmente porque la política no consiste en glorias o fracasos, sino en cuestiones intermedias- es más fuerte.

 ¿Quiere decir esto que durante la postdictadura no hubo progreso material ni social? No. Quiere decir que buscar una y otra vez hacer lo que se hizo en el pasado, sin una mediana autocrítica o actualización, no es hacer política, sino aferrarse a añoranzas a veces falaces que poco tienen que ver con el arte de gobernar. Y que, de paso, le sirven más al adversario que al sector al que se dice pertenecer.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Sobre la autora / el autor
Francisco Méndez
Analista Político.

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