La Víctima
El triunfo del fascismo globalizado, esto es, el americanismo sionista, se produce gracias a que el único lugar de enunciación de la política ha quedado reducido al lugar de la víctima. Todos los agresores actuales se sitúan en la posición –ficticia- de la víctima. Trump dice ser víctima del mundo que le ha robado recursos, Netanyahu, del “terrorismo”, Putin, de la OTAN, en suma, los grandes discursos éticos y políticos hoy tienen un solo denominador: la víctima.
Por eso, el paradigma que funciona como pivote de la época es Israel. Su fundación coincide con la fundación de la doctrina de derechos humanos donde el discurso del poder necesariamente debía experimentar una inversión: el supremacismo había quedado atrás gracias a los “débiles” que habían derrotado a los “fuertes”. Estos últimos, ya no pueden autorizarse en virtud del discurso de la “fuerza”. Eso habrá quedado atrás, con el malévolo de Hitler.
El Holocausto y su industria cultural, habría movido la aguja hacia los más “débiles” con un “nunca más” que ahora sabemos qué jurisdicción tenía: exclusivamente a los judíos. Nadie más podía sufrir como ellos, nadie más podía ser llorado más que ellos, porque “ellos” eran la “víctima ejemplar”. Como tales, inauguran el nuevo discurso supremacista: en vez de glorificar la “fortaleza”, glorifican la “debilidad”, manteniendo así, la idea de “elección” perpetuando así, gracias a su reverso, el supremacismo del imperialismo occidental.
No puede ser casualidad que haya sido la propia Hannah Arendt quien haya sospechado de las dos grandes invenciones de fines de la Segunda guerra Mundial: el Estado de Israel y la doctrina de los derechos humanos. Su sospecha, apunta a un problema similar: lo político.
El Estado sionista es precisamente tal porque abraza la noción de “nación” que llevó al sistema europeo de Estados-nación a la catástrofe durante la Primera Guerra Mundial; y la doctrina de derechos humanos supone una abstracción antropológica que simplemente refleja a los seres humanos ya excluidos de su comunidad. Tanto la nación como el derecho a la vida son reducciones, apuestas que, por tanto, no desarticulan la soberanía, sino que la consolidan.
En este sentido, la reflexión arendtiana conduce a mostrar que ambos eran portadores de la nueva época histórica justamente porque perpetuaban aquello que decían dejar atrás: el nazismo en el caso sionista, el genocidio en el caso de la doctrina de DDHH. Se consolida así el lugar de la víctima absoluta como lugar de enunciación y, en este sentido, la perpetuación “kenótica” (es decir, en función de la “debilidad”) de la violencia sacrificial.
Que Israel se disponga como la víctima ejemplar, hace de modelo para que toda política que reivindique justicia quede atrapada en ella. Si originalmente la figura de la víctima denotaba a un sujeto dañado que debía ser reparado por el Estado, con la figura sionista de la víctima ejemplar, ésta se ontologiza y se resuelve en un lugar de enunciación propiamente político. Toda política podrá ser “escuchada” si y solo si habla desde el lugar de la víctima. Por eso se entiende que, incluso, el ideólogo del régimen ruso, Alexander Dugin, haya podido decir, con fuerza, que frente al “globalismo”, la verdadera víctima ha sido la derecha. Solo así los opresores aparecen como oprimidos y la circularidad mítica de la violencia se intensifica planetariamente.
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