Lo que se esconde debajo de la capa
Lo que se esconde debajo de la capa
En menos de dos semanas, desde el nuevo congreso chileno se han enviado señales que ni en pesadillas se nos aparecieron. La autopercibida Capitana Rojas haciéndole una performance visual a un colega no vidente (Gustavo Gatica), el autofungido Doctor File declarándole la guerra a las vacunas, un maleducado presidiendo la comisión de educación (Sergio Bobadilla) y una negacionista la de derechos humanos (Gloria Naveillán). Como no podía ser menos, la guinda de la torta la aportó la decisión del diputado Javier Olivares de embutirse en la capa gris que emula la utilizada por Augusto Pinochet. Ciertamente, lo que busca proyectar no es casual, el nuevo parlamentario sintió que era el momento de desnudarse y revelar el motor de su devoción. Una devoción tan abyecta que resulta difícil mirarla de frente sin sentir que algo muy profundo está siendo mancillado con su proceder.
Digámoslo claro: Debajo de esa capa no hay solo tela. Hay 3.216 personas ejecutadas y desaparecidas, según el Informe Valech y las cifras oficiales reconocidas por el Estado de Chile. Hay 441 niños y adolescentes menores de dieciocho años que fueron detenidos sin justicia alguna, torturados, asesinados o desaparecidos. Cuatrocientos cuarenta y un niños. No es una abstracción ideológica: son nombres, son fechas de nacimiento que se interrumpieron antes de tiempo, son madres que todavía esperan. Hay también más de 3.400 mujeres que fueron detenidas y torturadas —muchas de ellas víctimas de violencia sexual sistemática—, según los informes de la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura.
Al ver este cosplay inmoral, pensamos en los que dieron su vida sin disfrazarse, por ejemplo, en el padre Joan Alsina, sacerdote español que fue detenido el 19 de septiembre de 1973, torturado y lanzado con un disparo en la frente al río Mapocho. Su único delito había sido no abandonar al desvalido. ¿Qué celebra quien viste esa capa? ¿La eficiencia del tiro?
O pensemos en los campesinos de Paine, la comuna del presidente José Antonio Kast que tiene el triste récord de ser una de las comunidades más golpeada por la represión: 71 hombres asesinados o desaparecidos de un solo pueblo, casi todos agricultores que habían participado en la reforma agraria. Gente de trabajo, con las manos encallecidas de arar la tierra, que fue sacada de sus casas al amanecer y no volvió nunca. ¿Eso también queda cubierto bajo esa capa negra que el diputado luce con tan evidente satisfacción?
O André Jarlán, sacerdote francés que trabajaba en la población La Pincoya y que asesinado por la bala traicionera de un carabinero mientras leía la biblia en su despacho.
¿Le resulta gracioso todo esto al diputado Olivares? Porque el problema no es solo que se haya puesto esa capa: es que en su entorno lo celebran. Habrá habido aplausos, fotos, muchos comentarios jocosos en redes sociales. Hay toda una audiencia dispuesta a encontrar divertida la idolatría de un dictador.
Pronto se enterará Olivares que un parlamentario no es un ciudadano cualquiera. Sus gestos no son privados: son políticos. Cuando un diputado viste la capa de Pinochet no está haciendo una broma pesada ni una provocación. Está emitiendo un mensaje perfectamente decodificable para las víctimas y sus familias: lo que les hicieron no importa, o peor, fue merecido. Es una crueldad deliberada disfrazada de excentricidad, y la diferencia entre ambas cosas no es menor.
Por eso es tan relevante salir a enfrentar esta banalidad con la verdad incuestionable de los hechos. El juicio del tiempo como el tirano que fue ya esta hecho para Augusto Pinochet en todo el mundo, eso no lo cambiará el diputado agitando su capa. Lo que si debe asumir es que representa a todo el millón de ciudadanos del distrito VI y no solo a los afiebrados que añoran una dictadura. A ellos les debe respeto y se los faltó gravemente. Por lo demás, él fue escogido con cupo del Partido de la Gente y, hasta donde sabemos, su líder Franco Parisi está lejos de ser Pinochetista.
Su voz crítica aún se espera después de construir un relato de campaña presidencial donde hablaba de “ni fachos ni comunachos”. Bueno, en su propio rebaño tiene un comportamiento protofascista de manual. Esperemos esté a la altura moral que su partido necesita y lo mismo Pamela Jiles quien fuera víctima del régimen y hoy comparte bancada con el exanimador juvenil.
Afortunadamente, la historia tiene una memoria más larga que los ciclos electorales. Los países que normalizan la glorificación de sus dictadores no terminan bien: terminan repitiéndolos. No de manera idéntica —la historia rara vez es tan literal—, pero sí en espíritu: con la misma convicción de que hay vidas que valen menos, de que el orden justifica la brutalidad, de que ciertos crímenes no son crímenes si no piensan como yo.
La capa de Pinochet no es un disfraz. Es una declaración de principios. Y quienes la aplauden también están declarando los suyos.
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Que buena columna Rodrigo, cómo siempre tan pero tan elocuente y certero.
Saludos.
Excelente columna, excelente no dejar pasar nada que violente o estupidice.