Las máscaras de Kast: Lo que muestra el presidente cuando pierde el control
El incidente protagonizado por José Antonio Kast en Villarrica abre una reflexión sobre el ejercicio de la Presidencia, el autocontrol y la imagen de moderación que proyecta el mandatario cuando enfrenta cuestionamientos públicos.
Las máscaras de Kast: Lo que muestra el presidente cuando pierde el control
La moderación es un trabajo y se le nota el esfuerzo. Kast llega a los estudios de televisión con la frase aprendida y las manos quietas sobre la mesa. Mira a la cámara, baja el tono, deja pasar los segundos antes de contestar, como le enseñaron. Ganó así, midiéndose, prometiendo un presidente más tranquilo que el candidato de las veces anteriores, uno que iba a gobernar para todos y no solo para los suyos. La calma le dura lo que tarda el primero en increparlo fuera del libreto.
Los que dicen que se moderó están mirando el ensayo. Vieron la parte preparada, la respuesta que tuvo tiempo de redondear, y le creyeron. El cargo pide justamente eso, que el que lo ocupa parezca más grande que el hombre que es. La presidencia es una talla que se hereda y a casi todos les queda larga al principio. Se supone que uno crece hasta llenarla. A algunos no les calza nunca, por más que se estiren.
El jueves, en Villarrica, se le cayó entera. Llegaba a un centro cultural y se acercó a saludar a la gente que lo esperaba junto a una reja. Una mujer lo increpó. Le dijo nazi, le dijo que tiene a los viejos sin pensión y a los niños sin ración escolar, y cuando él le tendió la mano, no se la dio. Un presidente tiene mil maneras de dejar pasar eso. Podía sonreír y seguir caminando, dejar que la frase se perdiera entre el resto de la gente. Lo que hizo fue buscar al hijo de la mujer, apuntarlo con el dedo y hablarle al niño en tono de reto. Ánimo, fuerza y fe, le dijo, nunca se deje intimidar, que su mamá no lo use a usted.
Dura tres segundos y está todo adentro. La que lo increpó fue la madre, en su derecho, como cualquiera en democracia. El que se llevó el dedo encima fue el niño. No pudo con ella, que le sostuvo la mirada, así que se fue contra el más chico para ganarle a alguien. Las palabras eran de pastor, fuerza y fe, y el brazo era de patrón retando a un niño. Esa distancia entre lo que decía la boca y lo que hacía la mano es el hombre entero, sin equipo que lo arregle.
Un presidente es, antes que sus decretos, una figura. La idea de que hay alguien puesto por encima de la pelea chica, que se traga el insulto sin devolverlo porque también representa al que lo increpó. Ahí está casi toda la dignidad del cargo, en aguantar la afrenta. La grandeza está en no necesitar la última palabra. El que ocupa bien el cargo deja que el otro grite, se da vuelta y se va, y el grito se le resbala porque no lo alcanza. Kast la necesitó. Y cuando no pudo con la mujer, fue contra el niño que la acompañaba.
El programa y las leyes se discuten, se defienden desde su vereda, y ahí no hay engaño, hay ideología. La mentira está en otra parte, en la cara. Vendió una calma que no tiene y la sostuvo mientras nadie lo tocaba. Bastó una mano que no se estiró para que saliera el otro, el que tiene que ganar siempre, aunque enfrente le quede solo un niño. Esa es su manera, decir una cosa con cara de estar diciendo otra.
Un diputado que discute con un vecino en la calle también ensucia, gasta un poco la confianza en el Congreso. Pero es uno entre ciento cincuenta, y su papelón no se lo lleva puesto el país entero. El presidente no tiene ese lujo. Es el único cargo que se supone solo allá arriba, sosteniendo la idea de que el país es uno. Cuando él va a la reja a pelear de igual a igual, no queda nadie tapando el hueco que deja. La figura no se delega. O la sostiene el que la lleva puesta, o no la sostiene nadie.
El cargo de la presidencia se erosiona de muchas maneras y casi todas son calladas. Villarrica fue la ruidosa, la que quedó filmada desde cinco teléfonos. Las demás veces no había cámara. Sigue siendo el candidato que era, en pelea permanente, buscando a quién ganarle cada mañana en lugar de gobernar para todos los que ya lo tienen de presidente. Mete sus broncas en el sillón y las contesta una por una, sin dejar pasar ninguna. Así se gasta la figura, sin un solo decreto. El sillón se vacía ocupándolo de ese modo, achicándolo hasta el tamaño del rencor del que está sentado.
La presidencia iba a ser el lugar donde un país se mira completo. El que se pelea con una parte de su gente gobierna para la otra, y a la mitad que dejó afuera la sigue mandando igual, sin nombrarla nunca como suya. En Villarrica esa mitad tenía la cara de una mujer y de un niño al que le hablaron apuntándolo con el dedo.
El cargo no se reduce por decreto. Se reduce cada vez que alguien lo increpa fuera de libreto, o no le estira la mano, y él responde como quien es. La moderación dura lo que dura el saludo. Después queda el hombre señalando hacia abajo, y el sillón le queda grande por una razón que ningún asesor sabe arreglar.
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